Cuenta atrás para salvarte Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

El corazón se me encoge cuando recuerdo ese último día en el hospital.

Su expresión cuando le dije que me olvidara, la desesperación con la que me llamó cuando ya me alejaba.

Después de todo lo que ya había sufrido, yo le causé ese dolor.

Pero lo hice por su bien, ¿cómo iba a dejarla estar a mi lado?

Siempre que me vea, siempre, recordará que mi madre intentó matarla.

No quiero que viva así. No quiero que tenga que aguantar mis crisis porque mi familia ha implosionado, porque mi vida se ha ido al garete.

El barquito sigue alejándose y la presión en el pecho empieza a ser insoportable.

Me dijo que quería estar ahí para lo que yo necesitara.

Después me escribió, pidiéndome que la llamara si necesitaba cualquier cosa. «Por favor», añadió.

¿Por qué me lo pidió por favor? Era yo el que deseaba con todas mis fuerzas tenerla a mi lado, era yo el que debía suplicar, no ella.

Pero la eché de malas maneras.

«Por favor».

Mierda. Me froto los ojos con la base de la palma de las manos, desesperado. Fui un gilipollas. Sigo pensando que no se merece que me acerque a ella, pero…

Doy la espalda al pantano y echo a correr.

Desde lo que sucedió en la cabaña, evito acceder al pantano por ahí.

Voy por el otro lado del pueblo, como si fuese a la playa de la Calavera.

Alcanzo la carretera y corro cuesta abajo hasta que entro en el pueblo y llego a la plaza Mayor, el primer lugar donde mirar si buscas a alguien.

Podría intentar llamarla por teléfono, pero no quiero que la primera vez que hablamos en meses sea así.

Escruto las mesas de las terrazas de los restaurantes, aunque ahora ya se llenan poco porque hace demasiado frío. Cuando alcanzo la de la cafetería, Sonia sale a llevar unos cafés.

—¿Has visto a Maia?

—Han comido aquí, pero ya se han ido… —dice como si le supiera mal, señalando con la cabeza en una dirección—. No tiene pinta de que vayan a volver por…

Echo a correr sin esperar a que acabe de hablar. En Bolcáriz no hay tantos sitios donde se pueda aparcar. Decido arriesgarme y voy directo al aparcamiento que hay en la entrada, donde suele dejar el coche la gente de fuera.

Tan solo hay tres vehículos. Dos personas están a punto de subirse en uno de ellos.

Maia, Marcos.

No tardan en verme aparecer. Paro de correr y sigo avanzando hacia ellos, caminando, luchando por recuperar el aliento. Me alegro tanto de verla que me echaría a llorar.

Está muy guapa. Ya me lo pareció el día que la conocí, pero estos meses le han sentado muy bien. Ya no lleva el brazo en cabestrillo. Se ha cortado un poco el cabello.

—Cameron —dice. Me observa con prudencia, igual que su padre.

Quiero acabar de acercarme a ella, preguntarle cómo está, pero no me atrevo. Entonces veo que ella también duda y mira de reojo a Marcos. Él enseguida carraspea.

—Eh, vale. Pues… Me voy a tomar otro café.

Maia sonríe un poco avergonzada.

—Gracias, papá.

A ella le sonríe. A mí… Su mirada dice muchas cosas que podrían resumirse en un: «Ya tuve que consolarla una vez, no quiero que vuelvas a hacerle daño».

Marcos cierra la puerta del coche y se aleja, de regreso al pueblo. Cuando ya está a cierta distancia, me atrevo a hablar.

—Hola.

—Hola —dice con suavidad. Sigue estudiándome con esa prudencia.

—¿Cómo estás, Maia?

—Estoy… mucho mejor. Tengo mis días. Pero estoy bien.

Asiento. Me alegra ver que está saliendo adelante. Nos quedamos en silencio un momento. Ella se mantiene detrás de la puerta del coche, como si fuese una protección. Hay tantas cosas que querría decirle, preguntarle, que ni siquiera sé por dónde empezar. Me decanto por lo fácil.

—¿Has empezado la universidad?

—Sí. —Hace una mueca—. Llevo tanto tiempo sin estudiar que voy a flipar un poco, pero ya me pondré al día.

Volvemos a quedarnos en silencio. Hay algo más que quiero preguntarle. Si sus nuevos compañeros de clase la tratan bien, si ha conocido a gente nueva, si ha conocido a alguien… Si me ha olvidado, tal y como le pedí.

Pero me acobardo, porque la respuesta puede doler demasiado, y acaba hablando ella primero.

—¿Cómo estás, Cameron? —pregunta con suavidad.

No lo hace por compromiso. Quiere saberlo de verdad, y quiere saber la verdad. Se la doy.

—Enfadado. Perdido. Atascado.

Sí, estoy atascado en la rabia y en la autocompasión.

Es triste, pero siento mucha pena por mí mismo.

Y estoy así por culpa de mamá, a la que nunca podré perdonar.

En cuanto a papá… No sé, la abuela me ha dicho que quizá algún día pueda comprender su posición, pero yo qué sé.

Falta mucho para ese día, si es que llega.

—Te entiendo —dice con una sonrisa triste.

Sé que me entiende. Sus motivos son otros, pero también ha estado ahí.

—¿Y qué estás haciendo? ¿Sigues en ese trabajo…? —pregunta.

—Sí, repartiendo. Voy en moto, visito el pantano. Pero…

Me callo. Iba a contarle que quizá me vaya a vivir al Reino Unido, pero, ahora que la tengo delante, me doy cuenta de que no hay nada que me apetezca menos.

Que la revelación me llegue al tenerla delante me empuja a darme cuenta de algo más. Maia ha marcado un quiebro en mi vida, un antes y un después. Llegó un día de mediados de junio y lo puso todo patas arriba.