Cuenta atrás para salvarte Capítulo 22
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Capítulo 22

Mamá, Julieta,

Puede parecer extraño que os escriba una carta a las dos, pero, para mí, siempre estaréis unidas.

Vuestras muertes son una muestra de lo injusta que puede llegar a ser la vida.

Hay días que, al pensar en vosotras, lloro.

No podréis volver a sentir el olor del césped recién cortado, notar las cosquillas de las olas del mar cuando acarician vuestros pies en la orilla, recibir un abrazo de apoyo cuando tienes un mal día, reíros hasta que se os salten las lágrimas, bailar junto a la persona que amáis.

Mamá, papá intentó enseñarme a voltear la tortilla de patatas, pero lo único que conseguí fue que saliera volando. Papá volvió a reírse con esa carcajada que acaba en un ronquido de cerdito. Ojalá hubieses estado allí.

Julieta, conocí a tu hermana y comprendí por qué la adorabas. Es increíble. Ojalá pudieses ver la mujer en la que se convertirá.

Es difícil aceptar que a veces la vida sea tan injusta, que pueden pasar cosas malas. Hay días que no lo consigo. Me enfado por lo que te hicieron, Julieta. O, mamá, te echo tanto de menos que es como si tuviese un cuchillo clavado en el pecho.

Pero entonces papá o Vero o Paula me dan el abrazo que necesito y me cuesta un poco menos aceptarlo.

Y me doy cuenta de que quiero apreciar las cosas buenas que tengo.

La mousse de chocolate del abuelo, descubrir en clase de qué maneras asombrosas el cuerpo consigue sanar, la gente a la que quiero.

Quiero vivir el amor, quiero ver dónde estaré dentro de diez, veinte, treinta años.

El camino no siempre es fácil, pero quiero recorrerlo. Consciente, con los ojos abiertos. Os echaré de menos. Pero sé que algún día, en algún lugar, volveremos a vernos.

Os quiere,

Maia

Cameron

Creo que me iré a vivir al Reino Unido.

Mi vida es un puto desastre, es lo mejor que puedo hacer.

Mi abuela británica, la madre de mamá, me ha propuesto que me traslade allí a estudiar y me parece una buena idea. ¿Será una manera de huir como un cobarde? Puede. Pero es lo que hay. Nunca podré dejar de escapar de todo lo que ha pasado.

Lanzo una piedra al pantano que antes tanto amaba y que ahora odio. Por lo que le pasó a Julieta, por lo que estuvo a punto de pasarle a…

Aprieto los dientes y lanzo otra piedra. Voy poco abrigado para las temperaturas de mediados de octubre. Tengo frío, pero no me importa.

Si me largo, me sabrá mal por mis abuelos españoles. Están instalados en casa desde finales de julio, desde la debacle. Quieren que me mude a Madrid con ellos, que vuelva al barrio de Salamanca. Ellos fueron los primeros en tener dinero en la familia, no papá.

Papá…

Me llama casi cada día, pero paso de contestarle.

Está instalado en Huesca. Se mueve entre Sabiñánigo, intentando que la policía y Hacienda le pillen el mínimo de chanchullos posible, y la cárcel donde está mamá, visitándola siempre que puede.

Porque ya ha dejado claro que no piensa dejarla de lado.

No hemos vuelto a hablar desde el día que me trajo una carta de ella.

Cuando la hice trizas delante de su cara sin ni siquiera abrirla, me dijo que lo sentía mucho, que estaba muy arrepentida.

Me importa una mierda lo arrepentida que esté.

El mal ya está hecho. No quiero saber nada de ella. Ni de papá, por apoyarla.

Ese día, tras lo de la carta, fui al hospital a decirle adiós a Maia. Después regresé a casa, destrocé mi habitación y me pasé no sé cuántos días tumbado en la cama. Solo me levantaba para ir al baño y comer lo que los abuelos me dejaban en el escritorio cuando ya no podía más con el hambre.

La abuela nunca se ha caracterizado por ser una mujer paciente, ni por ser de las que se sientan a esperar a que las cosas se solucionen por sí mismas.

Una mañana, entró en mi habitación acompañada por un hombre.

Era Jaime, un psicólogo que vino a verme cada día hasta que accedí a volver a trabajar.

No sé cómo lo consiguió, no recuerdo mucho de esos días.

Desde entonces, todos mis días son iguales. Las mañanas de lunes a domingo reparto bebidas, por las tardes me dedico a hacer kilómetros con la moto y, de alguna manera, antes de cenar siempre acabo visitando el pantano.

Solo tengo una actividad extra: una vez a la semana, el abuelo me acompaña a ver a Jaime.

Es su manera de asegurarse de que no me salto la sesión.

Supongo que podría enfadarme porque me hacen sentir como si tuviese diez años, pero no soy capaz de hacerlo.

Llevan meses instalados aquí solo por no dejarme solo, ¿cómo voy a echarles nada en cara?

En cualquier caso, no le estoy poniendo las cosas fáciles a Jaime.

Hay días que siento mucha pena por mí, y otros, como hoy, en que me consume la rabia.

No es solo que haya perdido a mis padres de golpe, es que los odio.

