Cuenta atrás para salvarte Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

Cameron nos conduce a otro pueblo cercano, todavía más pequeño que Bolcáriz y Sallén, pero en el que hay un restaurante donde nos preparan unos bocadillos que terminamos comiéndonos en un pequeño y solitario mirador.

Sentados uno al lado del otro en un banco, no puedo evitar recordar el día en que nos conocimos.

¿De verdad solo han pasado unas semanas?

Cuando pienso en la Maia de ese día, me cuesta reconocerme. Las cosas han cambiado tanto…

Más tarde, Cameron envía un mensaje a su madre avisándola de que no dormirá en casa y me pide conducir un rato más.

Eso hacemos. Cuando llegamos a la cabaña, ya está atardeciendo.

En cuanto abro la puerta oigo los pasos de papá descendiendo por las escaleras.

Todavía tiene el cabello húmedo, acaba de ducharse.

—Hola, papá.

—Hola, cariño —saluda, contento de verme. Se me acerca para darme un beso, momento en el que termino de abrir la puerta para que vea a Cameron.

—Vengo acompañada.

—Hola —le dice papá, mirándolo con curiosidad.

—Buenas tardes. —Cameron se esfuerza por sonreír.

—Papá, este es Cameron. Cameron, mi padre, Marcos.

Papá, que a veces puede ser muy formal, lo saluda con un apretón de manos y le hace un gesto para que entre.

—Papá, Cameron ha tenido una… eh, una discusión con sus padres. ¿Te importa si pasa aquí la noche? Solo será hoy.

Soy consciente de que estoy poniendo en un compromiso a papá y de que esto es incómodo tanto para él como para Cameron.

Y todavía lo será más, porque la primera reacción de papá es mirar el sofá, en el que es imposible que Cameron pase la noche en condiciones.

Cuando me mira, dispuesto a decirme que no lo ve claro, se encuentra con mi sonrisa y se da cuenta de que mi intención es que Cameron duerma conmigo.

Soy mala, lo sé, pero tengo que esforzarme por no sonreír un poco más al ver su conflicto.

Se debate entre dejar salir su vena protectora o aceptar que su hija ha crecido.

Y me conoce: sabe que, si nos dice que no, buscaremos otro sitio donde dormir.

Por ejemplo, el hostal donde ya pasamos una noche.

—De acuerdo —dice al fin.

—Gracias. —Me acerco a darle un beso en la mejilla. Él me da unas palmaditas resignadas.

—Solo no hagáis… —No termina la frase, como si el simple hecho de pensarlo fuese una tortura.

—Por Dios, papá, ¿por quiénes nos has tomado? —Me pongo como un tomate.

Mientras se aleja hacia la cocina, juraría que lo oigo farfullar algo tipo: «Como si yo no hubiese tenido diecinueve años».

Si Cameron estuviese de mejor humor, sé que sonreiría, pero está perdido en sus pensamientos.

El resto de la noche se une a nuestra rutina familiar.

Apenas habla, pero ayuda a preparar la cena, come con nosotros, se sienta a ver una película.

En algún momento me parece ver un asomo de sonrisa en sus labios.

Papá lo estudia con curiosidad, pero no lo fuerza a hablar porque se ha dado cuenta de que no está muy bien.

Yo me paso la noche fingiendo una ligereza que, en estos momentos, no hay ni en la vida de Cameron ni en la mía. Me horroriza un poco ver con qué facilidad soy capaz de hacerlo. Llevo tantas semanas mintiendo a papá que ya me sale sin pensar.

Todo esto me hace sentir mal. No es solo que me sienta culpable, es que no me gusta. Siempre he confiado en mis padres. En otras circunstancias, nunca le habría escondido algo así.

Me digo que ya queda menos. Pronto podré contárselo todo. Alucinará como nunca y tendré que darle muchas explicaciones, pero espero que ese día pueda comprenderme.

Nos vamos a la cama un poco después de medianoche. Cameron y yo nos tumbamos frente a frente, nos quedamos mirándonos en silencio. Ninguno de los dos tiene demasiado sueño.

El momento de paz me empuja a sacar algo que llevo guardándome todo el día.

—Cuando esta mañana he vuelto y no estabas… De entrada he pensado que sí que tenías algo que ver con lo de Julieta y que por eso te habías llevado el diario —confieso en un susurro.

Cameron me dedica una media sonrisa triste.

—No te culpo.

—¿No? Cuando me he dado cuenta, me ha parecido terrible. Siento que te debo una disculpa.

—La gente lleva dos años pensando mal de mí. Tú también tenías dudas, supongo que con razón. No te preocupes.

—No me gusta haberlo hecho. Lo siento.

Cameron se pone bocarriba con un suspiro.

—Si quieres me enfado contigo, pero no tengo energías. Y me gustas demasiado. Además, prefiero que me abraces.

Me incorporo apoyándome sobre el codo.

—¿Así es como lo pides?

—Soy un maestro de la sutileza.

No puedo evitar reírme. Me acomodo y apoyo la espalda contra el cabezal de la cama. Cameron se sienta entre mis piernas, recostado en mí, y yo lo abrazo por atrás. Me dedico a acariciarle el cabello, el lateral del cuello, los brazos. Es increíble lo mucho que me gusta hacerlo.

Tras unos minutos, reúno el valor suficiente para dar el siguiente paso.

—Oye…, tengo una idea.

Enseguida sabe a qué me refiero. Se tensa, aunque solo un poco.

—Te escucho.

Le cuento mi idea. Cuando termino, Cameron se incorpora y se gira para fulminarme con la mirada, enfadado.

—¿Estás loca?