Cuenta atrás para salvarte Capítulo 15
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Capítulo 15

Querida hija mía,

Espero que hayas descansado. Anoche se me olvidó avisarte de que hoy tenía que irme muy temprano y seguramente llegaré bastante tarde. No me esperes a cenar, por favor. Estaré unos días así.

Tampoco veas ese programa del corazón, por favor, te licuará el cerebro y se te saldrá por las orejas.

Papá

Señor padre,

Tienes un revuelto de huevo, patata y cebolla en la nevera. Intenté preparar mi primera tortilla de patatas, pero me temo que la giré demasiado pronto y fue un desastre.

Ya decía yo que últimamente me salía algo raro por las orejas…

Maia la Licuada

Maia,

Me encanta que hayas intentado

preparar tu primera tortilla de

patatas. Otro día la hacemos juntos.

El revuelto estaba delicioso.

Pasado mañana tendré que pasar

la noche fuera…

Te quiero,

Papá

Releo la última nota de papá varias veces. Lo conozco lo suficiente como para saber que se ha contenido para no llenarla de signos de admiración que delaten lo mucho que le emociona que me haya animado a intentar cocinar un plato un poco elaborado.

Lo curioso es que, por primera vez en mucho tiempo, en vez de sentirme mal porque se esté llevando la impresión equivocada, se me escapa una sonrisa. Después me muerdo la uña del dedo pulgar, pensativa. Sin saberlo, papá me ha dado el momento ideal para hablarle a Cameron del diario de Julieta.

Un poco más tarde, cuando estoy a punto de llegar al trabajo y veo que tengo cobertura, primero le envío un mensaje a papá para decirle que no se preocupe por lo de quedarse a dormir fuera una noche, que estaré bien. Después escribo a Cameron:

«Necesito hablar contigo. ¿Pasado mañana a las 18 en la roca?».

Me parece mejor que tengamos esa primera conversación fuera de la cabaña. El otro día vi que entrar suponía un esfuerzo para él y es mejor que no esté incómodo desde el principio. No va a ser una conversación fácil.

Cuando lo envío, tengo el corazón desbocado. No espero a ver si me contesta enseguida, pero el resto de la mañana no puedo evitar estar pendiente del teléfono. Mi mensaje es muy críptico y hará suposiciones sobre el tema de conversación, pero sean cuáles sean estarán equivocadas.

A media mañana descubro que tengo un nuevo mensaje suyo: «Claro. Nos vemos allí».

Respiro aliviada porque no me pida más explicaciones. Guardo el teléfono y el resto del día y el siguiente procuro centrarme en trabajar, en ver alguna película por las tardes y en no dar vueltas a lo que pasará con Cameron.

El día señalado por la mañana me levanto temprano para despedir a papá con un abrazo y por la tarde estoy en la roca quince minutos antes de las seis.

Al principio camino por el pequeño claro arriba y abajo, pero es diminuto y acabaré por marearme.

Me siento sobre la roca y contemplo el pantano, con la esperanza de que las aguas mansas me ayuden a tranquilizarme.

Sin embargo, su eterna oscuridad me recuerda una vez más que Julieta podría estar ahí debajo y solo consigo que el estómago se me retuerza de forma desagradable.

Cuando por fin lo oigo acercarse, me pongo en pie de un salto. Me quedo ahí, como si fuese una recepción de bienvenida oficial, con la diferencia de que yo me balanceo inquieta sobre los pies, pasando el peso de la punta a los talones sin cesar.

Al menos ahora ya estoy acostumbrada al vuelco que me da el corazón cada vez que lo veo y me maravillo de lo hermoso que es, aunque en esta ocasión hay que sumarle la casi histeria por lo que estoy a punto de contarle.

¿Cómo de mal se lo tomará? Porque estoy segura de que, de entrada, no le va a gustar descubrir que he estado guardando este secreto.

El estómago se me retuerce un poco más cuando su sonrisa me dice que se alegra de verme.

—¿Cómo estás?

—Mucho mejor. Gracias por el otro día. Y por las películas.

Me observa, creo que valora si estoy siendo del todo sincera.

Teniendo en cuenta que la última vez que nos vimos lloré lo nunca visto, supongo que es normal que tenga dudas.

Pero no le he mentido. Es cierto que me encuentro mucho mejor.

Me cuesta un poco explicarlo, pero es como si me sintiese un poco más ligera.

No es que estuviese cargando con ningún peso sobre los hombros, pero sí que había algo que de alguna manera me hundía.

El haberlo sacado me permite ver las cosas de otra manera.

Supongo que con más optimismo. Excepto por la conversación que debemos tener ahora, que no tengo ni idea de cómo va a ir.

Tampoco tengo muy claro cómo empezarla, a pesar de que llevo varios días intentando planificarla.

Me noto las manos sudorosas y sé que no es por el calor. Me las froto en el pantalón.

—¿De qué querías hablar? —pregunta Cameron al ver que no digo nada.

Asiento y le hago un gesto con la mano para que se acomode en la roca, cosa que hace sin discutir. Se le ve cómodo mientras espera, curioso. Yo me quedo de pie ante él.

—Necesito preguntarte algo. Es delicado.

—Vale… —La curiosidad se transforma en prudencia.

Lo suelto sin darme tiempo para repensármelo:

—¿Qué crees que le pasó a Julieta?

