Cuenta atrás para salvarte Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Acabamos subiendo a mi habitación entre besos.

A falta de preservativos, tenemos que hacer otras cosas, pero no tengo ninguna queja.

Y Cameron es dulce y susurra mi nombre varias veces como si fuese algo precioso, y nos acabamos durmiendo abrazados y descubro lo mucho que me gusta dormir así con otra persona, los dos completamente desnudos, sintiendo el contacto piel con piel.

En algún momento, me despierta el roce de unos dedos que, con delicadeza, me apartan un mechón de pelo de la cara. Frunzo un instante el ceño por el desconcierto. Por la luz que noto a través de los párpados, ya debe de ser de día.

Entonces recuerdo.

Abro los ojos.

Volvemos a estar como la mañana que despertamos en el hostal. Cara a cara, con las piernas y brazos enredados. Los ojos azules de Cameron me dan los buenos días.

Nos dedicamos una sonrisa, aunque enseguida me entra la timidez al recordar todo lo que hicimos.

Y lo desnudos que seguimos estando. Aprieto los labios para no permitirme a mí misma echarme a reír como una idiota y nos quedamos así un buen rato, tan solo observándonos.

Al cabo de poco, mis sentimientos acaban apareciendo en mi rostro.

Como si hubiesen estado escritos pero escondidos y ahora fuesen revelados a la luz del día. Dejo que suceda.

Lo interesante es que al rostro de Cameron le acaba pasando algo parecido.

No necesitamos decirlo en voz alta. Los dos sentimos lo mismo.

Mi corazón hace algo muy extraño, es como si intentase dar un vuelco y latir emocionado a la vez.

Pero el momento se ensombrece por esa duda que todavía no he resuelto… Y como soy así, que, si necesito una respuesta, la busco, ni siquiera me doy tiempo a comerme la cabeza sobre si es buena idea o no preguntar.

—Necesito preguntarte algo más —digo. Mi tono evidencia que va a ser una pregunta con espinas.

Cameron me da un apretón suave en la mano que sujeta entre las suyas.

—Pregunta.

Pienso en la mejor manera de formularlo.

—¿Cuánto te recuerdo a Julieta?

Cameron suspira, pero no se molesta. En realidad, parece que comprenda la pregunta.

—Muy poco. Ya te lo dije, os dais un aire, pero no os parecéis.

—Piensa un momento—. Julieta lo vivía todo con mucha intensidad y eso la hacía especial.

A veces también difícil. Pero quién es fácil, ¿no?

—Durante unos segundos, parece que se suma en algunos recuerdos mientras me acaricia los dedos con aire ausente—.

Tú lo llevas todo más por dentro, pero eres serena.

Hasta que no te conocí, no me di cuenta de lo mucho que necesitaba algo de serenidad en mi vida.

Y sentido del humor. Me gusta tu sentido del humor.

—Sonríe. Después añade con un brillo travieso en la mirada—: Pero también te guardas muchas cosas, esa es tu parte difícil.

—Mira quién fue a hablar, el que es un libro abierto.

Cameron no sigue mi broma, se mantiene serio.

—No esperaba volver a encontrarme con alguien especial, Maia.

Y fíjate tú qué cosa tan bonita me ha dicho de buena mañana. Me acerco a él para darle un beso. Nos sonreímos con complicidad y volvemos a quedarnos en silencio, tan solo disfrutando del momento. Hoy ninguno de los dos tiene que ir a trabajar, así que no tenemos prisa. Sin embargo…

—No puedes posponerlo más —me obligo a decir.

—Lo sé.

No mucho después, bajamos al salón, donde el diario de Julieta sigue esperando sobre la mesa, paciente. Cameron ocupa la misma silla que ayer y vuelve a estudiarlo con esa mezcla de deseo y miedo. Entonces me mira.

—Eh… No te lo tomes mal, pero necesito estar solo.

—Claro. Lo entiendo.

Es cierto. Cada uno vive estas cosas a su manera. Algunos necesitan a alguien a su lado; otros, soledad.

—Iré arriba —dice.

Cuando va a levantarse, hago un gesto para que se detenga.

—Quédate aquí. Voy a comprar el desayuno, eso te dará tiempo.

—¿No te importa?

—Para nada.

Me coge de la camiseta y tira de mí hasta que puede darme un beso, una mano en la cintura, la otra acunándome el rostro. Sin prisas e… intenso.

A pesar de la gravedad de la situación, salgo de la cabaña sintiéndome extrañamente ligera. Los labios todavía me cosquillean.

Acercarme al pueblo y recorrer las calles en dirección a la plaza Mayor supone abandonar la burbuja en la que Cameron y yo hemos pasado la noche. Hace calor y regresa la angustia por no saber cómo solucionaremos lo de Julieta e Izíar. ¿De verdad ayudará que Cameron lea el diario?

—Nos echabas de menos, ¿eh? —me pregunta Sonia cuando me ve entrar en la cafetería.

—¿De qué te sorprendes? ¡Somos irresistibles! —grita Ramón desde la cocina.

Aseguro a Ramón que está en lo cierto y pido cuatro cruasanes para llevar. No son muy grandes y yo con uno y medio tendré suficiente, pero no sé cuánto come Cameron.

—¿Son para ti y tu padre? —pregunta Sonia mientras los introduce en una bolsa de papel.

Aprieto los labios y asiento, entre muerta de vergüenza y preocupada. No han vuelto a mencionar a Cameron, pero después de lo que me dijeron al principio… Mejor que no se enteren de que hemos pasado la noche juntos.

—A ver si lo traes un día por aquí —me dice Sonia.

—¿A quién? —pregunto un poco alarmada, pensando que se refiere a Cameron.

—A tu padre, mujer. Nos encantaría conocerlo, pero trabaja mucho.

—Mira quién fue a hablar —me río. Ella y Ramón trabajan de sol a sol.

—¡Pero nos encanta, moza! —grita Ramón.

—¿Y tú por qué siempre estás cotilleando las conversaciones ajenas? —le grita Sonia.

Les dejo picándose con su cariño habitual y salgo a la calle. Me detengo un momento para ponerme las gafas de sol y de reojo veo que se acerca alguien. Es Bruno en otra de sus sesiones de running . Al menos esta vez no se detiene, sino que se limita a hacerme un gesto con la cabeza.

Empiezo a caminar mientras lo veo alejarse. No tardo en darme cuenta de que vamos a seguir el mismo camino, debe de dirigirse al camino de la cabaña, igual que la otra vez que nos encontramos.

Mientras observo su espalda, que se hace cada vez más pequeña, me pregunto si estará compinchado con Lucas en eso de la plantación. No me extrañaría… Eso me lleva a cuestionarme algo que me alarma. ¿Estará haciendo esta ruta con la excusa de vigilarme?

La idea me empuja a apretar el paso para asegurarme de que no lo pierdo de vista.

Acabo medio corriendo con todo el disimulo posible, pero, al menos al llegar a la cabaña, todavía lo puedo ver, alejándose por el camino.

No se ha girado para mirarme ni una sola vez.

Entro en la cabaña pensando que puede ser una forma de disimular…

El salón está vacío.

En circunstancias normales, mi primer pensamiento sería que Cameron está en el baño o que ha ido un momento a la cocina.

Pero la silla que antes ocupaba está en el suelo, como si se hubiese levantado de forma brusca.

El diario no está sobre la mesa.

Cameron se ha ido.