Cuentas negras Veintiuno
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Veintiuno

Juno

Ahora me lleva Renzo, todas las noches, y ese es el cerco que no vi venir.

Suena a protección, y Matteo lo vendió así, pero sé lo que es en realidad; conozco esas jugadas, las he hecho yo.

Un hombre a mi lado que informa de cada dirección a la que voy es una jaula con los barrotes acolchados.

Desde hace tres días no puedo volver a mi habitación de hotel, donde está el número de la caja de seguridad debajo del colchón, no puedo ir al banco de Auggie, no puedo dar un paso que no sepa explicar.

Mi misión está parada, y mi tapadera se estrecha cada día, porque una persona vigilada acaba cometiendo un error, antes o después, y yo llevo semanas a un error de distancia de la muerte.

Es la trampa de siempre con otra forma. Auggie me machacó mil veces que la vigilancia más peligrosa es la que se siente como cuidado, porque contra el cuidado no puedes defenderte sin parecer desagradecida, y la ingratitud despierta sospechas.

Un guardián con un arma es franco. Un guardián que te sostiene el abrigo y te abre la puerta y te pregunta si tienes frío es mortal, porque empiezas a tenerle cariño.

Renzo es de los segundos. Me trae café que no he pedido, espera en el coche hasta que se enciende la luz de mi ventana, me llama señorita Keller con una cortesía que casi conmueve.

Y cada uno de esos servicios pequeños se lo cuenta a Matteo, lo sé porque en su lugar yo haría lo mismo, y así la red en la que estoy atrapada se vuelve cada día más estrecha y más blanda y más imposible de romper.

Lo demencial es que una parte de mí deja de resistirse.

Durante tres años he dormido sola en habitaciones alquiladas, con una silla bajo el picaporte y un cuchillo debajo de la almohada, y ahora hay un hombre delante de mi puerta al que pagan para que no me pase nada, y es la primera vez desde Auggie que duermo de un tirón.

Odio cuánto lo necesito. Quien disfruta de que la vigilen ya está casi presa, y lo peor de esta jaula es que estoy empezando a estar cómoda dentro.

Debería correr. Cada fibra que Auggie formó en mí grita que este es el momento en que una timadora inteligente desaparece, mientras todavía puede.

Pero ya no puedo desaparecer sin perderlo todo, y ya no sé si lo que me retiene es la misión o el hombre que me pone un guardián al lado y lo llama preocupación.

La máscara se está quedando fina. Lo noto como se nota que el hielo se afina: por el sonido bajo los pies.

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La línea se rompe un miércoles por la noche, en su coche, bajo la lluvia.

Me recoge él, no Renzo, sin explicación, y conduce, y a las dos calles me doy cuenta de que no es una ruta hacia ningún sitio. Solo conduce, bajo la lluvia, con las manos firmes en el volante, y su silencio es distinto al de siempre, tenso, un alambre a punto de saltar. Ha pasado algo. Se lo noto.

—Gallo ha vuelto a la carga hoy —dice por fin—.

Un segundo escrito. Este da un nombre. El mío.

Marchetti aprieta la soga, despacio, en público, y no puedo hacer nada que no lo apriete más.

—Se detiene en un semáforo en rojo que tarda una eternidad, y el limpiaparabrisas golpea, y al ritmo del limpiaparabrisas dice, más bajo—: Y aquí estoy sentado con usted en vez de resolverlo, porque llevo días sin poder pensar con claridad, y sé perfectamente por qué.

El corazón me da un vuelco que no debería.

—Señor Lombardi…

—Pare. —No es una orden, es casi una súplica, y viniendo de un hombre que no suplica nunca me golpea como un puñetazo—.

Deje de llamarme así. Esta noche no. Hoy he visto cómo mi enemigo arrastra mi nombre ante un tribunal, y lo único en lo que podía pensar mientras ocurría era en usted.

Si Renzo la lleva a salvo. Si ha comido hoy.

Si lo que creo ver en su cara es auténtico o si soy el mayor idiota que ha visto esta ciudad.

No puedo con las dos cosas. No puedo salvar al Outfit y pensar en usted, y no puedo dejar de pensar en usted.

El semáforo se pone verde. No arranca.

Conozco la materia de la que está hecho este momento.

