Capítulo 21
- Primer intento de llamada por parte de Bruno: Llamada sin contestar
- Mensaje de Bruno a Cameron: «coge el puto teléfono. estoy con Maia. URGENTE»
- Llamada de Cameron a Bruno:
Bruno: Cameron, joder, ya era hora. Tienes que ir al ambulatorio de Sabiñánigo. Estoy con Maia. Tu madre… Joder, ya no sé si respira. Maia, ¡Maia!
Cameron: Bruno, ¿qué pasa?
Bruno: ¿Que qué pasa? Pues que he ido a ver a Maia a ver si estaba bien después de la mierda de ayer y tu madre… Que le ha metido algo con una jeringuilla y ahora no se despierta. ¡Cuidado que viene un coche!
Cameron: ¿Qué quieres decir con que no se despierta?
Bruno: Que tu madre la ha drogado, ¿vale? Me he encontrado al padre de Sofía y estamos en el coche, ya nos esperan en el ambulatorio, y no sé si allí podrán ayudarla, pero… ¿Qué coño está pasando, tío? Ha dicho… Ha dicho que tu madre mató a Julieta y a una periodista…
Cameron: ¿Qué…? ¿Cuánto tardáis en llegar al ambulatorio?
Bruno: No sé, estamos yendo a toda leche. Creo que… Creo que en quince minutos llegamos.
Eduardo Muñoz (se le oye a través del teléfono de Cameron): ¿Cameron? ¿Qué haces aquí?
Cameron: Papá. ¡Te voy a matar!
La llamada se corta.
Lo primero que veo es la luz. Demasiado brillante.
En realidad, no la estoy viendo. Es… Creo que me llega a través de los párpados cerrados.
Tras esa primera sensación, es como si mi cerebro se activara del todo y se conectara con el resto de mi cuerpo.
Los párpados me pesan. Todo me pesa a pesar de que estoy tumbada.
No puedo mover el brazo izquierdo. Hay algo clavado en mi brazo derecho. La cabeza me duele.
¿Y por qué hay tanta luz? Frunzo el ceño mientras me esfuerzo por abrir un poco los ojos.
Estoy en la habitación de un hospital. Papá está sentado en una silla, a mi lado, mirando hacia la ventana por la que entra el sol.
Parece haber envejecido otros cinco años de golpe.
Está agotado, como si llevara días sin dormir.
Todavía no sé cómo he llegado hasta aquí, pero sé que está así por mi culpa. Yo le he hecho esto.
Entonces me descubre mirándolo y se incorpora de golpe.
—Maia. —Creo que pulsa un botón que hay en la barandilla de la cama. Habla con voz suave—. Eh, ¿cómo estás?
Intento moverme un poco porque estoy empezando a notar otras cosas además del cansancio y la pesadez. Me duele el cuerpo, como si llevara demasiado tiempo sin moverme.
—Ten cuidado con el hombro. No te hagas daño.
Sigo su mirada hacia mi brazo izquierdo y descubro por qué no lo puedo mover: lo tengo inmovilizado con una aparatosa férula. Parpadeo, desconcertada.
—¿Qué ha pasado? —pregunto.
—¿No te acuerdas?
—Eh… —Lo intento, pero no doy para más.
—No te preocupes, algunas cosas irán volviendo —me asegura—. Llevas un par de días despertándote un poco y volviéndote a dormir.
—¿Qué? —Intento sentarme en la cama de golpe, pero no consigo levantarme ni tres centímetros.
—Hoy te veo más despejada que las otras veces. Eso es bueno —dice papá, esforzándose por sonreír.
Al verme obligada a quedarme tumbada, la única manera que tengo de expresar mi desconcierto y frustración es frunciendo el ceño.
Llevo dos días en el hospital… No recuerdo absolutamente nada.
Tampoco cómo llegué ni por qué. Entonces, algo regresa.
Bruno. Mirándome muy asustado, diciéndome algo.
¿Por qué estaba tan asustado? El sonido de un coche alejándose tan rápido que nos envolvió una nube de polvo… ¡La madre de Cameron!
Ahora sí, todo regresa de golpe. El diario de Julieta, Cameron, las dudas, tantas dudas, el plan que urdimos para conseguir la confesión de Eduardo…
Y entonces, la madre de Cameron. Esa parte es más confusa, los recuerdos son como breves destellos.
El pinchazo en el brazo, la caída, yo arrastrándome por el suelo y empujando una silla…
Ella mató a Julieta e Izíar. Y también quería…
matarme a mí. De hecho, llegué a pensar que lo había conseguido.
Pero estoy viva. Me duelen la cabeza y los ojos.
En realidad, me duele todo el cuerpo. Estoy agotada, el hombro me palpita y siento unas ligeras náuseas.
Estoy hecha un asco. Estoy fatal. Pero estoy viva.
Los ojos se me humedecen, abrumada por la toma de conciencia.
He pasado un año sumergida en un pozo, sin saber qué sentido tenía la vida, para qué valía la pena levantarse por las mañanas.
Ahora no podría sentirme más agradecida por el simple hecho de poder abrir los ojos, respirar, ver a papá…
todavía preocupado, agotado. No me cuesta imaginarme lo que debe de haber sido esto para él.
