Capítulo 20 #3
—¿Recuerdas esto? —Vuelve a mostrarme la jeringuilla, que sigue llevando en la mano. Sin esperar mi respuesta, me coloca las manos debajo de las axilas y tira de mí con una fuerza sorprendente. Gimo por el dolor en el hombro, pero, sin casi darme cuenta, estoy de pie—. Vamos, bonita.
Niego con la cabeza, pero hace pasar mi brazo derecho por encima de sus hombros y me abraza por la cintura para ayudarme a caminar. No quiero ir, pero la obedezco, y maldigo la droga que me ha inyectado porque no me resisto cuando abre la puerta y salimos.
Me va a matar. Lo sé y no estoy haciendo nada por evitarlo. Me matará igual que mató a Julieta. Y Cameron… No sé si Cameron también se ha enamorado de mí, pero sé que le importo. Si yo también muero… Su madre tiene que saberlo.
—Julieta era la novia de Cameron.
—Cállate.
—Si me matas…
—¡Cállate! —Se le rompe la voz. Jadea por el esfuerzo y los nervios. Parece que se esté viniendo abajo otra vez—. Yo solo intentaba proteger a la familia de los líos de faldas de Eduardo.
En un momento muy absurdo, en vez de preocuparme porque no haya negado que va a matarme, me pregunto cómo murió Julieta exactamente.
—¿A Julieta también la drogaste?
—Sí. No sufrió.
Se me escapa un resoplido al escuchar su tono de pesar, como si de verdad le hubiese sabido mal hacerlo. Pero bien que lo hizo, no te jode. Lástima que no esté en condiciones de convertir mis pensamientos en palabras, porque me quedaría bien a gusto.
—Hijaputa.
Bueno, al menos me ha salido algo.
Y hemos alcanzado el coche. La madre de Cameron abre la puerta del copiloto y pretende que entre. Tengo un pequeño momento de lucidez, uno en el que parece que el mensaje «debo luchar por mi vida» consigue trascender. Apoyo la mano derecha contra el borde de la puerta para resistirme.
—No…
—Vamos, ¡entra!
El grito es agudo, estridente, el de alguien a punto de perder los estribos por completo. La madre de Cameron me empuja, impaciente.
—Eh, ¿qué está pasando aquí?
Las dos nos giramos hacia la voz del recién llegado.
Bruno. ¡Bruno! No tengo ni idea de qué hace aquí, precisamente ahora, pero me alegro tanto de verlo… Nunca habría dicho que él despertaría este sentimiento en mí, pero de verdad que, si pudiese, sonreiría.
Se está acercando a nosotras con el ceño fruncido, pero, cuando reconoce a la madre de Cameron, se queda parado.
—¿Karen?
Yo veo mi oportunidad.
—¡No quiero ir con ella!
No debo de pronunciarlo tan bien como a mí me parece, pero es suficiente. El desconcierto de Bruno se convierte en extrañeza y enseguida en alarma cuando la madre de Cameron hace un gesto con la mano… y entonces siento un pinchazo en el cuello.
—¡Eh! —grita él, echando a correr hacia nosotras.
Noto que el mismo calor de antes se me extiende desde el cuello hacia el resto del cuerpo. Oh, ahora sí que estoy perdida, perdida, perdida.
Curiosamente, no siento miedo. No sé decir si esta falta de sentimiento es buena o mala, pero desde luego es extraño. Saber que vas a morir y que no te importe.
Entonces la madre de Cameron me empuja sin miramientos hacia Bruno, que se detiene derrapando sobre el suelo polvoriento del camino y logra sujetarme antes de que me desplome.
—¡Eh! —Vuelve a gritarle a la madre de Cameron, pero la única respuesta es una puerta que se cierra y un motor que arranca—. ¡Eh!
Si antes ya tenía la sensación de estar moviéndome entre algodones, ahora se me multiplica. Los párpados me pesan, todo mi cuerpo parece convertirse en plomo. Soy incapaz de moverme de entre los brazos de Bruno.
El coche de la madre de Cameron se aleja tan rápido que nos envuelve una nube de polvo.
Bruno me mira y veo el pánico en sus ojos, en la tensión de su boca. Quiero decirle que no se preocupe tanto, que estoy bien, no me duele nada. Ya ni noto el hombro.
—¿Qué te ha hecho?
—Droga… Tengo sueño.
—Joder. Maia, joder. Maia, no te duermas, por favor.
Yo puedo intentarlo, pero es que los párpados me pesan tanto…
—Vamos a buscar ayuda, ¿vale? —añade Bruno.
Noto cómo me pasa un brazo por debajo de los hombros y el otro por debajo de las rodillas, y me levanta al vuelo. Creo que empieza a recorrer el camino en dirección al pueblo.
Me doy cuenta de que tengo que decirle algo importante. Al menos que lo sepa alguien. Cuando hablo, solo consigo hacerlo en un susurro, no tengo energías para más.
—Ella mató a Julieta y a la periodista. —Bruno me mira un momento con los ojos muy abiertos, pero no se detiene—. Cameron… Dile que lo siento. Y a mi padre.
Ya está, ya lo he dicho. Suspiro, satisfecha por haber conseguido que alguien más lo sepa.
—No te duermas. Tienes que hacer un esfuerzo —suplica Bruno.
Pero me he quedado sin fuerzas, ni siquiera consigo abrir los párpados. Ya no puedo más. Me rindo al sueño, que tampoco es tan grave. La idea de dormir me parece de lo más razonable.
Y entonces se me ocurre que voy a morir como lo hizo Julieta. Las dos nos dormiremos… y ya está. Ahora sé que Julieta no sufrió. Esto no está tan mal, ¿no?
Desde el fondo de mi cabeza, la vocecita grita que sí que está mal. Se desgañita, se queda afónica chillándome que luche, que no puedo perder la batalla.
El problema es que ya es demasiado tarde.
Sí, me temo que he perdido.