Cuenta atrás para salvarte Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Karen se enteró de que Eduardo tenía una aventura con Izíar, quien solo pretendía conseguir información para escribir un artículo sobre sobornos a políticos de la zona para construir edificios de viviendas y hoteles.

Karen intentó comprar el silencio de Izíar, pero, cuando no funcionó, la mató.

Su intención era proteger a su familia de la ruina.

No quería que el futuro de Cameron se viese comprometido por algo así.

Yo no puedo evitar poner los ojos en blanco.

Vaya manera de ayudar a su hijo, convirtiéndose en una asesina.

El caso es que sabía que alguien la vio cometer el asesinato.

Y cuando unas semanas después Eduardo y ella entraron en el pueblo con el coche y vio cómo Julieta miraba a Eduardo, comprendió que ella era la testigo y que creía haber reconocido al asesino.

Unos días después la siguió mientras salía a pasear por el pantano y la drogó como a mí.

Hundió su cuerpo y su móvil en el agua, y dejó otras cosas fuera para que pareciese un suicidio.

Al escuchar esto, siento náuseas. Julieta sí que yace en el fondo del pantano.

Karen no sabía que era la novia de Cameron. Según le ha contado la policía a papá, se siente más culpable por eso que por los dos asesinatos en sí.

Tras el asesinato de Izíar, pidió ayuda a un policía amigo, tanto de ella como de Eduardo, para que la ayudara a borrar cualquier prueba, incluidas grabaciones de cámaras de seguridad.

También exigió a Eduardo cambiar de coches con la excusa de que había llevado en ellos a su amante y que no quería volver a subirse en ellos.

Y por eso Cameron y yo creímos que el cambio de coches era otra prueba contra Eduardo.

—Es una situación muy complicada, Maia —dice papá al contarme esto—. Cameron me ha explicado que, a pesar de todo, sus padres se quieren mucho. Cree que su padre querrá apoyar a su madre y… Ya puedes imaginarte cómo está.

El estómago se me retuerce. Vuelvo a comprobar el teléfono, que sigue mudo.

Entonces papá me suelta un par de bombas.

La primera, que, tras lo sucedido, Lucas se asustó y fue a comisaría, donde confesó su relación con los responsables de la macroplantación de marihuana…

que sobornaban a tres policías para que los dejaran tranquilos.

Uno de ellos es el que ayudó a Karen a encubrir el asesinato de Izíar.

La segunda, que, sin querer, también hemos destapado que el padre de Cameron tenía sobornados a unos cuantos políticos de la zona.

—Habéis destapado algo muy gordo —concluye papá, que parece no saber si sentirse orgulloso o apesadumbrado.

Empiezo a decirle que siento no haber confiado en él, pero me interrumpe negando con la cabeza, rotundo—.

He tenido tiempo de darle muchas vueltas y entiendo que no lo hicieras.

Yo habría llevado el diario a la policía, o a los padres de Julieta, no estoy seguro.

Y entonces sin duda habría habido algún tipo de interferencia.

Así que… Creo que viviré el resto de mis días en una contradicción.

Estoy orgulloso por lo que has conseguido, pero ojalá no te hubieses arriesgado así.

Siento que algo en mi pecho se afloja y me permite respirar mejor. Pese a ello, quiero explicarme, que lo entienda bien.

—Al leer el diario de Julieta, sentía que se lo debía. Y después a Izíar.

—Lo sé, cariño, lo sé.

Nos acabamos dando otro abrazo, que se interrumpe cuando llegan dos policías que me hacen un montón de preguntas.

Cuando salga del hospital, tendré que ir a comisaría para que me hagan más preguntas, y es posible que me pidan testificar en uno o dos juicios…

En fin, que a papá y a mí nos esperan unos meses entretenidos.

A primera hora de la tarde, vienen a verme Sofía, Alba y Bruno.

Sofía y Alba son incapaces de esconder la consternación.

Creo que se sienten muy culpables porque nunca cuestionaron que Julieta se suicidara, y es como si la hubiesen abandonado.

También a Cameron. Pero se alegran de forma muy sincera de que yo esté bien.

Cuando se despiden, Bruno, que hasta ahora no ha abierto la boca, se queda un momento en la habitación.

Se acerca a los pies de la cama y apoya las manos en la barandilla. La sujeta con fuerza.

—Gracias por salvarme —le digo.

Él niega con la cabeza y hunde los hombros. De repente parece derrotado.

—Nunca había pasado tanto miedo, Maia. —Se queda un momento en silencio. Duda—. Sé que fui un gilipollas contigo desde el principio.

Me encojo de hombros.

—Al final me salvaste la vida, supongo que estamos en paz.

Se le escapa una sonrisa a su pesar, pero enseguida vuelve a ponerse serio.

—Gracias por lo de Julieta.

Esta vez soy yo la que niega con la cabeza. Puede que ahora sepamos quién la mató, pero sigue estando muerta. Me invade la pena, que se multiplica al ver la de Bruno. Él no salía con Julieta, pero creo que no me equivoco al afirmar que también estaba enamorado de ella.

—Cuídate, Maia.

Se despide con un gesto de la cabeza.

Al quedarme sola, suspiro, desanimada. Agradezco mucho que hayan venido a verme, pero me duele no tener noticias de una persona en concreto. Le he enviado más mensajes, lo he llamado varias veces, pero sigo sin respuesta de Cameron.

Aparece unas horas después, cuando estoy terminando de ver una película en la tableta que papá me ha conseguido y él ha bajado a comprarme un dulce con mucho chocolate porque hace rato que no hay nada que me apetezca más.

En cuanto entra en la habitación, me arranco los auriculares de las orejas.

—¡Cameron!

Si fuese por mí, saltaría de la cama y correría hacia él. Pero entre el cabestrillo, una vía conectada a una botella de suero y que todavía estoy un poco torpe, solo consigo incorporarme.

—No, no te muevas.

Se acerca rápido, preocupado. Me acuna la cara entre las manos.

—Siento no haberte contestado, estaba…

No contesta, y me besa con cierta desesperación, como si llevara demasiado tiempo esperando el momento.

—¿Cómo estás?

—Bien —le aseguro. No parece convencido—. De verdad, estoy mejor y me pondré bien.

—Ya, pero tendrás que pasar por quirófano.

Tiro de él para que se siente en la cama, lo más cerca posible de mí.

Ahora que puedo observarlo bien, descubro los rastros del agotamiento en su rostro.

No parece que estos últimos días haya dormido mucho.

Pongo la mano derecha en su mejilla, y él cierra los ojos e inclina la cabeza para apoyarse en ella.

El gesto no me parece suficiente.

—Espera —le digo. No sin cierta dificultad, me arrodillo en la cama, quedando un poco más alta que él—. Ven aquí.