Cuenta atrás para salvarte Capítulo 18
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Capítulo 18

Izíar:

Eduardo, solo quería volver a darte las gracias por concederme algo de tu tiempo hoy. Todo lo que me has contado me será muy útil para mi tesis doctoral

Eduardo:

Me alegra haber ayudado. He pasado un rato muy agradable

Izíar:

Yo también. Siento que te debo una cena por todo lo que me has ayudado

Eduardo:

Te compro esa cena. Dime cuándo te va bien

Izíar

Pasado mañana me va perfecto. No tendré prisa para irme…

Eduardo:

Te recojo a las ocho. Dime dónde

Bruno vive cerca de Cameron, en otra casa de tamaño impresionante con un jardín gigante.

Tras indicarme que aguarde en la entrada, sube de dos en dos los escalones hacia el piso de arriba.

No me hace esperar más de treinta segundos, pero me parecen minutos.

Eternos, interminables minutos. Ni siquiera tengo ánimos para curiosear en qué tipo de casa vive, más allá de percatarme de que es enorme.

Cuando regresa, Bruno se ha puesto una camiseta y lleva el móvil y la llave de un coche en la mano. Abre una puerta que conduce al garaje, donde nos espera un vehículo de tamaño mediano, nuevo y pijo. Es muy Bruno.

Al instante me siento mal por haber pensado esto. Sigo sin salir de mi asombro, pero me está ayudando sin hacer preguntas.

—Gracias —digo cuando nos encerramos en el coche, como si eso pudiese compensar mis pensamientos injustos.

Él ya está arrancando y empieza a hacerlo retroceder mientras la puerta del garaje se abre. Niega rápidamente con la cabeza para quitarle importancia.

Salimos a la calle y, mientras seguimos en el pueblo, conduce poco a poco. Por más nerviosa que me ponga, no se lo puedo recriminar. Siempre hay gente caminando por la calzada, y cuanto más avanza el verano, más visitantes hay.

Agradezco cuando llegamos a la carretera y Bruno pisa el acelerador.

No es imprudente, pero se nota que conoce la ruta y sabe que tenemos prisa.

Aun así, me desespero al pensar que todavía tardaremos casi media hora en llegar.

Cameron nos debe de llevar unos diez minutos de ventaja.

Pueden pasar tantas cosas en ese tiempo…

Siento náuseas solo de pensarlo. Por más que comprenda a Cameron, no quiero que se destroce la vida matando a otra persona.

Encima a su padre. Y da igual si lo intenta pero no lo consigue, el desastre sería el mismo.

Me agobio tanto que acabo intentando llamarlo otra vez, pero sigo bloqueada. Maldita sea.

—¿Me prestas tu teléfono? —pido a Bruno, iluminándome de repente—. Es para llamar a Cameron.

—Veinticuatro. Treinta y tres. Noventa y nueve.

Tardo un par de segundos en comprender que me está dando el código para desbloquear el móvil. Me apresuro a cogerlo y, como todavía tiene memorizado el número de Cameron, lo llamo enseguida.

El teléfono suena una vez. Dos veces. Tres veces.

Sigue sonando hasta que la llamada se corta. No es que me sorprenda, pero aun así maldigo para mí. Decido intentar enviarle un mensaje: «Soy Maia; llámame, por favor».

Espero varios minutos, pero no tengo respuesta. Vuelvo a llamarlo, pero nada.

Los siguientes veinte minutos son los más largos de mi vida. De vez en cuando sigo intentando llamarlo, pero para sorpresa de nadie no contesta. Al fin, entramos en Sabiñánigo. Me pego a la ventana estudiando frenética nuestros alrededores con la esperanza de divisar una moto azul o a Cameron.

—Es allí —dice Bruno cuando recorremos la calle en la que se concentran bancos, tiendas y algún restaurante. Señala hacia un local, una oficina grande y nueva. Un cartel la identifica como «Muñoz S. L. - Inversiones y promoción inmobiliaria».

Cuando pasamos por delante, Bruno reduce la velocidad y los dos miramos hacia dentro. Hay varias personas trabajando, se ve todo tranquilo. No parece que haya pasado nada fuera de la normal. En la calle tampoco. Miro hacia todos los lados, pero no hay rastro de Cameron ni de su moto.

Me dejo caer en el asiento al tiempo que resoplo con fastidio. Joder, y ahora ¿qué? Mientras Bruno aparca el coche un poco más allá del local, vuelvo a llamar a Cameron desde su teléfono. Nada.

Dejo caer el móvil en el salpicadero y me cubro la cara con las manos, desesperada.

¿Y ahora qué demonios hago? ¿Esperar aquí a ver si Cameron aparece?

Me he aferrado a la esperanza de que Eduardo estuviese en la oficina, pero ¿y si Cameron sabía que no está aquí y ha ido a buscarlo a otra parte? ¿Y si ya ha sucedido una desgracia?

—¿Qué quieres hacer? —me pregunta Bruno.

—No lo sé —admito.

El silencio se alarga mientras sigo escondiéndome tras las manos. Sé que, en cualquier momento, Bruno me pedirá explicaciones. Será muy difícil no dárselas.

