Cuenta atrás para salvarte Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Me empujó a descubrir la verdad. Hasta hace tres meses, llevaba dos años atascado en el mismo sitio, sin perspectivas de que mi vida cambiase.

No sabía qué le había pasado a Julieta, en el fondo seguía esperando a que apareciera…

Pero ella llegó de repente y retiró la cortina que escondía tantos secretos.

La realidad que me descubrió es fea y complicada, y duele y, eh, para qué negarlo, en estos momentos siento que mi vida está peor que hace tres meses, pero…

¿prefiero la dureza de la verdad o seguir viviendo en la ignorancia, en la oscuridad?

No me cuesta contestar esa pregunta. Ni siquiera dudo.

Prefiero la luz a la oscuridad. Maia me dio una oportunidad para salir del agujero en el que estaba y seguir adelante con mi vida. Con heridas y arañazos, pero las heridas se curan. Algunas dejan cicatriz, sí, pero puedes convivir con ellas.

Ella me tendió la mano para estar a mi lado mientras me curaba, también después. Sabía que no sería un camino fácil para mí, pero quería recorrerlo a mi lado. Y yo la rechacé.

Esta nueva revelación me golpea con fuerza. Fui un idiota. Un imbécil.

—Lo siento, Maia. —Se me rompe la voz al decirlo.

Ella alza las cejas. Se le nota que no está segura del motivo de esa disculpa.

—En el hospital —aclaro—. Siento haberte apartado así.

—Ah —dice, mientras asiente. Se queda mirando el suelo unos instantes.

Entonces se aparta de la protección que le ofrecía la puerta del coche y camina hacia mí sin dudarlo. Me abraza.

No me resisto. Dejo que me pase los brazos por encima de los hombros, yo la rodeo por la cintura y cierro los ojos. Me pierdo en el olor dulce de su melena, en tener su cuerpo entre mis brazos. Estos meses la he echado de menos, pero tenerla aquí lo vuelve especialmente doloroso.

Entonces susurra algo en mi oído:

—Las acciones de tus padres no te definen, Cameron. Cuando te miro, te veo a ti. No a tu madre.

Es como si esas palabras me abrazaran y se fundieran en mi pecho, en mi corazón. Se me escapa un suspiro que acaba siendo un pequeño sollozo.

«Sigo pensando que no lo merezco», quiero decirle, pero me freno porque tiene razón. No soy responsable de las acciones de mis padres. Ella lo tuvo claro desde el principio, yo he necesitado más tiempo para creérmelo.

Se aparta, me sujeta el rostro entre las manos y me mira a los ojos.

—¿Lo entiendes? ¿Lo crees? —pregunta.

Asiento, perdiéndome en su mirada. Y maravillándome de lo que transmite. Es como si… siguiera creyendo que yo valgo la pena.

Una pequeña llama de esperanza se enciende en mi pecho. A pesar del daño que le hice… ¿sigue mirándome así?

—Mi vida es un desastre. Yo soy un puro desastre —se me escapa.

—Si quieres, te hablo del año que me pasé tirada en el sofá. O del día, no hace tanto, que descubrí que no me atrevía a salir sola de casa —replica con una pequeña sonrisa—. Paso a paso, Cameron. Irá mejorando.

Sigue acunándome la cara, mirándome a los ojos. Me atrevo a cubrir una de sus manos con la mía. Me acaricia la mejilla con el pulgar.

—Ojalá no te hubiese pedido que te olvidaras de mí —confieso. La voz se me vuelve a romper.

—He intentado hacerte caso —dice. La miro, interrogante, sin atreverme a sacar conclusiones de ese «he intentado». Me parece que pasa una eternidad antes de que añada—: No me ha salido muy bien.

Aprieto los labios para contener la sonrisa. Noto el pulso en el cuello, un poco desbocado. Los dedos me tiemblan un poco cuando me atrevo a colocar, con mucha suavidad, un mechón de cabello tras su oreja.

—Oye… Tú crees que… —Me interrumpo un par de veces por la emoción y tengo que carraspear—. ¿Crees que todavía estoy a tiempo de contestar al último mensaje que me enviaste?

Maia:

Si necesitas cualquier cosa, llámame. Por favor

Las mejillas se le sonrojan un poco. Me encanta cuando lo provoco yo.

—¿Qué contestarías? —susurra.

—¿Puedo llamarte ahora?

Ahora es ella la que intenta contener la sonrisa, pero no lo consigue.

—Claro. Llama cuando quieras.

Entonces me besa. Primero cierro los ojos y suspiro, pero después la estrecho entre mis brazos y me pierdo en ese beso, sediento. Nuestras lenguas se encuentran, nos acariciamos el cuerpo, nos besamos como si hiciese años que no nos veíamos.

La esperanza me explota en el pecho y se expande por mi cuerpo. Esto es un nuevo inicio, ¿no? Una nueva oportunidad. Por primera vez en mucho tiempo, me siento ligero, optimista. No será todo un camino de rosas, pero esto es… muy bueno.

Deberíamos tomárnoslo con calma. Tenemos que hablar, ver hacia dónde va esto. Pero no conseguimos hablar mucho más antes de que el padre de Maia regrese de tomarse su café.

Nos apartamos intercambiando una mirada cómplice. Los dos estamos despeinados, los labios sensibles por los besos.

Después de prometernos seguir hablando por mensajes y videollamadas, me quedo en el aparcamiento hasta que su coche desaparece por la primera curva de la carretera. Y entonces sucede otra cosa por primera vez en mucho tiempo: regreso a casa sonriendo.

Durante la cena, hablo con mis abuelos.

Y después, antes de acostarme, le envío un mensaje a Maia.

Cameron:

¿Churros o porras?

Maia:

Porras, vaya pregunta. ¿Por?

Cameron:

Por saber a qué invitarte cuando esté instalado en Madrid