Cuenta atrás para salvarte Capítulo 16
67%

Capítulo 16

he visto un coche negro con una línea roja.

Era él. Era él. Era él.

Ya sé quién es.

Cam

No

No sé qué hacer. ¿Qué voy a hacer? Nos va a destrozar la vida a—

Me ha visto mirarlo. Creo que sabe que lo he reconocido.

Releo las frases varias veces mientras un lento escalofrío me recorre la espalda.

Julieta llegó a identificar al asesino de Izíar.

Era alguien a quien conocía. Alguien tan cercano que consideraba que destrozaría su vida y la de alguien más.

Fuerzo los ojos hasta que me duelen por intentar descifrar las palabras borrosas, pero no lo consigo.

El resto de la entrada también es imposible de leer.

Tras ese día todavía llegó a escribir dos veces más, tan solo unas pocas líneas cada vez. Después, nada.

Compruebo que no me hayan pasado desapercibidas más páginas pegadas entre ellas y cierro el diario con una respiración temblorosa.

Lo que acabo de leer refuerza dos posibilidades.

En primer lugar, la teoría de Alba. Quizá Julieta confirmó que el asesino la había descubierto y escapó por miedo a que intentara hacerle daño.

Ojalá fuese eso lo que pasó. Lo deseo con todas mis fuerzas.

Por desgracia, en el fondo sé que no es así. Sigo creyendo que lo que pasó es la segunda posibilidad que esta entrada confirma: el asesino se vio descubierto por Julieta y la mató.

Esto va a ser muy difícil para Cameron. Da igual que siempre haya estado convencido de que alguien hizo daño a Julieta, leer su diario y ver, página a página, que no pudo ayudarla… será demoledor.

Mientras bajo las escaleras hacia el salón con el diario en la mano, decido no avanzarle nada de lo que acabo de leer. Lo único que puedo hacer ahora es estar a su lado.

Cameron sigue sentado en el mismo sitio, los brazos apoyados sobre la mesa.

Parece que esté esperando pacientemente, pero está un poco pálido.

En cuanto divisa el diario entre mis manos, le clava la mirada y lo sigue hasta que lo deposito con cuidado ante él.

Lo observa en silencio, su nuez se mueve cuando traga saliva.

Parece que lo anhela tanto como lo teme.

Sé que solo es una imaginación mía, pero por un momento me parece ver a Julieta sentada a su lado, apoyándolo en este momento difícil. O, si de verdad es un fantasma, quizá lo que está haciendo es gritándonos desesperada para que le hagamos justicia. Tiene motivos para estar enfadada.

Cameron al fin se atreve a mover la mano y, con dedos temblorosos, acaricia la cubierta, rugosa tras haberse mojado y secado.

—¿Dónde lo encontraste?

A medida que le doy los detalles, va frunciendo el ceño.

—Si lo escondió así… Sí que tenía que estar asustada —comenta.

Tras unos segundos, toma aire y abre el diario. Hace un gesto impresionado.

—Es su letra. —Carraspea—. Creo que en el fondo pensaba que sería un error. O una broma. No sé.

Me limito a asentir mientras me siento delante de él. Lo entiendo. Hay cosas que son demasiado difíciles de creer.

Veo cómo sus ojos se deslizan por las frases de la primera entrada.

Entonces su expresión se transforma en una de absoluta desolación y le tiembla la barbilla. Cierra el diario de golpe.

—Necesito un rato más. No me esperaba esto y… —Apoya los codos sobre la mesa y esconde el rostro tras las manos.

—No hay ninguna prisa. Hoy mi padre no dormirá aquí, así que… —No termino la frase y encojo los hombros, creo que con eso ya queda claro que de verdad no necesitamos apresurarnos.

Cameron aparta las manos y asiente sin demasiado ánimo. Nos quedamos en silencio mientras valoro de qué manera puedo ayudarlo. La situación es tan jodida que solo se me ocurre una idea.

—Es temprano, pero podríamos cenar. El otro día compré bases para hacer pizzas.

Tarda un momento en contestar.

—Suena bien —dice al fin.

—¿De qué te apetece? —pregunto mientras me pongo en pie—. Tenemos beicon, jamón york, atún, cebolla… También hay pollo en el congelador.

—Atún y beicon —responde—. Pero te ayudo a prepararlas, me irá bien distraerme.

En la cocina, trabajamos en silencio. Mientras yo pongo el horno en marcha, preparo la bandeja y cubro las bases de pizza con tomate frito, Cameron saca el resto de la comida de la nevera.

—¿Quieres? —me pregunta.

Cuando lo miro, lo descubro sujetando un paquete de jamón york. A pesar de que sigue afectado, no se me pasa por alto el brillo travieso en su mirada. Su pregunta no tiene nada de inocente. Hace un momento ya he dicho que también me apetecía una pizza de atún y beicon.

Lucho por contener la risa.

—No quiero, gracias. Es que… —Lo que no me esfuerzo por contener es el estremecimiento que me recorre al pensar en comer jamón york—. Lo odio. Y el pavo también. Ese olor, la textura, el sabor…

Me estremezco de nuevo.