Tras un pequeño gesto de sorpresa de Cameron, descubro lo que significa que la expresión de alguien se cierre. Eso es lo que hace su rostro, que de repente se vuelve una máscara neutra que procura no transmitir ninguna emoción. Ni enfado, ni pena, ni sorpresa. Nada.

—¿Por qué me preguntas eso?

Me rasco la sien aunque no me pica y miro un momento al suelo.

—Te prometo que te lo explicaré, pero… eh, es importante.

No le digo más, pero necesito saber qué opina él para encontrar la mejor manera de hablarle del diario.

Cameron deja pasar unos segundos. Me esfuerzo para no retorcerme bajo el peso de su mirada.

—Se supone que se suicidó —dice al fin.

Alzo las cejas al oír cómo lo expresa. Ese «se supone» no podía ser más significativo.

—Pero tú no lo crees —afirmo.

Cameron vuelve a tomarse un momento para contestar. Cuando lo hace, habla con lentitud.

—No, no lo creo.

—¿Qué crees que le pasó?

Cameron suspira. Por un momento, pienso que se va a plantar, que me va a exigir saber a qué viene este interrogatorio. Sin embargo, es al contrario. Era un gesto de resignación, como si desistiera de contar lo mínimo posible.

—No lo sé. Las semanas de antes estaba rara, pero decía que estaba bien.

Se sumerge un momento en sus pensamientos, como si estuviese recordando esos días.

—¿Pudo haberse escapado? Quizá quería irse a vivir sola a otro sitio o…

Me callo cuando Cameron niega con la cabeza.

—Está muerta.

La seguridad implacable con la que lo dice me provoca un escalofrío.

—Pero no la encontraron, quizá… —empiezo a insistir. No puedo negar que, en el fondo, tengo la esperanza de que eso sea lo que sucedió. Pero él me interrumpe.

—Tenía dieciséis años, Maia. ¿Dónde iba a irse sola?

Es cierto que ella aquí no era feliz, pero…

—Se limpia una mancha imaginaria del pantalón y baja la mirada en un gesto de timidez inusual en él.

Cuando sigue hablando, su voz se rompe un poco—.

Estábamos enamorados. No me habría abandonado sin decirme nada.

Y tampoco creo que se suicidara. Mis padres se han hartado de decirme que los suicidios muchas veces no se ven venir, pero en su caso no me lo creo. Habíamos hecho muchos planes y…

Calla y se encoge de hombros. Me quedo en silencio, esperando. Sé que no necesito volver a preguntarle para que siga hablando.

—Alguien del pueblo le hizo daño —dice al fin, tan serio, tan convencido, que siento otro escalofrío.

—¿Cómo lo sabes?

Cameron resopla y se pasa la mano por la frente y el cabello.

—¿A qué vienen todas estas preguntas, Maia?

Simplemente lo sé, ¿vale? Tuvo que ser alguien de aquí, pero podría haber sido cualquiera, así que los odio a todos.

¿Y sabes por qué no pienso irme nunca del pueblo?

Porque algún día espero saberlo, y entonces…

—Aprieta los labios en un intento de contener la furia, pero me queda muy claro de qué se ve capaz de hacer si algún día descubre quién le hizo daño a Julieta.

Sin embargo, de repente su expresión se rompe y lo único que veo es vulnerabilidad—.

Y tampoco me voy porque todavía espero verla aparecer algún día.

Sus palabras me rompen el corazón. Solo puedo imaginar lo que debe de ser vivir así. Asiento mientras tomo aire y lo suelto lentamente, dándome unos segundos antes de hablar. Ya no puedo posponerlo más.

—Yo también creo que alguien hizo daño a Julieta.

Mis palabras, desde luego, consiguen captar su atención. Su mirada se afila.

—¿Por qué? —pregunta, aunque su tono desprende otra cuestión: ¿y tú qué sabes?

Vuelvo a coger aire, consciente de que cada frase que voy a pronunciar a partir de ahora será un paso imposible de desandar. Ya no hay vuelta atrás.

—Porque vio el asesinato de Izíar Garrido.

Cameron entrecierra los ojos y abre un poco la boca, sorprendido.

—¿Qué te hace pensar eso? —pregunta al fin, prudente.

—Hace unas semanas, hubo un problema en la cabaña en el baño de mi habitación.

El caso es que… encontré algo escondido.

Un cuaderno, un diario. —Mientras hablo, no puedo evitar que se me noten los nervios al revelar por primera vez lo que llevo tantas semanas guardándome.

Y, además, a Cameron—. Al principio no sabía de quién era, pero no tardé en deducirlo. Era de Julieta.

El asombro transforma la cara de Cameron.

—¿Julieta tenía un diario? —Asiento—. ¿Y estaba escondido en la cabaña?

Cuando vuelvo a asentir, Cameron se pone en pie, supongo que por la sorpresa. Es como si estuviese a punto de echar a correr en busca del diario.

—Julieta vio algo. Tenía dudas, pero vio a un hombre matando a una mujer. Ella, y yo también lo pienso, creía que se trataba de Izíar Garrido.

Cameron no dice nada. Me da que todavía está intentando comprender lo que acabo de contarle y lo que significa. No solo está asombrado, sino que empieza a estar horrorizado.