Veinticuatro
Juno
A la mañana siguiente me sonríe, y veo la grieta detrás de la sonrisa, y sé que estoy perdida si no hago algo de inmediato.
Él cree que lo esconde bien, y delante de cualquier otra persona lo haría.
Pero en tres semanas he aprendido a leerlo como otros aprenden a leer en tres años, porque me va la vida en ello, y lo veo: ese poquito de atención de más con el que me sirve el café, el segundo de más que su mirada se queda en mis manos cuando firmo algo.
Duda. Exactamente como lo noté aquella noche, a través de su piel, antes de que lo supiera él.
Le enseñé lo auténtico, y el hombre al que destruyó un mentiroso perfecto ya no puede creerse lo auténtico.
Debería rompérseme el corazón. En cambio quizá me salve la vida, porque el miedo a que te vean y te calen es una vieja amiga, y en su compañía vuelvo a saber por fin quién soy.
No estoy aquí para que me quieran. Estoy aquí por Auggie.
Me lo repito como una oración, igual que Auggie me enseñaba los alias, una y otra vez, hasta que es lo bastante real para sostenerme.
Pero ya no me sostiene del todo. Durante tres semanas fue fácil: estaba aquí por Auggie, Matteo era un obstáculo y una herramienta, y mi corazón era un cuarto cerrado en el que solo vivía un muerto.
Ahora vive alguien más, vivo, caliente, y no consigo sacarlo por mucho que lo intente.
Ese es el sabotaje que me monté yo misma anoche, cuando dejé caer la máscara.
Una máscara se puede volver a poner. Pero la cara de debajo ha cambiado, ha sentido algo, y una cara que ha sentido una vez no lo olvida.
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Así que hago lo que habría hecho Auggie. Vuelvo a ponerme la máscara, más apretada que nunca, precisamente porque ha caído, y me tiro a la misión como al agua fría.
Si Matteo me está verificando —y lo está haciendo, lo huelo—, se me acaba el tiempo.
Cada día que escarba lo acerca más a la costura de Joan Keller, y Joan Keller tiene exactamente un punto débil que un hombre como él va a encontrar: es demasiado joven para catorce años de ejercicio si uno echa bien la cuenta, y Matteo siempre echa bien la cuenta.
Tengo quizá dos semanas antes de que la leyenda se rompa.
Dos semanas para encontrar al que mete la mano, llegar por él hasta el Notario, alcanzar la caja de seguridad de Auggie y desaparecer antes de que el hombre al que quiero descubra que lo he estado usando todo el tiempo.
Trabajo como una obsesa. Y dentro de esa obsesión, una noche tarde, encuentro la señal.
No es una prueba. Las señales nunca son pruebas, eso lo dijo el propio Matteo: son lo que una persona deja escapar sin querer.
El que mete la mano es bueno, no deja rastro en las cifras.
Pero deja un rastro en el tiempo. Pongo las fechas de todos los asientos sospechosos una al lado de otra, mes a mes, y no busco el importe, busco el ritmo, y el ritmo cuenta una historia.
El desvío hace pausas. Siempre en las mismas fechas.
Tres días en marzo, una semana en agosto, unos días en Navidad.
Siempre cuando el que mete la mano no está en la casa, porque alguien que roba con ese esmero no deja a nadie más acercarse a su trabajo, ni siquiera un día.
Es la clase de rastro que solo encuentra quien ha aprendido que la traición de una persona está en sus huecos, en aquello a lo que se obliga y en aquello de lo que no se ve capaz.
Auggie lo llamaba el hueco en el patrón.
Un ladrón puede falsificar sus cifras, esconder sus cuentas, disimular su letra.
Lo que no puede falsificar es su ausencia.
Tiene que estar en su trabajo, porque no se fía de nadie, y así su presencia deja una segunda señal, hecha de tiempo en vez de dinero, y esa no miente nunca, porque el ladrón no sabe que la está dejando.
Auggie habría dicho: cada persona baraja a su manera, también la que cree que no baraja.
Pongo las pausas encima del calendario, y el calendario me da lo que las cifras me negaron: un patrón humano.
Vacaciones. Fiestas. La vida de un hombre con familia.
Así que solo tengo que averiguar cuál de los pocos hombres con acceso total estuvo fuera justo en esas fechas. Quién faltó tres días en marzo, una semana en agosto, unos días en Navidad. Tiempos de familia. Tiempos de vacaciones. Los tiempos en que viaja un hombre con una hija.
