Capítulo 14 #2
Me estremezco ante esa alusión tan directa a Julieta.
Sé que debería aprovechar el momento para preguntarle por ella, además de preguntarle si cree a Lucas o si opina como yo que los de la plantación sí que tuvieron algo que ver con lo de Izíar, pero soy incapaz.
No sé cómo aliviar la desagradable presión que me está creciendo en el pecho.
Ni cómo desenredar la maraña de pensamientos que se me acumulan en la cabeza.
Lo que sé, lo que no sé, las dudas… Tantas dudas...
Nunca habría dicho que Lucas sería capaz de amenazarme como lo ha hecho.
En todo caso, lo habría esperado de Bruno.
Ya no sé qué pensar de nadie de este pueblo.
Tampoco habría dicho que Cameron pudiera ponerse tan violento.
Ya no sé nada.
La presión en el pecho aumenta. Empiezan a escocerme los ojos. Tengo miedo. Me siento superada. También frustrada porque no tengo ni idea de qué hacer. Y sola, me siento muy sola. Desamparada.
Quiero que papá me abrace. Pero más que eso…
Respiro hondo para calmarme, esforzándome por desviar mis pensamientos.
Llevo un año embutiendo un montón de emociones en un rincón de mi cabeza para que no me molesten, para que no me hagan sentir.
Pero lo que acaba de suceder ha abierto una grieta en el muro que las contiene y están escapándose en un goteo, amenazando con explotar.
Todo lo que está pasando hace que necesite… Quiero un abrazo de mamá. Quiero que me rodee con sus brazos y no me suelte, que me diga que todo irá bien, que puede ayudarme. La quiero aquí. Pero no está y…
Me falta el aire y se me escapa una respiración ahogada.
—¿Maia? —dice Cameron, preocupado.
—Estoy bien —me apresuro a decir—. Es solo que…
Vuelvo a respirar ruidosamente, la garganta se me cierra. No logro controlar las lágrimas, que se me escapan y me ruedan por las mejillas. Intento secármelas, pero es inútil porque siguen brotando una detrás de otra, imparables.
—Echo tanto de menos a mi madre… —confieso.
Escondo la cara detrás de las manos, intentando contenerme, pero entonces surge de mí, de lo más profundo, un sollozo que me rompe.
A ese sollozo lo siguen otros y pierdo el poco control que me quedaba.
Lloro como llevaba un año sin llorar. Lloro con gemidos desproporcionados y un llanto desconsolado, desgarrador.
Y también empiezan a salir las palabras que llevo tanto tiempo guardándome:
—Quiero que esté aquí. Que me ayude, que me diga que soy una idiota por haberme metido en este lío, y quiero que papá esté bien y…
—Al fin saco lo que llevo un año sin poder decir en voz alta—: No quiero aceptar que tengo que seguir con mi vida sin ella.
Sé que es lo que todo el mundo espera que haga, pero no quiero. ¡Quiero que vuelva!
Sigo llorando un mar de lágrimas, sacando toda mi pena y mi frustración. De repente, los brazos de Cameron me rodean y me atraen hacia él. No me resisto. Dejo que me acune y nos quedamos así, abrazados en el suelo del porche, Cameron en silencio mientras yo dejo salir el llanto de todo un año.
No sé cuánto rato pasa. Bastante. Cuando lo único que sale de mí son suaves sollozos, Cameron se aparta un poco para observarme con el ceño fruncido. No me mira con lástima, cosa que agradezco; muchas personas sí han llegado a hacerlo y no lo soporto. En él solo veo comprensión.
Me sujeta el rostro con delicadeza y me seca las lágrimas con los pulgares.
—Déjame que busque las llaves y entramos. Si te apetece darte una ducha, mientras tanto te preparo algo para comer.
—No tengo hambre.
—Pero te sentará bien comer —insiste.
No le cuesta encontrar las llaves. En realidad, no estaban tan escondidas.
Me ayuda a ponerme de pie, abre la puerta y me hace un gesto para que entre yo primero.
No me pasa desapercibido que duda un momento en el umbral antes de entrar, como si se estuviese mentalizando para enfrentarse a unos cuantos recuerdos.
No le pregunto por ello. He explotado y estoy agotada, con la cabeza un poco embotada. Siento como si me moviera con lentitud y los sonidos me llegaran un poco apagados, lejanos. Mis pensamientos también van más lentos.
Siguiendo la propuesta de Cameron, subo a ducharme. Mientras tanto, él prepara unos macarrones deliciosos que nos comemos en silencio. Yo soy incapaz de hablar, y Cameron… él también parece afectado por todo lo sucedido.
