Cuenta atrás para salvarte Capítulo 19
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Capítulo 19

Eduardo ,

He hecho el chequeo habitual que me has pedido a Izíar García y lo que he encontrado no me gusta.

Te adjunto informe, pero en resumen: su nombre no es Izíar García, sino Izíar Garrido.

No está estudiando nada, ni doctorado, ni máster, ni un cursillo de cocina.

En realidad es periodista. No tiene muy buena fama y está yendo a un psiquiatra, pero le interesa publicar sobre corrupción y narcotráfico. Mucho cuidado con ella.

Saludos,

Miguel H.

Agencia de Detectives MHS

Cameron y yo nos pasamos las siguientes dos horas hablando entre susurros airados. Yo me dedico a explicarle mi idea, las diferentes fases, lo que hay que tener en cuenta, etcétera, pero él se dedica a replicar siempre lo mismo:

—No.

Entonces le pregunto si tiene una idea mejor y se me queda mirando, apretando los labios.

No, no la tiene. Intento valorar otras opciones menos peligrosas, pero en todas ellas existe la posibilidad de que las pocas pruebas que tenemos acaben en las manos equivocadas o perdidas.

Por algo he estado tan atascada todas estas semanas, sin saber en quién confiar.

—Que no, Maia, que no —me insiste Cameron.

A estas alturas ambos estamos muy frustrados con el otro. Nos encontramos de pie, enfrentados, con la cama entre nosotros.

—Será mejor que intentemos descansar. Mañana pensaremos en otra cosa.

Es mi intento para que haya paz, aunque la mirada que nos dedicamos por encima de la cama es de todo menos conciliadora.

—Vale —accede él.

—Bien.

Lo irónico es que no nos tumbamos dándonos la espalda, sino encarados, como si en vez de dormir pretendiésemos seguir con nuestra batalla de miradas. Sin embargo, a medida que pasan los segundos, distingo otra cosa más allá del ceño fruncido de Cameron.

Es preocupación. Por mí.

La irritación se me pasa de golpe. No puedo estar enfadada con él cuando la protección es la base de su negativa. No quiere que me pase nada.

Al ver el cambio en mi expresión, él también se relaja.

Sin necesidad de decir nada, nos movemos hasta que nos encontramos en el centro de la cama y él me abraza por la espalda.

Y, en esos momentos de paz antes de que nos durmamos, me doy cuenta de que, en realidad, el enfado de Cameron no es por lo que yo estoy dispuesta a hacer.

Es porque hace rato que sabe que hacerlo así es nuestra única oportunidad para que la verdad salga a la luz.

No puedo culparlo por haberse enfadado. Al fin y al cabo, yo seré el cebo.

A la mañana siguiente, nos despertamos tarde. El sol entra con fuerza por la ventana y, desde la cocina, nos llegan las voces del pódcast que papá está escuchando. Cuando miro a Cameron, veo la resignación en sus ojos.

—No me gusta —dice.

—A mí tampoco. Esta situación es una mierda.

Conseguimos levantarnos y actuar con bastante normalidad delante de papá.

Cameron logra mostrarse más hablador que anoche.

Mientras desayunamos, comentamos que, antes de comer, iremos a hacer una pequeña excursión por el pantano.

Papá se limita a decir: «Vale, yo he quedado para comer con unos conocidos», mientras nos estudia.

Imagino que está preguntándose cómo de serio es lo nuestro y cómo de dramático será decirnos adiós en septiembre.

Vuelvo a sentir el habitual pinchazo de culpabilidad cuando pienso, por enésima vez, que, si supiera la verdad…

No, mejor que no sepa qué haremos esta mañana.

En realidad, es cierto que la primera parte es una simple excursión: subimos hasta el mirador natural donde Cameron me llevó la primera vez, a la roca desde la que se contemplan las impresionantes vistas del pantano.

Lo que se sale de la normalidad es lo que hacemos después: apoyamos su teléfono contra una piedra, nos sentamos delante y ponemos la cámara a grabar.

Nos presentamos con nuestros nombres y Cameron es el primero en explicar cuándo empezó a salir con Julieta en secreto, por qué no se lo contaron a nadie, los problemas de Julieta con sus padres, los planes de futuro que habían hecho juntos, qué pasó cuándo desapareció.

No es fácil para él. En algunos momentos se le rompe la voz, pero consigue contarlo todo sin interrumpirse.

Después me toca a mí el turno. Explico mi llegada al pueblo, cómo encontré el diario de Julieta, y lo muestro a cámara.

Cameron no se ha separado de él desde ayer por la mañana.

Después leo todas las entradas legibles y, a continuación, explicamos por orden todo lo que hemos descubierto hasta llegar a la conclusión de que el asesino de Izíar y Julieta es Eduardo Muñoz.

Al decir su nombre, a Cameron se le cierra la garganta, ya no puede seguir hablando. Me toca a mí terminar:

—Esta tarde, Cameron se acercará a Sabiñánigo.

Echará el diario en un buzón de correos para enviárselo a los padres de Julieta.

Pase lo que pase a partir de ahora, lo recibirán.