Hace poco más de un año perdió a mamá, si me llega a perder también a mí…
—Papá, lo siento tanto… —Se me escapa un sollozo y me echo a llorar, presa de la culpabilidad.
—Eh, ven aquí.
Con mucho cuidado, me abraza y me acuna mientras lloro por lo que le he hecho sufrir. También por la tensión de todas estas semanas, porque alguien estuvo a punto de matarme.
—No sabía cómo hacerlo. Quería contártelo todo, pero…
—No te disculpes. —Me chista con suavidad.
—Pero… —Me callo, pues todavía no sé qué ha pasado desde que perdí la conciencia. Mi cerebro va lento, yendo paso a paso. Aun así, me angustio—. ¿Dónde está Cameron? ¿Está bien? ¿Y su madre? ¿Qué pasó, papá? ¿Cómo…?
—Eh, te prometo que luego te lo cuento todo. Cameron está… —Se interrumpe, duda—. Ha venido a verte un par de veces. Su madre ha sido detenida. Luego te doy detalles, ¿vale? Pero ahora necesito que acabes de despertarte y asegurarnos de que estás del todo bien.
Me resigno con un suspiro y, poco a poco, se me pasa el llanto. El abrazo de papá me ayuda. Sé que no quiere mis disculpas, pero siento que le debo tantas…
—Sé que desde lo de mamá… —empiezo, pero se me rompe la voz y tengo que volver al principio—. Sé que estabas muy preocupado por mí. Pero te prometo que estoy mejor y que… Nunca había tenido tantas ganas de vivir, papá.
Respira una vez con fuerza.
—Vale —dice, y ahora el que está llorando es él, así que yo también lloro un poco más, y, cuando unos minutos más tarde entra la enfermera, nos encuentra así y nos pregunta si necesitamos un rato más, pero ya estamos mejor.
Entonces, durante un buen rato hay un continuo ir y venir de doctoras y enfermeras.
No las conozco de nada, pero parece que se alegran mucho de verme despierta, y se nota que papá les cae bien.
Primero me hacen comer un poco, aunque solo me entra medio yogur.
Después, dos doctoras me hacen un sinfín de preguntas y me piden que haga pequeños movimientos para asegurarse de que no tengo secuelas por la sobredosis del calmante que me inyectó la madre de Cameron.
Otra médico me informa de que, cuando me caí, no solo se me salió el hombro de sitio, sino que me fracturé no sé qué hueso y tendrán que operarme para extraerme un par de fragmentos que se han quedado por ahí dando vueltas.
Eso hará que tenga que pasar unos días más en el hospital, pero creen que debería recuperarme sin problemas.
También pasa a verme una psicóloga que nos habla del estrés postraumático y sus señales, y al final de todo me piden que me levante e intente caminar un poco porque llevo demasiado tiempo acostada.
Supero la prueba, pero al acabar estoy tan cansada que es tumbarme y quedarme dormida al instante.
Cuando despierto a la mañana siguiente, lo primero que hago es pedirle a papá el móvil para llamar a Cameron. Necesito hablar con él, escuchar su voz, saber cómo está. Papá duda.
—Vamos por partes. Tu teléfono lo tiene la policía, pero, si quieres hablar con Cameron, puedes intentar hacerlo desde el mío.
Me dio su número. Pero envíale un mensaje antes de llamarle, está…
—Suspira con tristeza—. No está muy bien, Maia.
Su madre está detenida, su padre también va a tener problemas, y se siente muy culpable por lo que te pasó a ti.
—No es culpa suya. Fue idea mía —me apresuro a aclarar.
—Lo sé. Pero se siente responsable por haberlo aceptado —replica, pasándome su teléfono.
Me falta tiempo para enviarle un mensaje a Cameron preguntándole si puede hablar. Solo de pensar en lo que debe de estar pasando, siento una desagradable opresión en el pecho.
Aunque tengo la esperanza de que el teléfono suene enseguida, le pido a papá que me cuente todo lo que sepa de lo sucedido, que resulta ser mucho.
Lo desgrana sin poder evitar que en algunos momentos le tiemble la voz.
Cada vez, a mí se me humedecen los ojos al pensar en lo mal que se lo he hecho pasar.
Al parecer, tras quedarme dormida en brazos de Bruno, él cargó conmigo hasta el pueblo, donde se encontró con el padre de Sofía y me llevaron a toda pastilla hasta el ambulatorio de Sabiñánigo, donde me hicieron una primera intervención.
Allí una ambulancia me llevó a un lugar donde pudo aterrizar un helicóptero, que me trajo hasta el hospital de Huesca.
Toda una aventura que no estaría contando si esa mañana Bruno no se hubiese acercado a la cabaña para asegurarse de que estaba bien. Nunca habría imaginado que acabaría estando tan agradecida a alguien que, de entrada, me caía tan mal.
En cuanto a Karen, la madre de Cameron, gracias a que Bruno llamó a emergencias para avisar de lo sucedido, la detuvieron en cuanto entró en Sabiñánigo.
Estaba en plena huida hacia delante, con la intención de salir del país y luego vete a saber qué.
Pero, una vez detenida, lo confesó todo.
Los asesinatos de Julieta e Izíar. Que intentó matarme a mí.