Cuenta atrás para salvarte Capítulo 17
71%

Capítulo 17

Maia

¿¿¿Dónde estás???

…

…

¡¡¡Cameron!!!

Llamada Rechazada

Llamada Rechazada

Llamada Rechazada

Llamada Rechazada

Contacto bloqueado

Cameron me ha bloqueado.

Me quedo mirando el teléfono, intentando comprender qué está pasando. Jadeo como si acabara de terminar una carrera, a pesar de que lo máximo que he hecho ha sido subir las escaleras.

Por si acaso, he comprobado que Cameron no estuviese en la cabaña. Cuando he descubierto que el wifi se dignaba a funcionar, me ha faltado tiempo para escribirle e incluso llamarlo a través del chat…, pero me ha bloqueado. Cameron me ha bloqueado.

La respiración se me corta un momento y después se me acelera todavía más. ¿Por qué lo ha hecho? ¿Por qué se ha ido?

La bilis me sube por la garganta al darme cuenta de que me ha traicionado.

Todo era mentira. El tiempo que hemos pasado juntos, las cosas que me ha dicho…

Lo que cree que le pasó a Julieta. Cameron y Lucas deben de estar compinchados en lo de la plantación y…

No sé, Julieta se enteró y… Pero ¿por qué entonces Cameron me ha seguido la corriente? ¿De verdad fingió esa pelea con Lucas?

Me llevo las manos a la cabeza. Esa sensación de estar perdiendo el juicio regresa. Ya no sé qué pensar, ni en quién confiar, ni a quién puedo pedir ayuda.

El aislamiento y la angustia son como una serpiente que se enrosca alrededor de mi corazón, de mis pulmones, y aprieta con fuerza. Me siento tan tan sola…

Vuelvo a acordarme de Julieta. Así es como se sintió ella. Con solo dieciséis años y sin saber qué hacer. Sin saber si alguien acabaría haciéndole daño. ¿Es eso lo que me va a pasar a mí? ¿Cuando menos me lo espere aparecerán Cameron y Lucas y…? ¿Y yo me he enamorado de Cameron?

Siento náuseas y tengo que correr al baño, aunque no llego a vomitar nada.

Después me acerco a la pila y abro el grifo para lavarme la cara.

Siento la presencia antes de alzar los ojos y mirarme en el espejo.

Ahí está Julieta, a mi lado. Sigo sabiendo que en realidad no está ahí, pero aun así la siento.

Y veo cómo me mira a través del espejo. No está asustada.

Está enfadada. Por lo que le pasó, por lo que me puede pasar a mí, porque siento que he perdido.

Me enfado con Cameron por lo que me ha hecho y por todas las preguntas sin responder. ¿Por qué ha jugado conmigo?

El enfado de Julieta se convierte en el mío. ¿Quién coño se han creído que son? No pienso quedarme aquí sentada esperando a ver qué pasa. Quiero explicaciones. Quiero que se sepa la verdad.

Tengo que encontrar a Cameron.

Salgo del baño y corro escaleras abajo, ignorando la vocecita que, desde el fondo de mi cerebro, intenta advertirme de que esto es peligroso. Dejo atrás la cabaña, que me aseguro de cerrar bien, con el objetivo de ir a buscar a Cameron a su casa.

Solo que, cuando llego al camino, me detengo de golpe porque me doy cuenta de que no tengo ni idea de dónde vive Cameron.

—¡Joder!

Qué idiota soy.

—Maia, ¿estás bien?

Me giro, sobresaltada, para encontrarme con Bruno, todavía sudado y sin camiseta, jadeando con suavidad mientras se quita los auriculares inalámbricos. Supongo que ya venía de regreso de su ruta de correr.

Ni siquiera intento esconder el gesto de fastidio.

—El que faltaba —farfullo.

Se queda un momento inmóvil, en apariencia sorprendido por mi comentario. Resoplo. Ya no me creo nada de nadie.

—¿Tú también estás metido en el chanchullo de la plantación con Lucas? —le espeto—. ¿Cameron está con vosotros? ¿Me estás vigilando?

Bruno retrocede un paso, alarmado.

—¿De qué hablas?

Su confusión y sobresalto parecen sinceros, pero a estas alturas ya no me fío de mi criterio para juzgar a la gente.

—¿Dónde vive Cameron? —le pregunto.

El cambio de tema primero desconcierta a Bruno, pero después se extraña.

—¿Por qué…? —empieza a decir, pero se interrumpe. A su colección de emociones ahora se suma preocupación—. Oye, ¿qué ha pasado? ¿Necesitas que te ayude con algo?

Me parece tan absurdo que el gilipollas de Bruno esté ofreciéndose a ayudarme como si mi bienestar realmente le preocupara que me echo a reír. Vale, pues no quiere contestarme. Paso de él.

Me pongo a andar en dirección al pueblo. Ya encontraré a alguien que me indique dónde vive Cameron. Bolcáriz es diminuto, todo el mundo se conoce. Si hace falta, puedo acercarme a la cafetería a preguntarles a Sonia y a Ramón. Supondrá tener que dar algunas explicaciones, pero ya me inventaré algo.

—¡Espera! —dice Bruno a mis espaldas. Lo oigo correr hasta que se sitúa delante de mí para cortarme el paso—. Maia, por favor. ¿Qué sucede?

Me detengo, no solo porque Bruno es un armario y no lo puedo esquivar, sino porque su expresión me hace dudar. El tío parece realmente preocupado.

—¿Cameron te ha hecho algo?

