Capítulo 19 #2
—Es que… —Cameron entra en el despacho. Lo calcula tan bien que se acerca lo justo para que Eduardo quede bien encuadrado—. Ha pasado algo raro. ¿Conoces la casa del pantano de Julia y Nando?
Me admiro de lo natural que suena Cameron. No solo está conteniendo la ira por lo que su padre ha hecho, sino que consigue que suene creíble que se acerque a hablar con él. Por lo que me ha contado, no suelen hablar de temas muy personales.
En el vídeo Eduardo alza las cejas, sorprendido.
—¿Los padres de Julieta?
—Sí. Este verano se alojan ahí un hombre y su hija, una chica de mi edad. Eh… El caso es que estuve hablando con ella y me ha dicho que encontró un diario de Julieta escondido en la casa. Que cuenta cosas raras, como si le hiciera pensar que Julieta en realidad no… Que no se suicidó.
Eduardo se deja caer hacia atrás en la silla. Parece asombrado de verdad.
—Joder. Eso es muy grave. ¿No te ha contado nada más?
—No.
—¿Y tú has visto ese diario? ¿Te lo ha dado?
—No, no quiere dármelo. Pero… me ha dicho algunas cosas que solo sabía Julieta.
Eduardo se queda en silencio, mordiéndose el interior de la mejilla. Tengo la sensación de que está intentando disimular la preocupación con reflexión.
—No sé qué hacer —lo presiona Cameron.
—No hagas nada. Déjame pensar cuál es la mejor manera de llevar esto.
—Vale.
—Pero, Cameron, si esta chica ha actuado así… No puede estar muy bien. No te fíes de ella.
—Ya.
—¿Y la conozco?
—No lo sé. Trabajaba por las mañanas en la cafetería de Sonia, pero creo que lo ha dejado.
Eduardo asiente, ya perdido en sus pensamientos.
—Yo me encargo —dice al fin.
—Gracias.
Cameron abandona el despacho y regresa a su habitación, donde coge el teléfono, asegurándose de que se le vea de nuevo, y detiene la grabación.
Yo me apresuro a dar el siguiente paso: envío un mensaje a Sonia avisándola de que estoy con fiebre y de que mañana no podré ir a trabajar. Por eso Cameron ha dicho que cree que he dejado el trabajo, porque damos por sentado que Eduardo querrá zanjar el asunto cuanto antes.
Respiro hondo. Vale, ahora ya no hay vuelta atrás.
Lo hemos planificado de tal manera que yo me exponga al mínimo peligro, pero es imposible que la cabeza no se me llene de «¿y si…
?». ¿Y si nos hemos equivocado? ¿Y si hemos calculado mal la reacción de Eduardo?
¿Y si hago algo mal? ¿Y si acabo muerta como Julieta?
Sí, lo sé, el plan es mío. Me he ofrecido como cebo porque quiero que se sepa la verdad, pero eso no significa que no esté muerta de miedo.
Me pregunto si Julieta pasó sus últimos días así, temiendo que Eduardo fuese a por ella, sin saber si lo haría y cuándo.
Deseando que la dejara en paz. Asustada, muy asustada.
Paso muy mala noche. Me duermo a ratos, pero me voy despertando a menudo con pequeños sobresaltos. La última vez es cuando papá entra en la habitación para ver cómo me encuentro. Como todavía estoy atontada, no me cuesta hacerlo pasar por malestar.
—Todavía estoy rara. No iré a trabajar. Anoche ya envié un mensaje —murmuro.
—Vale, descansa.
Papá me da un beso y se va a trabajar. Durante los treinta segundos que pasan desde que sale de la habitación hasta que cierra la puerta de la cabaña, tengo tiempo de despejarme del todo. Salgo de la cama y bajo corriendo a cerrar la puerta por dentro.
Después compruebo el móvil. Por suerte, el wifi funciona. Tengo un mensaje de Sonia diciéndome que no me preocupe y que no quiere presionarme, pero que espera que me recupere en un plis, y otro de Cameron:
Cameron:
Ha salido pronto de casa y ha ido directo a la oficina
Parpadeo, desconcertada. Eso sí que no nos lo esperábamos.
El plan es que yo no abandone la cabaña en ningún momento.
Al menos, sola no. Tengo que quedarme aquí encerrada hasta que aparezca Eduardo, al que Cameron lleva siguiendo desde primera hora.
Cuando aparezca, pondré el móvil a grabar.
Cameron se dejará ver en cuanto Eduardo cruce la puerta y lo confrontaremos con la verdad, con la esperanza de grabar su confesión.
Estábamos convencidos de que Eduardo vendría esta misma mañana. Pero si ha ido a la oficina… No me esperaba que se lo tomara con tanta calma.
