Cuenta atrás para salvarte Capítulo 20
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Capítulo 20

La imagen se mueve como si el móvil se encontrara en la mano de (presumiblemente) Maia.

Muestra la puerta de la cabaña de los hechos.

La mano de Maia abre un poco la puerta. Fuera hay una persona, pero no se la distingue.

La persona empuja la puerta, la imagen se vuelve confusa (presumiblemente, el teléfono está cayendo al suelo).

Maia: (grita).

A partir de aquí, la imagen se mantiene fija, solo se distingue el techo de la cabaña.

Pasamos a describir exclusivamente los sonidos de la grabación.

Se oye otro grito (no se puede distinguir si es de Maia o de otra mujer) seguido de un golpe fuerte, presumiblemente la puerta de la cabaña cerrándose.

Durante diecisiete segundos, se oye una respiración acelerada que se va volviendo más lenta (presumiblemente de Maia).

Maia : No…

Se oye un golpe sordo, presumiblemente Maia cayendo al suelo.

Se oye un crujido que se identifica con la apertura de la puerta de la cabaña. Después un golpe suave que indica su cierre.

Mujer sin identificar: ¿Dónde está el diario, chica? (La voz presenta un leve acento extranjero).

Se oyen pasos (presumiblemente de la mujer sin identificar).

Una mujer aparece en cuadro, mirando a cámara. Se agacha para coger el teléfono. La cámara pasa a apuntar al suelo. La grabación se detiene.

Identificación positiva de la mujer: Karen Stuart.

Relaciones familiares:

- Esposo: Eduardo Muñoz

- Hijo: Cameron Muñoz

Debería estar asustada. Debería estar temblando de miedo.

Debería estar gritando pidiendo ayuda. Sin embargo, estoy…

No sé si «tranquila» es la palabra adecuada para describirlo.

¿Indiferente, quizá? Como si lo estuviese viendo desde la distancia.

Como si yo no fuese yo. Ni siquiera me preocupa el dolor sordo y palpitante del brazo izquierdo, ni el hecho de no poder moverlo ni un solo milímetro.

Sé que no es normal y debería angustiarme por ello, pero no lo consigo. Hay una parte de mi cerebro diciéndome que mi vida corre peligro, que debo reaccionar, pero la parte que debería morirse de miedo y ordenar a mis músculos moverse… es como si se hubiese ido de vacaciones.

La mujer vuelve a acercarse a mí. Me estudia con una mezcla de aprensión, nervios y disgusto. Como si realmente no le gustara hacer esto, pero no tuviese otra opción.

—Chica, te he preguntado dónde está el diario —insiste con su elegante acento británico.

Cuando la he visto ahí, en el porche, me ha costado creerme que era ella. Pero el color de esos ojos, la forma de los labios… Sí, era la mujer de la cafetería. Alta, de porte elegante, sobria. La madre de Cameron.

¿Qué hace ella aquí? Ni siquiera sé cómo se llama…

¿Por qué ha venido ella en vez de Eduardo?

Significa eso que… Mi cerebro va lento y me cuesta encontrar una explicación.

¿Es porque Eduardo y la madre de Cameron están juntos en esto?

¿O la madre de Cameron está actuando por su cuenta?

Pero ¿cómo…? Mis pensamientos están demasiado enmarañados.

Sin embargo, uno sí que consigue brillar y llamar mi atención.

Cameron. Cameron sigue vigilando a su padre. No sabe nada de esto, no sabe que su madre… Esto lo va a destrozar todavía más. Pero tiene que saberlo.

El miedo por Cameron sí que consigue que mis músculos reaccionen.

Tengo que llamarlo, al menos enviarle un mensaje.

Necesito mi móvil. ¿Dónde está? Recuerdo que se me ha escapado de la mano cuando la madre de Cameron me ha clavado la aguja.

Debe de estar en el suelo. Con un gran esfuerzo, intento ponerme bocabajo, pero se me escapa un gemido lastimero cuando siento una punzada horrible en el hombro izquierdo.

Además, al no poder mover el brazo, ni siquiera consigo desplazarme.

Con cuidado, intento hacerlo hacia el otro lado.

Esta vez sí que logro girarme. Desde donde estoy, busco el teléfono con la mirada.

No lo veo. Me arrastro por el suelo con la esperanza de verlo en algún rincón…

—¿Buscas esto?

Giro la cabeza para descubrir a la madre de Cameron mostrándome mi teléfono, que se guarda en el bolsillo del pantalón. Me doy cuenta de que debe de llevar un buen rato observando mis lentos intentos por encontrar el aparato.

Resopla, impaciente, y parece darme por imposible.

Recorre el salón con la mirada, me da la espalda y empieza a abrir los cajones y las puertas de los muebles.

Lo revisa todo bien. Al no encontrar lo que busca, entra en la cocina.

Mientras la oigo abrir y cerrar cajones, incluso la nevera y el congelador, no puedo dejar de pensar en Cameron.

Tiene que saber que su madre también está implicada.

O quizá solo es ella, aunque todavía no consigo que eso tenga sentido en mi cabeza…

Pero ahora da igual. Lo importante es avisar a Cameron.

Pero, a falta de mi móvil, no tengo manera de contactar con él. Mi única opción es escapar de aquí. Encontrar a alguien que me ayude.