La pregunta es como si chocara contra una pared imaginaria que me obliga a detenerme, a respirar, a pensar. De entrada, miro a Bruno mientras parpadeo varias veces. Parece que confía tan poco en Cameron que no le extraña que me haya hecho daño. Cuadra con la mala fama de Cameron en el pueblo.

Si Bruno estuviese metido en todo este asunto, ¿qué necesidad tendría de fingir así? ¿Es solo para confundirme?

Es demasiado retorcido.

Dudo. Quizá Bruno no sabe nada.

Estos pensamientos me llevan a otros. Antes también me ha parecido retorcido que Cameron me haya estado siguiendo la corriente y engañando todo este tiempo.

¿Qué perseguía? ¿Descubrir cuánto sé del asunto?

¿Tan solo jugar conmigo? Eso sería pura crueldad, enfermizo.

Y no, no creo que sea eso lo que ha estado pasando.

La cara me arde al darme cuenta de que he dado por sentado que Cameron me había traicionado, pero ni se me ha ocurrido plantearme otra opción. Cuando me he ido de la cabaña, lo he dejado leyendo el diario. ¿Y si ha leído algo que le ha revelado quién es el asesino? Algo que…

«Esto nos va a destrozar la vida».

Las palabras que Julieta escribió en su diario me golpean.

—Oh, Dios mío.

—¿Maia?

Bruno ha dicho mi nombre sin gritar, pero me sobresalto igual. Por un momento he olvidado que estaba ahí. Enseguida pienso que quizá puede ayudarme. Necesito que pueda ayudarme.

—¿Conoces a alguien del pueblo que tenga un coche negro con una línea roja? —pregunto con urgencia—. Un coche de lujo.

Bruno vuelve a sorprenderse por el cambio de tema.

—Por favor, es muy importante —le digo antes de que pueda volver a preguntarme qué me pasa.

—Eh… —Piensa un momento—. He visto a varias personas por aquí con ese coche.

Me desespero. Ya estamos otra vez igual.

Es cierto que «varias personas» no reduce mucho el listado de sospechosos, pero necesito identificar a una persona en concreto en los próximos segundos.

No tengo tiempo de ponerme a investigarlos a todos.

La culpabilidad por haber dudado de Cameron aumenta al sentir que las posibilidades de ayudarlo se me escapan de entre los dedos.

—¿Y un coche azul, también de lujo? —pregunto sin esperanzas.

Bruno alza las cejas y ladea un poco la cabeza, como si mi pregunta hubiese activado un recuerdo de alguna manera significativo.

—En realidad… —Duda un momento—. Hay alguien que tenía dos coches así, el negro y el azul.

—¿En serio?

Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no zarandearlo y gritarle que me diga quién de una vez, joder. Él asiente como si no se diese cuenta de que estoy a punto de explotar de la tensión.

—Los cambió hace algún tiempo, pero siempre tiene varios coches de ese estilo. Es difícil no fijarse en ellos.

—¿Quién es, Bruno? —pregunto sin esconder la impaciencia.

—Eduardo.

—Eduardo, ¿quién? —Hago un gesto todavía más impaciente.

—Eduardo, el padre de Cameron.

Es como si todo a mi alrededor se detuviera. El aire, los sonidos, el tiempo. Mi corazón.

El padre de Cameron.

El padre de Cameron mató a Julieta y a Izíar Garrido. Una periodista y… la novia de su propio hijo.

Cameron habrá leído en el diario lo del coche negro, y, después de lo que nos contó el hombre del hostal sobre Izíar y el coche azul, no le habrá costado atar cabos.

Que alguien hubiese matado a dos mujeres me parecía terrible, pero que además se trate del padre de Cameron…

«Esto nos va a destrozar la vida».

Tengo que reaccionar. No me puedo quedar aquí como una idiota, horrorizándome y nada más.

—Bruno. —Clavo la mirada en él para que comprenda lo importante que es—. Necesito saber dónde vive Cameron. Por favor.

—Cuando llegues al final del camino, no entres en el pueblo. Gira a la derecha por la calle que sube. Es la primera casa de la última calle —replica enseguida—. Maia, ¿qué pa…?

No espero a que acabe de hablar ni me molesto en contestarle.

Echo a correr en dirección al pueblo con el objetivo de llegar a casa de Cameron cuanto antes.

El trayecto es todo cuesta arriba, pero consigo atravesarlo corriendo y sin detenerme ni una sola vez.

Sé que en circunstancias normales sería incapaz de hacerlo, pero me empujan la necesidad, el miedo y la certeza de que Cameron matará a su propio padre.

Al fin entro en la última calle y diviso la primera casa. Es enorme, resguardada tras un muro que la rodea, pero con dos puertas de garaje que dan a la calle.

Me abalanzo hacia la cancela, la empujo y la zarandeo, pero está cerrada. Pulso el timbre varias veces seguidas.

—¡Cameron! ¡Cameron! —Lo grito a pleno pulmón, sin importarme si llamo la atención de los pocos vecinos que hay por aquí.

Pasan los segundos y no tengo respuesta. Vuelvo a llamar al timbre y a Cameron.

Entonces oigo un crujido metálico que no sé identificar. Me giro, buscándolo, siguiéndolo cuando vuelve a repetirse.

¡Una de las puertas de los garajes se está abriendo!

Me sitúo delante para ver de quién se trata. No tardo en ver la parte inferior de una moto y un pie que reconozco. Cameron da gas a la moto, que ruge, impaciente por arrancar a toda velocidad.