El nombre se me forma dentro antes de buscarlo, y cuando lo busco, encaja, y se me encoge el estómago.
Es el hombre amable. El de los caramelos de menta. El de la hija que acaba de cumplir nueve. Aquel por el que respondió Matteo, con la misma palabra que usó para su tío muerto. Sarti.
Me quedo un rato ahí sentada, oyendo mi propia sangre.
El hombre amable. El que me deja los caramelos de menta porque ha oído que no fumo.
El que habla de la bicicleta de su hija mientras destripa a la familia que lo hizo grande.
Debería sentir triunfo. He encontrado lo que buscaba, el hilo que me lleva hasta el Notario, y lo he encontrado antes que Matteo, eso es ventaja, y en mi oficio la ventaja lo es todo.
En vez de eso tengo náuseas. Porque entiendo a Sarti mejor de lo que me conviene.
Sé lo que es que te agarren justo por donde eres blando y hacer por alguien lo que nunca quisiste hacer.
A Auggie lo agarraron por mí: yo era su parte blanda.
A Sarti, quienquiera que lo haya agarrado, lo agarró por su hija; de eso estoy tan segura como si lo hubiera visto, porque un hombre con una hija tiene una sola parte blanda, y acaba de cumplir nueve años.
Me quedo muy quieta y comprendo en qué infierno acabo de meter el pie.
El que mete la mano, que es mi camino hasta el Notario, es el único hombre cuya caída va a destrozar a Matteo, porque demuestra que su don lo ha traicionado por segunda vez.
No puedo llegar al Notario sin arrancarle el corazón al hombre al que quiero.
La venganza de Auggie y la destrucción de Matteo están en el mismo folio, con el mismo nombre escrito.
Y lo peor, lo verdaderamente peor, es la vocecita fría que hay dentro de mí, la voz de Auggie, que dice: Bien. El que se rompe no está atento. Su dolor es tu tapadera, pequeña. Úsalo.
Conozco esa voz. Es la de Auggie, y también es la mía, la parte que ha sobrevivido tres años viendo a cada persona primero como una palanca y solo después, si acaso, como una persona.
Durante tres años esa voz fue mi salvación.
Esta noche, delante del nombre de Sarti, suena a algo que me da miedo.
Porque tiene razón, eso es lo malo. La traición de Sarti, cuando salga a la luz, va a golpear a Matteo tan hondo que durante un tiempo dejará de ver con claridad, y un Matteo que no ve con claridad es exactamente la rendija por la que llego al Notario y a la caja de seguridad de Auggie y desaparezco.
La cuenta fría sale. Sale perfecta. Y aquí estoy yo deseando ser peor persona, para que no me pareciera un asesinato.
Pongo la mano plana sobre el papel, sobre el nombre de Sarti, y durante un momento largo ya no sé si sigo siendo la niña de Auggie o si soy algo peor, algo en lo que él no quiso convertirme nunca.
Y aun así lo voy a hacer. Esa es la sentencia que dicto sobre mí misma en esta mesa, con la mano sobre su nombre.
Voy a convertir la traición de Sarti, su dolor, su caída, en mi camino, porque es el único que lleva hasta Auggie, y porque, siendo honrada, no soy mejor persona que el Notario, que usó a Auggie, ni que quien está usando a Sarti.
Somos todos de la misma clase, los que vivimos dentro de este dinero.
Cogemos la parte blanda de alguien y apretamos hasta que se rompe, y lo llamamos negocio o venganza o amor, según lo que necesitemos contarnos por la noche para poder dormir.
Auggie habría dicho que ese es el precio, y los precios se pagan.
Pero Auggie está muerto, y empiezo a comprender que murió de su propio precio, no del Notario.
Murió de la convicción de que una persona es una palanca y nada más, y del día en que se olvidó de que él también era una.
Llevo esa misma convicción dentro como una herencia, y esta noche, delante del nombre de Sarti, con el sabor de Matteo todavía en la piel, me pregunto si acabará matándome a mí igual que a él.
Después oigo el paso de Renzo en la escalera, que viene a llevarme a casa, y vuelvo a ponerme a Joan como un abrigo, me levanto y me llevo el nombre conmigo, detrás de la cara, en el sitio que no ha visto nunca nadie. Salvo uno. Anoche.