Capítulo 17 #2
Me cuelo por debajo de la puerta antes de que acabe de abrirse y me sitúo delante de la moto para evitar que arranque en cuanto tenga espacio para pasar. Incluso apoyo las manos en el manillar.
Cameron lleva el casco puesto y no puedo verle la cara, pero ahora ya sé que es él.
—Maia, apártate. —Su voz, cargada de tensión, me llega amortiguada a través del casco.
—¡Es tu padre! ¡Sé que es tu padre!
Cameron se levanta la visera del casco de un manotazo. Sus ojos me miran con furia.
—¡¿Ya lo sabías?!
—¡No! Me he encontrado con Bruno y me ha contado que tu padre solía tener esos coches. El negro y el azul.
Las manos enguantadas de Cameron aprietan los puños de la moto con rabia.
—Se los cambió hace dos años. Estaban nuevos y dijo que se había cansado de ellos. ¿Y sabes qué más pasó hace dos años? —Me está gritando, aunque sé que no es contra mí—. ¡Que mi madre se enteró de que el muy cabrón tenía una aventura y estuvieron a punto de divorciarse!
De repente, Cameron se pone en movimiento.
Es como si no pudiese soportar más la ira que se acumula en su interior.
Baja de la moto con gestos bruscos y se arranca el casco.
Con un grito, lo empieza a golpear contra la pared, con tanta fuerza que no tarda en comenzar a romperse.
Cuando se agota, lo tira al suelo con rabia y se gira hacia mí.
—¡Mi propio padre, Maia!
Doy un solo paso hacia él mostrándole las palmas de las manos, como si eso pudiese ayudar a apaciguarlo.
—Tenemos que asegurarnos de que es él.
—¡No necesito asegurarme, ya lo sé!
Yo tampoco tengo dudas de la identidad del asesino de Julieta, pero es lo primero que se me ha ocurrido para intentar evitar que se vaya. Porque imagino que su padre no está en casa, sino trabajando, y que su intención era ir a buscarlo allí.
—¡Entonces tenemos que demostrar que es él!
La mandíbula de Cameron se tensa de tanto que aprieta los dientes. Niega con la cabeza.
—¿Sabes la de contactos que tiene? Nunca conseguiremos demostrar una mierda.
Seguro que incluso algún amiguete de la policía lo ayudó a encubrir los asesinatos —me espeta mientras se dirige a una estantería que hay situada en un lateral con cajas de herramientas, botes de pintura y cosas por el estilo.
También hay otro casco de moto, más viejo, que Cameron coge y se pone.
Se me cae el alma a los pies. No voy a conseguir evitar que se vaya.
—Cameron, por favor. —Avanzo para cortarle el paso—. Encontraremos la manera de demostrarlo. Si hace falta también buscaremos la manera de demostrar que lo ayudó un policía.
Cameron me agarra por los brazos y me mira a los ojos.
—Te mantendrás bien alejada de mí.
—No. —Lo digo furiosa, decidida a no dejarlo pasar. Pero solo tiene que hacer la fuerza justa para apartarme de su camino—. ¡Cameron!
Consigo agarrarlo de un brazo y detenerlo.
—Quédate, por favor. Quiero ayudarte. Hazlo por mí —suplico. Es un intento desesperado, absurdo y un poco patético, pero no sé de qué otra manera conseguir que se quede.
Cameron ni siquiera duda.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
Vuelve a sujetarme por los brazos y me empuja para forzarme a retroceder demasiado rápido, con toda la intención de hacerme trastabillar y que me caiga hacia atrás.
Es increíble cómo noto que, a pesar de todo, tiene cuidado de acompañarme en la caída para que no me haga daño.
Tan solo ha sido una estrategia para dejarme sentada en el suelo, demasiado lejos de la moto.
—¡No!
Para cuando estoy de pie, Cameron ya está sobre la moto, arrancándola. Sin mirar atrás, sale del garaje con un rugido y a toda velocidad. Corro detrás de él hasta la calle, pero solo llego a tiempo de verlo girar por la esquina.
—¡Joder!
Mi grito resuena por la calle. Cameron va a hacer algo terrible y no tengo manera de detenerlo.
Estoy furiosa conmigo misma por mi derrota y con él por no haberme hecho caso.
De repente lo envidio, a mí también me gustaría tener un casco de moto que golpear contra la pared hasta destrozarlo.
Pero ni siquiera puedo coger el que ha dejado tirado en el suelo porque la puerta del garaje ya se ha cerrado sola.
En mi cabeza se acaba repitiendo una única pregunta: «¡¿Y ahora qué demonios hago?!».
¿Qué tengo que hacer, llamar a la policía para avisarlos de que Cameron se dirige al trabajo de su padre para matarlo? Suponiendo que me hagan caso, encima Cameron tendrá problemas graves.
Acabo tirándome de los pelos, literalmente. Quizá el dolor consiga que se me ocurra alguna idea.
Entonces alguien gira por la esquina caminando a paso ligero. Es Bruno. Al verme, parece tranquilizarse, pero se me acerca con prudencia. Yo apenas le hago caso, sigo mirando hacia el final de la calle, como si eso pudiese provocar mágicamente el regreso de Cameron.
—El que ha pasado con la moto era Cameron, ¿no? —me pregunta.
Me limito a asentir. Me siento tan superada que me estoy bloqueando. Lo único que me veo capaz de hacer en estos momentos es llevarme las manos a la cabeza y caminar arriba y abajo. Nada más. De hecho, me pongo a hacerlo sin darme cuenta. Solo tomo conciencia de ello cuando Bruno me habla.
—Oye, sé que hemos tenido nuestros piques, pero no soy un desalmado. Es evidente que tienes un problema y quiero ayudarte.
Esa sinceridad, que no esperaba en él, consigue que me detenga.
También que me desbloquee poco a poco. Primero me hago a la idea de que el que tengo delante es, en efecto, Bruno.
El nombre que hasta ahora, para mí, iba unido a «el gilipollas».
Pero está aquí, y parece genuinamente preocupado y dispuesto a ayudarme.
Por un momento, me siento tentada de decírselo. «Creo que el padre de Cameron asesinó a Julieta y a Izíar Garrido. Cameron también lo cree y acaba de ir a matarlo». Así, con esas palabras. Estaría bien confiárselo todo a otra persona. Sería muy agradable compartir la carga.
También sería un error, porque, si Bruno estaba colgado de Julieta, enterarse de esta manera de que el padre de Cameron podría ser su asesino podría provocar un desastre aún mayor.
Mi conclusión es que necesito su ayuda con desesperación, pero no puedo contarle por qué.
—No puedo darte detalles, pero necesito encontrar al padre de Cameron.
Bruno entrecierra los ojos. Veo la pregunta escrita en ellos. «¿Qué está pasando con el padre de Cameron?».
Por suerte, no la hace.
—Imagino que ahora estará trabajando. Pero tiene la oficina en Sabiñánigo.
—¿En Sabiñánigo? —No logro esconder el pánico en la voz. Eso está a media hora de aquí en coche. No tengo manera de llegar hasta allí.
—Te llevo.
—¿Qué?
A pesar de mi pregunta, lo miro esperanzada. Bruno ya ha empezado a caminar y me hace un gesto con la cabeza.
—Vamos.
Tras un momento de duda, porque no consigo creerme mi buena suerte, me apresuro a seguirlo.