Por eso me sorprende cuando dice:

—Allí. —Lo descubro mirando por su retrovisor lateral—. Es Cameron, ¿no?

Me giro a toda velocidad para mirar por la luneta trasera.

Una moto azul que reconozco, igual que el casco y a su conductor, está aparcando en la acera, un poco antes de la oficina de Eduardo.

Bajo del coche a toda velocidad y corro hacia él con el corazón a punto de salírseme por la boca.

Lo veo desplegar la pata de la moto, bajar de ella y empezar a quitarse el casco.

Sus gestos son algo más tranquilos que antes, pero todavía bruscos.

No creo que haya cambiado de idea respecto a su padre. Vuelvo a sentir ganas de vomitar.

—¡Cameron!

Su cara de sorpresa al verme es genuina, así como lo poco que le gusta que yo esté aquí.

—¿Cómo has llegado? —pregunta con el ceño fruncido.

—Me ha traído Bruno —explico, jadeando tanto por la carrera como por los nervios.

—Bruno —dice, entrecerrando los ojos.

—Luego te cuento —añado rápido. Voy echando vistazos hacia la oficina y a nuestro alrededor, deseando que su padre no aparezca justo ahora—. Tú has tardado más que nosotros en llegar.

—Ya. —Resopla, una media risa como si le hubiese pasado algo irónico e indeseado—. Me sentía culpable por haberte dejado sentada en el suelo.

Asiento con lentitud, esperando a que siga hablando. Hay algo más.

—He aprovechado para ir hasta el lugar donde encontraron a Izíar Garrido. Durante el recorrido he visto varias cámaras de seguridad de diferentes sitios. Si la policía las comprobó, es imposible que no vieran a mi padre pasar por ahí cuando llevó el cuerpo.

—¿Quieres decir que quizá no fue él?

—No, creo que confirma que alguien de la policía lo ayudó. O eliminando las grabaciones o procurando que no se viesen. Lo que sea.

A mí, de repente, me están entrando dudas.

—¿Y si no fue él? ¿Y si hemos interpretado mal…?

—Fue él —me interrumpe—. Hay demasiadas cosas que cuadran.

Además, ahora entiendo por qué no me ha machacado más por haber cogido el trabajo de repartidor.

En su momento se enfadó y sé que le sigue repateando, pero en circunstancias normales a estas alturas ya habría encontrado la manera de que lo dejara o me despidieran.

Es… joder, no se puede ser más hijo de puta.

—No entres a hablar con él.

Cameron ríe sin humor, como si yo hubiese dicho una tontería.

—Claro que sí.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Le contarás directamente todo lo que sabes? Lo negará. Y encima seguro que te hará dudar. Yo bien que acabo de dudar solo con lo de las cámaras.

—¡¿Y entonces qué coño hago, Maia?! —estalla, acercándose a mí. No me aparto porque no le tengo miedo. Sé que solo está muy muy frustrado. Y enfadado, dolido y confuso. Tiene motivos para estarlo.

—Vamos a pensar juntos lo que podemos hacer —propongo, aparentando una seguridad que no siento. La realidad es que no tengo ni idea de cómo vamos a solucionar esto—. ¿Tienes el otro casco?

Cameron asiente.

—Pues vamos a algún sitio con la moto. Donde tú quieras. Conduce un rato más, sabes que te sentará bien. Te ayudará a pensar con más claridad.

Me mira como si le estuviese pidiendo mucho, demasiado. A la vez, duda.

—¿Todo bien? —nos interrumpe la voz de Bruno.

Me giro hacia él, que está dirigiendo a Cameron una mirada llena de desconfianza.

Después me mira a mí con gesto interrogante.

Yo desvío la mirada hacia Cameron. Veo el conflicto en su interior, la nueva luz con la que está valorando a Bruno.

Cameron se apartó de sus amigos porque, en parte, creía que podrían haber hecho daño a Julieta.

Ahora sabe que no fue así… y todavía no sabe qué hacer con ello.

Tiene demasiados problemas como para afrontarlo.

Además, sigue siendo muy mala idea soltarle aquí y ahora toda la verdad a Bruno.

—Todo bien, y creo que nunca podré agradecerte lo suficiente que me hayas traído hasta aquí —le digo—. Sé que te debemos una explicación, y te la daremos… Solo danos un par de días, por favor. Es… complicado.

Bruno no parece nada convencido. Con todo y con eso, dice:

—Vale.

Sigue mirando a Cameron con recelo. Él le devuelve la mirada. A Bruno le parecerá que lo está desafiando, pero yo sé que en realidad está bloqueado. Es incapaz de decir nada.

—Vamos, por favor —insisto con suavidad.

Cameron aprieta los dientes, todavía no lo tiene claro. Entonces estira la mano y abre el baúl de su moto. Respiro aliviada. Me falta tiempo para coger el casco que hay dentro y me lo pongo. Cameron también se pone el suyo y sube a la moto.

—Gracias, de verdad —le digo a Bruno antes de sentarme detrás de Cameron.

Mientras nos alejamos en dirección a la salida del pueblo, sé que sigue observándonos, nada convencido.