La he fabricado yo cien veces, en cien hombres: esa franqueza repentina y sin aliento en la que alguien se olvida de sí mismo y dice lo que nunca quiso decir.

Sé cómo se provoca y cómo se aprovecha, y espero por instinto a que arranque la parte fría y calculadora de mí, la que debería entrar ahora, coger esa franqueza y volvérsela en contra, porque quien se abre tanto lo entrega todo.

La parte no arranca. Estoy sentada dentro de la franqueza de otra persona, y el cálculo frío que ha sido mi vida entera sencillamente calla, como si no hubiera existido nunca.

No quiero usar esta franqueza. Solo quiero quedarme dentro, habitarla, un minuto, una hora, lo que dure, y ese es el único deseo que Auggie no me habría permitido, porque es el final de cualquier timadora: querer algo que no se puede interpretar.

Detrás de nosotros alguien toca el claxon, y él lo ignora, y se vuelve hacia mí, y su cara bajo la luz de la lluvia está desnuda de una manera que no he visto nunca, en nadie tan peligroso como él.

Todas las señales que llevo semanas leyendo han desaparecido.

Solo queda el hombre de debajo, y me mira como si yo fuera la única pregunta que no sabe resolver y que ya no quiere resolver.

Y hago lo más tonto, lo más mortal, lo más verdadero que he hecho en tres años. Dejo de calcular.

—Entonces deja de pensar en mí —digo, y ese tuteo cae entre los dos como una piedra en el agua, la primera verdad que le doy, y me oigo a mí misma quebrarme, la voz de Joan cayendo como una cáscara, y debajo estoy yo, por fin, simplemente yo—.

Échame. Esta noche. Es lo más inteligente que puedes hacer, y los dos lo sabemos.

—Sí —dice—. Lo sabemos.

Una persona razonable se bajaría ahora. La puerta del copiloto está a un tirador de distancia, la lluvia, la noche, una ciudad llena de esquinas en las que Joan Keller podría desaparecer y otra mujer volver a aparecer.

Tres años de supervivencia me dicen que me vaya.

Auggie lo dice, su fantasma va sentado en el asiento de atrás soltándome maldiciones.

Y sé que todos ellos tienen razón, y no me muevo, porque estoy cansada, tan cansada como solo se queda una después de años de estar sola, y delante de mí está la única persona con la que estar sola se detiene unas horas.

Estoy dispuesta a morir por eso. Es la peor cuenta que he hecho nunca, y la primera que no me parece equivocada.

Puede que esa sea la definición más verdadera de amor que conozco: la única cuenta mala que una persona abre por voluntad propia, con los ojos abiertos, contra todos los consejos del muerto que la crio.

No me echa. Arrima el coche al bordillo, a la sombra entre dos farolas, y apaga el motor, y la lluvia se cierra sobre nosotros como un telón, y durante un momento largo y sin aliento ninguno de los dos se mueve, porque los dos sabemos que la próxima respiración cruza una frontera detrás de la cual no hay vuelta atrás, ni para él ni para mí.

Entonces levanta la mano y me la pone en la mejilla, por fin, la caricia que temo desde la trattoria, y el pulso me salta bajo sus dedos, y lo veo notarlo, lo veo leer lo que nunca quise que leyera.

Debería asustarme. Un solo latido de mi corazón bajo sus dedos le dice más de lo que le he permitido en semanas, y la parte fría de mí, que vuelve a arrancar en voz baja, demasiado tarde, lo registra con espanto: acabo de perder el control de lo único que me mantiene viva, mi cara, mi cuerpo, lo que enseño y lo que escondo.

Pero el resto de mí, la parte mayor, sencillamente se alegra de que la sostenga una mano caliente, después de tres años en los que no me ha tocado nadie a quien no le pagaran por ello, y contra esa alegría —lo comprendo en este segundo— nunca construí ninguna defensa.

Auggie pensó en todo. En todo menos en que un día su pequeña quisiera simplemente que la sostuvieran.

Pero él no retira la mano, y no pregunta qué significa.

Solo me mira, bajo la lluvia, y dice con esa voz baja y controlada que ahora ya no está controlada:

—Sube conmigo. Di que no, y te llevo a tu hotel y no volvemos a hablar de esto nunca. Pero dilo ahora.

No digo que no.