Cuenta atrás para salvarte Capítulo 18 #2
77%

Capítulo 18 #2

Abandonamos Sabiñánigo y cogemos la carretera en dirección a Bolcáriz.

Cameron conduce sin prisas, noto que está haciendo un esfuerzo para calmarse.

A mí me encantaría decir que empiezo a encontrarle el gustillo a lo de ir de pasajera, pero me temo que no es así.

Pero, como es lo que hay, procuro no darle vueltas.

Rodeo su cintura con los brazos, notando la solidez de su espalda, y me dejo llevar.

Me permito distraerme con el paisaje, los árboles, los prados, algunos de ellos con vacas o caballos, las montañas que nos rodean, a las que nuestros problemas deben de parecerles insignificantes.

Puede que Cameron ya no esté a gusto viviendo en el pueblo, pero comprendo que le encante vivir en esta zona.

Me relajo tanto que es como si se me vaciara la mente.

Y entonces surge una idea. Es algo que podría funcionar, pero es peligroso. Debo pensarla bien.

Alcanzamos el pueblo, pero pasamos de largo. Cameron todavía conduce unos kilómetros más, tomando las curvas con suavidad, hasta que se desvía por una carretera tan estrecha que solo permitiría el paso de un coche. Sin embargo, a pesar de la época, no hay nadie más.

Al cabo de un poco, vuelve a desviarse. Esta vez avanzamos lentamente por un camino de tierra. Tras superar unos árboles, se abre a un claro en el que hay unas viejas ruinas. Solo quedan en pie dos arcos y una pared, además de varios montones de piedras. Debe de ser una antigua ermita.

Cameron espera a que baje de la moto para plantarla y descender él también. Cuando consigo quitarme el casco, me lo encuentro ahí de pie, inmóvil, el casco todavía puesto. Es como si se hubiese quedado ensimismado. Guardo el casco en el baúl; él sigue sin moverse.

Le subo la visera y descubro que tiene los ojos enrojecidos, húmedos. Cuando me mira, desolado, parece un poco avergonzado.

—Cameron…

Le desabrocho el casco y le ayudo a quitárselo.

Enseguida se escabulle hasta uno de los montones de piedras, donde se deja caer, los brazos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en el suelo.

Mi siento a su lado y me limito a esperar.

Suspira varias veces. Le diría que llore si es lo que necesita, pero no sé si lo agradecerá.

—La maté yo, Maia.

Lo miro, sobresaltada.

—¡¿Qué?!

—Si no hubiese salido con Julieta, estaría viva. Si la noche de esa estúpida fiesta no me hubiese enfadado, estaría viva. Solo venía a verme a mí por eso y se encontró con…

Me relajo al darme cuenta de que no hablaba de manera literal, a pesar de que él lo siente así. Recuerdo la entrada del diario en la que Julieta contaba que, esa noche, fue a ver a Cameron después de la fiesta porque se sentía culpable.

—Es como si la hubiese matado yo —termina.

—Cameron. —Sujeto su mano entre las mías con la esperanza de que eso lo empuje a mirarme, a prestarme toda su atención cuando le digo—: Entiendo que pienses eso. Pero sabes tan bien como yo que no es cierto. Aquí el único culpable es la persona que le hizo daño.

No menciono a su padre porque temo que eso vuelva a enfurecerlo.

Tras unos segundos, parece desinflarse, como si se hubiese quedado sin fuerzas de golpe.

Esconde la cara detrás de las manos y se le escapa un sollozo lleno de rabia.

Lo abrazo por la cintura y apoyo la cabeza en su hombro. Nos quedamos un rato así.

Ni siquiera puedo imaginar cómo se siente. Sí sé lo que es perder a alguien a quien quieres, pero descubrir que su propio padre mató a su novia… Hay cosas demasiado difíciles de comprender, incluso de creerte que son reales.

Cuando vuelve a hablar, lo hace con voz ahogada.

—Lo único que quiero es matarlo, Maia.

Disimulo la alarma que siento al ver que ha vuelto a enfadarse, que está luchando por contener la ira.

—Vuelve a pasar la noche conmigo —le pido, intentando que no se me note la desesperación. Entonces me doy cuenta de algo importante—. ¿Te preocupa dejar a tu madre sola con tu padre?

Cameron niega con la cabeza.

—Lo peor de todo es que la adora.

—Pues vente, por favor. Mi padre estará en la cabaña, pero lo convenceré.

Recuerdo la idea que he tenido antes, pero no parece el mejor momento para plantearla. Sigo teniendo que darle más vueltas. Así pues, me limito a decir:

—Iremos hablando de lo que podemos hacer, ¿vale?

Es como si el aire se cargara de tensión mientras Cameron se lo piensa, mientras se debate entre aceptar mi propuesta o lanzarse a por su padre y que le den a todo; y yo ya no podría hacer nada.

Cameron asiente y ahora la que se desinfla soy yo, pero del alivio.

—Quedémonos aquí un rato más, por favor —pide.

—Claro.

Nos quedamos un rato así, sin movernos, en silencio. No sé cuánto tiempo pasa, pero en algún momento mi estómago ruge y Cameron dice que él también tiene hambre. Ninguno de los dos hemos comido nada en todo el día y hace rato que ha pasado la hora de comer.