Al ver la expresión encantada de Cameron solo por haber descubierto al fin esta tontería sobre mí, el corazón me da un vuelco. Quiero que se entere de otras tonterías sobre mí, y yo quiero enterarme de la suyas…

No es el momento. Me obligo a aplastar y apartar esos sentimientos que he descubierto cuando, en la roca, me ha mirado de esa manera. Como si lo hubiese perdido, a pesar de que nunca ha sido mío.

Esta situación es una mierda.

Unos minutos después, metemos las pizzas en el horno.

—¿Te apetece ver alguna de las pelis que me dejaste? Solo me falta la última de Crepúsculo , y debo decir que tengo muchas ganas.

Cameron se estremece.

— Crepúsculo para mí es como el jamón york para ti.

Los dos nos reímos, aunque de forma algo tímida, como si no nos sintiéramos con derecho a hacerlo abiertamente.

—¿Y un juego de mesa? Aquí hay algunos. Con suerte estarán mejor que el Monopoly del hostal.

Esta idea ya no parece disgustarle tanto.

—¿Qué hay?

Me siento en el sofá, al lado del mueble.

Lo abro y empiezo a sacar cajas. Un Risk , un cuatro en raya, un Trivial de hace mil años, dos que no conozco de nada…

Me detengo al encontrarme con el Cluedo .

Me quedo con la caja en las rodillas, estudiándolo mientras me inunda una riada de recuerdos y emociones.

Las muchas veces que jugué con mamá, lo que me entregaba al juego, lo que me reía con ella y cómo me enfadaba cuando me ganaba varias veces seguidas…

Por un momento vuelvo a sentir ese dolor inmenso, paralizante. No volveré a tener momentos así con ella. Nunca más.

Entonces, algo nuevo sucede. Ese dolor… Sigue ahí, pero se transforma poco a poco en otra cosa.

En melancolía. Triste, sí, pero me descubro sonriendo al darme cuenta de lo preciosos que fueron todos esos ratos.

O al recordar que mamá era muy competitiva y bastante incapaz de dejarme ganar solo por tenerme contenta.

En ese sentido, papá siempre ha sido el blando.

La echo tanto de menos… Pero sé que siempre tendré esos momentos conmigo.

Puede que solo esté llevando a cabo un acto de resignación, que siempre he visto como algo negativo, pero no sé de qué otra manera hacerlo. Prefiero convivir con recuerdos que duelen, sí, pero me hacen compañía, que sufrir hasta el bloqueo por lo que he perdido.

—¿Estás bien? —me pregunta Cameron.

Asiento y sorbo por la nariz. No estoy llorando, pero sé que el sonido ha sido sospechoso. Carraspeo y le muestro el Cluedo .

—Siempre ha sido mi juego preferido. Hubo un curso en que mi madre y yo jugábamos casi cada día. Antes de cenar, mientras esperábamos a que mi padre llegara a casa de trabajar.

Cameron no dice nada. Espera, paciente, mientras sigo concentrada en la caja del juego. Tomo aire.

—¿Quieres jugar? —le propongo.

Cuando lo miro, lo descubro estudiándome con atención.

—Me encantaría —dice con cierta solemnidad. Se ha dado cuenta de que este es un momento importante para mí.

Nos instalamos en la mesa de centro y preparamos el juego para solo dos jugadores.

Comer pizza allí mientras jugamos no es lo más cómodo del mundo, pero nos apañamos.

Ni siquiera hemos comentado la opción de ponernos en la mesa.

El diario de Julieta sigue ahí encima. Es imposible no sentir que apartarlo para jugar y cenar sería una falta de respeto.

Jugamos tres partidas, y en ningún momento se me escapa que estamos jugando a un juego en el que debemos resolver un crimen. Menudo paralelismo con nuestras vidas en estos momentos. No sé si es irónico o macabro.

—¿Cómo lo haces? —pregunta Cameron, dejándose caer contra el respaldo del sofá cuando gano la tercera partida—. Es imposible hacerlo tan rápido.

—Tengo mucha práctica —digo sin esconder lo contenta que estoy de haber vuelto a ganar.

Me dejo caer también contra el respaldo.

Al girar la cabeza para mirarlo, descubro que estamos mucho más cerca de lo que pensaba.

Parece que tenemos tendencia a que nos pase esto.

Nos quedamos así tan solo unos segundos, que son suficientes para que regrese todo aquello que me estaba esforzando tanto por reprimir.

La atracción, la necesidad de besarlo, de tocarlo, los recuerdos de los besos que ya nos hemos dado…

Nos acercamos a la vez para besarnos. Tras un primer momento en el que nuestros labios se tocan casi con dulzura, perdemos la timidez y es como si liberásemos el deseo que teníamos contenido.

Nos enrollamos casi con desesperación y a los pocos segundos estoy sentada a horcajadas en su regazo y me está acariciando la piel por debajo de la camiseta.

Soy consciente de que esto no es buena idea porque aquí no hay solo atracción o la necesidad de olvidar un rato.

Por mi parte también hay sentimientos, muchos sentimientos.

No tengo ni idea de adónde conducirá esto y podría acabar con el corazón roto, pero, cuando te están besando como si te necesitaran para vivir y te acarician hasta hacerte enloquecer… , qué más da el sentido común.