Hay momentos en los que quiero volver a destrozar mi habitación, pero no lo hago por mis abuelos.

Un día acabé en mitad del bosque liándome a hostias con todo lo que tenía delante.

Acabé partiendo una rama que encontré en el suelo contra el tronco de un árbol.

Jaime quiere que trabajemos en estas «explosiones». Me parece bien porque después siempre me hacen sentir como una mierda. Yo antes no era así. No empezaron hasta que pasó lo de Julieta.

Mi teléfono vibra. Lo compruebo por si acaso es un mensaje de los abuelos.

Pero no, es Sofía, compartiendo algo en el nuevo grupo que creó con Alba y Bruno.

En algún momento de agosto se acercó a hablar conmigo.

Se disculpó porque habían pensado mal de mí, pero no se lo puedo tener en cuenta porque yo pensé mal de ellos, de todo el mundo.

Me animó a escribir en el chat, a que volviésemos a hablar, pero no sé. De momento no lo he hecho.

Lanzo otra piedra al agua.

Jaime me dice que lo de venir cada día al pantano no es una manera de estar con Julieta, es una manera de autocastigarme.

Eh, y puede que tenga razón, pero es que, verás, mi propia madre mató a una pobre mujer, mató a Julieta porque la vio cometer el asesinato cuando venía a verme a mí porque me había enfadado con ella, y estuvo a punto de matar a Maia, porque yo acepté usarla como cebo y encima ni siquiera estaba allí para ayudarla cuando todo se torció. Tuvo que salvarla el puto Bruno.

Joder, hay momentos en los que no sé si mi vida se ha convertido en una tragedia o en una comedia patética.

Sí, lo mejor que puedo hacer es largarme de aquí. De Bolcáriz y de España. Nada me retiene.

Me quedo observando el agua.

Algo en la superficie llama mi atención.

Primero pienso que es un reflejo, pero después distingo que es un objeto. Quizá basura. Lo sigo con la mirada sin lograr identificarlo. Continúa llamándome la atención porque es muy… blanco. Sigue flotando por el agua, acercándose. Es… ¿un barquito de papel?

Sonrío. No es algo que haga mucho últimamente, pero la idea de que alguien haya hecho un barquito de papel y lo haya metido en el agua lo consigue.

Habrá sido algún crío. Lo sigo con atención, viendo cómo se acerca a la orilla.

Se quedará aquí atascado. No sé en qué punto del pantano lo habrán soltado, pero me parece una pena que su viaje acabe aquí.

Me acerco a la orilla con la intención de darle un empujón para que vuelva a alejarse con la corriente.

Al acuclillarme, algo me sorprende. Hay algo escrito a mano en el papel con el que han construido el barquito.

Quizá antes era una carta. Me dispongo a moverlo con el dedo índice cuando una palabra llama mi atención.

Julieta.

Tan solo dudo unos segundos. Cojo el barquito y lo despliego con cuidado. El papel ya está muy húmedo y no quiero que se rompa. Sí, es una carta. Siento una mezcla de confusión y aprensión al ver a quién va dirigida.

«Mamá, Julieta».

Lo comprendo al ver la firma.

El corazón se me acelera, miro a mi alrededor. ¿Maia está aquí?

Vuelvo a estudiar la carta. Siento la tentación de leerla, pero logro contenerme a tiempo. Ha escrito una carta a su madre y a Julieta, y ha dejado que el agua se la llevara. Es una despedida. No puedo leerla, es personal.

Pero me quedo con la carta en las manos, porque esto significa que Maia está aquí. Algo se me quiebra en el pecho. Sé que lo mejor que puedo hacer por ella es mantenerme bien alejado, pero cada célula del cuerpo me pide echar a correr hasta encontrarla. No, no debo hacerlo.

Sintiendo en el pecho el mismo agujero que el día que le dije adiós, doblo el papel hasta que vuelve a ser un barquito y lo deposito de nuevo en el agua. Lo empujo con cuidado y la corriente se lo lleva de nuevo. Creo que se hundirá pronto, pero eso es lo que ella buscaba.

Lo observo alejarse, despidiéndome de Maia.

No volveré a verla más.

Recuerdo el día en que la conocí. Tras ese primer momento en el que creía estar viendo a Julieta, me atrajo la tristeza que desprendía.

Pero había un brillo en su mirada, algo irónico, perspicaz.

Ella decía que no, pero sí que es misteriosa.

Hay gente que con tan solo observarla puedes imaginar qué está pensando.

Hay otras personas, en cambio, de las que quieres saberlo, pero son más difíciles de leer.

Me fascinó desde el primer momento. Y por eso me fastidió tanto cuando, tan solo un día después, me tenía miedo.

De ahí que me resultara tan fácil verle el plumero cuando empezó a acercarse a mí, pero a la vez…

Seguía sin poder leerla del todo, continuaba fascinándome.

Hacía mucho tiempo que no me gustaba nadie, que nadie conseguía hacerme reír de verdad.

Y al final resultó que estaba arriesgando su vida para descubrir la verdad sobre la muerte de dos mujeres.

Así que, eh, resulta difícil no enamorarse de alguien así.

Y por este mismo motivo debo mantenerme alejado de ella. No la merezco. Ella no se merece toda mi mierda.