Aunque sigo con los nervios a flor de piel, subo al baño y me cambio de ropa. Cuando vuelvo a bajar, sigo sin noticias de Cameron. Como temo que el wifi me la esté jugando, le envío un mensaje:
Maia:
¿Seguís en Sabiñánigo?
La respuesta llega enseguida:
Cameron:
Sí
Un par de segundos después, me llega otro mensaje.
Cameron:
Creo que la cagué al decirle que antes trabajabas en la cafetería por las mañanas. Esperará por la tarde para ir para allá
Tuerzo el gesto mientras me muerdo el labio. No, no creo que sea eso.
Me siento en el sofá, contrariada. Estaba convencida de que Eduardo aparecería enseguida, de que nos quitaríamos esto de encima pronto, lo antes posible. Pero resulta que lo único que puedo hacer ahora es… esperar.
Los minutos pasan y sigo sin novedades de Cameron, a pesar de que el wifi está funcionando bien. Podría desayunar para pasar el rato, pero me temo que lo vomitaría al instante.
Me dedico a pasear arriba y abajo por el salón.
—¡Socorro!
Me quedo petrificada. El grito ha llegado débil, algo lejano. Una mujer.
—¡Ayuda!
Ahora ha sonado más cerca. Noto un extraño calor en la cara, fruto de la sorpresa, del miedo y del desconcierto.
El vello de los brazos se me eriza. Alguien sube los escalones del porche corriendo.
Un segundo después, se deja caer sobre la puerta.
Doy un respingo al escuchar el golpe. Ahora aporrea la puerta con las manos, frenéticamente.
—Por favor, necesito ayuda, me han… Por favor, por favor —suplica la mujer.
Sigo sin moverme, sin saber qué hacer. La respiración se me entrecorta. Estoy aterrorizada. ¿Esto tiene algo que ver con Eduardo o de verdad ahí fuera hay una mujer que necesita ayuda? La mujer sigue golpeando la puerta, suplicando, sollozando.
No puedo quedarme aquí sin hacer nada. Sigo llena de dudas, pero no puedo negarle ayuda a alguien que la necesita. Por si acaso, pongo a grabar el móvil. Me acerco a la puerta.
—¡Un momento! —aviso.
—Gracias, gracias… —susurra la mujer.
Por los sonidos que me llegan, creo que se aleja un paso de la puerta.
Eso me tranquiliza. Un poco. Giro la llave y abro poco a poco, con prudencia, lista para cerrar la puerta de golpe si veo cualquier cosa extraña.
Al otro lado, una mujer me mira expectante, jadeando… aunque ya no parece asustada.
Me sorprendo al reconocerla. Y esa es mi perdición.
En esa fracción de segundo, empuja la puerta, se abalanza hacia mí y me clava algo en el brazo.
Noto un pinchazo fino, como una picadura.
Es tan rápido que solo tengo tiempo de gritar un alarmado «¡Eh!
» y dar un paso hacia atrás. El móvil se me cae al suelo.
Un calor extraño se me extiende desde el pinchazo hacia el resto del cuerpo y ella se me queda mirando, como si esperara algo…
con una jeringuilla medio vacía en la mano. Era una trampa.
Sintiéndome estúpida estúpida estúpida por haber metido así la pata, reacciono.
Me abalanzo hacia ella y la empujo con todas mis fuerzas.
Es alta y más fuerte de lo que pensaba, pero cae al suelo del porche con un grito sorprendido.
Me apresuro a cerrar la puerta de la cabaña con un golpe y cojo la llave para girarla…
Solo que los dedos de la mano no consiguen sujetarla.
Es como si se hubiesen quedado dormidos, incapaces de moverse. De hecho, no los siento.
Me doy cuenta de que es el brazo en el que me ha inyectado algo, así que lo intento con la otra mano… Pero me pasa lo mismo.
—No… —gimo.
Esto es malo. Muy muy malo. Cerrar o no la puerta con llave es cuestión de vida o muerte. Pasar la llave significará darme tiempo para pedir ayuda con el móvil, que Cameron o quien sea llegue a tiempo antes de que…
Pero no consigo sujetar la maldita llave. Estoy tan concentrada en esto que tardo unos segundos en darme cuenta de que, a mi alrededor, el salón se mueve de una forma extraña. Lenta, deformando las cosas. Cada miembro del cuerpo empieza a pesarme, a pesarme tanto…
Las piernas dejan de sostenerme. Me derrumbo como un saco de patatas y aterrizo sobre el hombro izquierdo. Oigo y siento un crujido que me pone los pelos de punta. Curiosamente, todavía tardo unos segundos en notar un dolor agudo, como no había sentido nunca, que se me extiende por todo el brazo.
Pero no grito, porque la voz no me sale.
Cameron ya me lo advirtió.
No confíes en nadie.