Miro la puerta de la cabaña. La madre de Cameron no ha llegado a cerrarla con llave. Para volver a abrirla, solo necesitaría bajar la manilla. El problema es cómo alcanzarla. Puedo arrastrarme por el suelo, pero levantarme hasta ahí… Necesitaría apoyarme en algo.

Mi cabeza, a pesar de que parece haber sido sumergida en una densa e interminable niebla, logra urdir un plan. Será difícil, pero tengo que hacerlo por Cameron. Una voz en el fondo de mi cabeza intenta recordarme que también es por mi propia vida, pero es como si sus gritos me llegaran apagados.

Me quedo quieta, con la frente apoyada en el suelo, pendiente de los sonidos de la madre de Cameron.

La oigo terminar en la cocina y dirigirse al lavadero.

Allí tampoco encuentra lo que busca, claro.

Cuando sale de esa parte de la casa, no la miro.

Se detiene un momento, sé que me observa.

Me mantengo inmóvil. Que piense que ni siquiera tengo energías para moverme.

Entonces la escucho subir las escaleras.

Al instante empiezo a arrastrarme por el suelo, mordiéndome el labio para no gemir desesperada por lo lenta que avanzo.

Me parece que tardo una eternidad en alcanzar una de las sillas de la mesa.

Entonces me tengo que enfrentar a otro problema.

Con un brazo inutilizado, no tengo suficiente fuerza para usar la silla como soporte para levantarme.

Me siguen llegando los sonidos de la madre de Cameron desde arriba, pero no tardará en volver a bajar, preguntando de nuevo por el diario.

Decido que ya me preocuparé de cómo alcanzar la manilla cuando la tenga al lado. Lo primero es llevar la silla hasta allí.

Doy un empujón a la silla con el brazo derecho.

Por suerte, la parte inferior de las patas está cubierta con una almohadilla para que no rayen el suelo, así que no hace ruido.

Después de ese primer empujón, me arrastro por el suelo hasta alcanzarla.

La empujo de nuevo. En un recorrido lento y penoso, la voy moviendo hasta que logro pegarla a la pared, junto a la puerta.

Ahora llega la parte todavía más difícil, la que no sé cómo hacer.

Me agarro al asiento con la mano derecha e intento incorporarme, pero me falta fuerza.

Tras un segundo fracaso, me decido por la opción dolorosa.

Apretando los dientes para no emitir ni un solo sonido, me apoyo sobre el hombro izquierdo, recojo un poco las rodillas debajo del cuerpo y entonces sí que consigo levantarme.

Me quedo de rodillas, la mano derecha apoyada en el asiento.

La aparto un momento para colocarla en la manilla y hacer fuerza hacia abajo…

La puerta se abre.

Si no tuviese todas las emociones adormiladas, sé que me alegraría. Mucho. Ahora solo logro sentir un alivio amortiguado, pero es suficiente para seguir moviéndome. Estoy más cerca de avisar a Cameron.

Me aparto de la silla y apoyo la mano derecha en el suelo con la esperanza de conseguir gatear.

Las piernas me flaquean un poco y no lo logro del todo, así que consigo salir al porche con una mezcla de gateo y arrastre.

Es humillante y patético, pero me vale. Mientras avanzo hacia las escaleras, miro hacia el camino.

El lugar es solitario, pero quizá tenga suerte y pase alguien a quien pueda llamarle la atención…

Unas manos me agarran de los tobillos y tiran de mí hacia atrás.

—¡No!

Vuelvo a caer, tumbada y bocabajo. Las manos me arrastran hacia el interior de la cabaña.

El camino, las escaleras, el porche, se alejan de mí.

La puerta vuelve a cerrarse en mis narices.

La madre de Cameron me empuja para que me ponga bocarriba haciéndome rodar sobre mi brazo izquierdo. Esta vez no contengo el grito de dolor.

—¿A dónde te crees que vas? —me grita, más asustada que enfadada.

Resoplo, aunque no sé si transmite lo que estoy pensando.

«¿A ti qué te parece, tía lista?». De repente, las pocas energías que había conseguido reunir para avisar a Cameron me abandonan.

Estoy agotada por el esfuerzo y el fracaso.

Ahora ya no volverá a perderme de vista, no tendré otra oportunidad para intentar escapar o pedir ayuda.

Esto ya no tiene solución. La indiferencia por lo que pueda sucederme gana del todo.

Total, si ya no hay nada que hacer, ¿para qué preocuparse?

La madre de Cameron se ha dado unos segundos para calmarse.

—Chica, no tenemos todo el día —me dice al fin—. Dime dónde tienes el diario.

—Me llamo Maia —farfullo. No me gusta que me llame «chica». Estoy tan cansada que me cuesta pronunciar las palabras. Es como si tuviese que tirar de ellas para que salgan.

—Vale —asiente, haciendo un gesto de impaciencia. Sigue nerviosa.

—¿Y tú?

—¿Qué?

—Tu nombre.

No sé por qué le pregunto ahora por su nombre. Es un poco absurdo, pero creo que es culpa de la droga ganándome la partida. Cada segundo que pasa, todo va más lento, más desordenado.

—Da igual cómo me llame.