También programaremos para que, dentro de tres días, se envíe un correo electrónico con un enlace para descargar este vídeo.

Lo enviaremos a muchas personas. En realidad esperamos que nuestro plan salga bien y podamos detener el envío para enseñar este vídeo directamente a la policía, pero…

—Me encojo de hombros, sin saber cómo terminar—: Por si acaso.

Cameron detiene la grabación y comparte el vídeo conmigo, así también lo tengo.

Cualquier precaución es poca. Esta tarde, lo colgará en un servicio de envío de archivos grandes y preparará el correo del que yo he hablado.

En destinatarios pondrá a los padres de Julieta, a su madre, a papá, a Bruno, a Sofía y a Alba, a varios periodistas cuyos nombres hemos encontrado en internet y nos han parecido serios, incluso a otras personas del pueblo.

Todavía sentados en el mirador, nos miramos. Cameron traga saliva.

—Esta ha sido la parte fácil.

—Si todo va bien, mañana se habrá acabado.

Cameron asiente, a pesar de que los dos sabemos que eso es mentira.

Si todo va bien, la verdad sobre las muertes de Julieta e Izíar saldrá a la luz.

Ni siquiera somos capaces de imaginar lo que supondrá eso.

La vida de Cameron cambiará, eso seguro.

Pero no es algo que hayamos hablado, porque primero hay que superar esta noche.

Después, mañana. Cruzar los dedos para que todo salga bien.

Me alegra que papá no esté en casa porque a estas alturas ninguno de los dos somos capaces de disimular los nervios.

Regresamos a la cabaña, donde nos obligamos a comer algo.

Después, acompaño a Cameron fuera, hasta la moto.

Antes de ponerse el casco, se detiene y nos miramos.

¿Qué podemos decirnos en un momento así?

No tenemos ni idea. Si todo va bien, pronto nos reencontraremos, sanos y salvos. Si no…

Prefiero no pensar en ello.

Por un momento, Cameron vuelve a dudar. Veo que está a punto de pedir que nos lo repensemos. Como no quiero volver a entrar en esta conversación, me pongo de puntillas para besarlo. Es un beso de despedida, tan dulce como desesperado.

Sin decirnos nada más, él se va en su moto y yo me encierro en la cabaña, asegurándome de cerrar bien la puerta.

Ahora solo puedo esperar.

Hoy parece que el wifi tiene ganas de funcionar a ratos, y a media tarde me entra un mensaje de Cameron.

Es un vídeo. En él se ve cómo sus manos introducen el diario de Julieta en un sobre acolchado con muchos sellos en el que están escritos los nombres de los padres de Julieta y su dirección.

Después lo introduce en un buzón. El vídeo termina ahí.

El siguiente paso de Cameron empujará la bola por una rampa y ya será imparable. Ahora sí, los nervios me asaltan de forma salvaje. El corazón y el estómago se me encogen de manera dolorosa y tengo que forzarme a respirar con lentitud para no ponerme a hiperventilar.

En ese momento, papá llega a casa. Estoy tan mal que no me cuesta nada fingir que no me encuentro muy bien y que iba camino de meterme en la cama.

—Vaya —dice. Me pone la mano en la frente para ver si tengo fiebre. Me emociono al recordar que era un gesto que mamá también hacía mucho—. Todavía falta un rato, pero ¿crees que vas a querer cenar?

—No creo... —Es cierto. Dudo que sea capaz de meterme nada en el estómago sin que vuelva a salir al instante por los nervios.

—Bueno, pues descansa. A ver cómo estás mañana.

Subo a mi habitación y me tumbo en la cama sin cerrar la puerta.

Por unos instantes escondo la cabeza entre los brazos, abrumada por seguir mintiendo tanto a papá.

Me recuerdo que no soy una mala hija, tan solo intento hacer lo correcto en una situación de mierda.

Con un suspiro resignado, me pongo música y me armo de paciencia, porque ahora lo único que puedo hacer es seguir esperando.

Papá ve algo en la tele mientras cena y se va a la cama temprano. A medianoche por fin me entra el mensaje que llevo horas esperando. Es otro vídeo de Cameron. Me siento en la cama, el corazón a mil por hora, y lo reproduzco. El volumen no muy alto, rodeada de oscuridad.

En la pantalla, primero se ve a un Cameron serio, que acaba de darle al botón de grabar.

Después la cámara se mueve de forma un poco mareante, acompañada de golpes y crujidos del micrófono.

Se pone el móvil en el bolsillo delantero del pantalón, para que la cámara sobresalga.

Después avanza por un pasillo amplio, que conduce a unas escaleras que descienden, también anchas.

Es así como descubro la lujosa casa en la que ha vivido Cameron los últimos diez años de su vida.

En el vídeo, baja las escaleras y gira, pasando de largo de un enorme salón y adentrándose en otro pasillo hasta detenerse ante una puerta abierta. Es un despacho. Tras el escritorio, tecleando ante un ordenador, se sienta Eduardo Muñoz.

—Papá. —Se oye a Cameron decir. El sonido no es perfecto, pero se le entiende sin problemas.

Eduardo parece mirar hacia la cámara.

—Dime.