Cuenta atrás para salvarte Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

Lo abrazo con todo el brazo derecho, intentando compensar de alguna manera la falta de mi otro brazo. Él no se resiste demasiado. Acaba abrazándome también y apoya la cabeza en mi pecho. Lo oigo suspirar, sollozar un poco.

No voy a preguntarle cómo está, porque ya lo sé. Tampoco voy a decirle que todo irá bien, porque eso no lo sé. No tengo ni idea de qué va a pasar con su vida, pero quiero que le quede claro que estoy aquí para él.

—No debí aceptar que te usáramos de cebo.

—Cameron, deja de sentirte culpable por eso. La idea fue mía. La decisión fue mía.

No insiste. Tras unos segundos, se aparta y vuelve a besarme. Esta vez, hay algo en su beso que no me gusta. Parece que vaya a…

—He venido a decirte adiós.

—¿Qué?

—Maia… —Niega con la cabeza. Por un momento, parece perdido—. Hasta hace unos días, creía que mi vida no podía ir peor. Y ahora… No creo que debas estar cerca de mí.

—¿Por qué? —pregunto, incapaz de esconder el pánico en mi voz.

Resopla sin humor.

—¿Vas en serio? Mi propia madre intentó matarte.

—Es cierto, pero tú no eres tu madre.

Lo digo con toda la firmeza de la que soy capaz porque necesito que entienda que lo tengo muy claro. Es algo en lo que he podido pensar estos días. Que la madre del chico del que estoy enamorada intentara matarme es… una puta mierda, pero fue ella quien me hizo daño, no él.

—Quiero estar aquí para lo que necesites, Cameron —añado—. Sé que estás en una situación muy jodida. Déjame estar…

—No —me interrumpe. Coge la mano con la que todavía lo sujeto y me la aparta—. Lo único que hago es hacer daño a las personas que me importan.

—Eso no es cierto.

Da un paso hacia atrás. De repente ya no parece desolado ni necesitado de apoyo y consuelo. Es como si se hubiese endurecido de golpe.

—Haz tu vida, Maia. Y olvídame.

Sale de la habitación sin mirar atrás.

—¡Cameron!

Ni siquiera intento perseguirlo, porque tardaré tanto en bajar de la cama que ya se habrá largado.

—¡Cameron! —vuelvo a gritar.

Me quedo ahí sola, arrodillada en la cama, sintiendo cómo el corazón se me parte en mil pedazos. Por un momento, la rabia me sube por la garganta. Ojalá tuviese algún objeto a mano que pudiese lanzar contra la pared. Será cobarde. ¿Por qué me aparta así?

La puerta se abre y la esperanza me invade. Cameron se ha dado cuenta de que no puede hacer esto y ha dado media vuelta para regresar a mí. Pero solo es papá.

—¿Todo bien? Acabo de cruzarme con Cameron y parecía…

Se me escapa un sollozo roto, incontrolable.

—Vale. —Comprendiendo qué ha pasado, entra en la habitación y se asegura de cerrar la puerta.

Acabo tumbada de nuevo en la cama, acurrucada, llorando desconsolada, mientras papá se limita a hacerme compañía mientras me acaricia la cabeza. La última semana han pasado cosas terribles. Pero esta es, con diferencia, la que más duele.

Tres meses después, papá y yo volvemos a Bolcáriz. Solo es para una visita breve. Hay algo que debo hacer.

Desde que me operaron y me dieron de alta del hospital, han pasado muchas cosas.

Regresamos a Madrid. Me reencontré con Vero y Paula, a las que no me merezco; fue como si no las hubiese bloqueado, como si no hubiese pasado meses desaparecida ni hubiesen tirado la toalla conmigo.

He empezado la universidad, he conocido a gente nueva.

Estoy viendo una psicóloga una vez a la semana porque sufro pesadillas y algunos días me cuesta salir de casa sola.

Estrés postraumático y esas cosas. Una mierda, pero estoy mejor.

Papá también está mejor. Se ríe más. Consigue dormir casi todas las noches.

Estamos aprendiendo a vivir sin mamá. Hay días en los que siento que soy una nueva Maia.

Sé que suena a cliché, pero ahora aprecio más la vida. No la doy por sentado.

En todo este tiempo, no he sabido nada de Cameron.

Llegué a enviarle un mensaje: «Si necesitas cualquier cosa, llámame.

por favor», decía. No hubo respuesta. Ya sé que nunca fuimos pareja y que tan solo coincidimos unas semanas, pero le echo mucho de menos.

Hay momentos en los que me da rabia pensar en lo que habríamos podido llegar a ser si hubiéramos tenido la oportunidad.

Es injusto, pero aunque sea difícil sé que debo quitármelo de la cabeza.

Me digo que debo decirle adiós, seguir con mi vida como él mismo me dijo, pero todavía no lo he conseguido. Algún día.

Es decir, hoy no hemos venido a Bolcáriz por Cameron.

Después de comer en la cafetería, donde Sonia me ha dado un abrazo que casi me parte en dos, dejo a papá con su café y me acerco sola al pantano, a una de las pequeñas y solitarias playas que Cameron me descubrió durante nuestras excursiones. Saco el papel que llevo en el bolsillo.

Es una carta que he escrito para mamá y Julieta. Doblo el papel con cuidado, hasta que consigo tener un barquito decente. Después, lo deposito con cuidado en el agua y lo empujo. La corriente suave del pantano se lo lleva. Me quedo ahí unos instantes, observando cómo se va haciendo pequeño.

Después, le doy la espalda y me alejo.