Cuando terminamos, nos quedamos sentados, mirándonos. Es como si nos estuviésemos preguntando: ¿y ahora qué?
Pues no tengo ni idea.
Siento un pinchacito en el corazón, conmovida, cuando Cameron se ofrece a hacerme compañía hasta que llegue papá, pero, como estoy mucho mejor y su madre le ha pedido que la acompañe al supermercado, le digo que no hace falta.
Voy con él hasta la puerta, donde se detiene un momento. Estamos de pie uno delante del otro, sin saber qué hacer. Creo que queremos darnos un beso, pero ninguno de los dos lo ve claro.
Al final, da un paso atrás. Tras despedirnos con la promesa de ir hablando, se va. Me quedaría observándolo desde la puerta, pero me obligo a encerrarme en la cabaña.
Después de recoger la mesa y la cocina, me siento en el sofá y enciendo la tele. Necesito distraerme un poco. Solo ponen programas del corazón, pero no importa porque no me entero de nada. Sigo abotargada, un poco insensible.
Por eso me sorprende cuando, un rato después, papá entra en la cabaña y al instante me echo a llorar. No como antes, pero lo suficiente como para que se alarme y corra a sentarse a mi lado.
—Eh, ¿qué pasa? ¿Ha sucedido algo?
—Quiero que mamá vuelva —digo con voz temblorosa.
Tras un momento, papá suspira y me abraza.
—Lo sé. Yo también.
Se le rompe la voz al decirlo y nos quedamos así un buen rato, abrazados, los dos llorando.
—Siento haber estado… —empiezo a decir en cierto momento. Siento que le debo tantas disculpas.
—No tienes que disculparte por nada, Maia.
—Pero es que sigo sin saber si podré empezar la universidad, ni…
Papá vuelve a interrumpirme.
—Ya lo irás viendo. Paso a paso, ¿vale?
Asiento, deseando que sus palabras me tranquilicen, pero no es así porque, si intento pensar en el futuro, en lo que pasará en septiembre y más allá, sigo viendo una pared negra.
—Maia, necesito preguntarte algo —dice entonces con una gravedad inusual.
—Dime…
—¿Por qué estás viendo esta mierda de programa?
Se me escapa una carcajada y, al mirarlo, descubro que todavía tiene lágrimas en las mejillas. Se las seco con la mano. Un poco más entera que antes, consigo decir:
—No hay derecho, papá. No es justo.
No necesita más explicaciones. Sabe que me refiero a mamá.
—No, no lo es. —Me da un apretón en la mano—. Pero saldremos adelante, ¿vale?
—Vale. —Asiento sin mucha convicción.
—Sobre todo si no vemos esta mierda de programa. En serio, Maia, ¿qué estás viendo?
Papá odia los programas del corazón con toda su alma.
Vuelvo a reírme a pesar de todo, y pasamos unos minutos envueltos en una extraña mezcla de risas y lágrimas.
Los siguientes días son raros.
Sigo con la sensación de tener la cabeza embotada. Es como si fuese por ahí un poco atontada.
Voy a trabajar a la cafetería y hablo, sonrío, limpio mesas y llevo pedidos, pero es como si mi cuerpo estuviese en un lado y mi mente en otro, observándome moverme desde la distancia.
De vez en cuando, Cameron me escribe mensajes. Me pregunta cómo estoy. Mi respuesta siempre es parecida: «Bien, pero cansada. Necesito estar unos días en casa».
«Te entiendo», contesta, y sé que lo dice con absoluta sinceridad. No insiste y al día siguiente vuelve a preguntarme cómo estoy.
Un mediodía, al llegar a la cabaña, me encuentro apoyados en la puerta varios DVD: todas las películas de Crepúsculo y las que me faltan por ver de Los juegos del hambre .
Me río, le envío una foto a Cameron con un simple «gracias» y mis tardes se vuelven bastante más entretenidas.
Obviamente, ni se me ocurre pasarme por la playa de la Calavera o el parque de los columpios para no arriesgarme a encontrarme con Lucas y los demás.
Todos esos días transcurren así, pero de vez en cuando me acuerdo de mamá, de que no voy a volver a verla, y necesito parar un rato a llorar. Tras unos minutos, me encuentro mejor y puedo seguir con lo que estuviese haciendo.
Sin embargo, no sé si es al quinto o al sexto día, al pensar en mamá no siento la necesidad de ponerme a llorar. Duele y la echo muchísimo de menos, pero no me bloquea.
Ese mismo día, me doy cuenta de que ya hace varias semanas que se me ha pasado la necesidad constante de ver reality shows . Ahora la idea de pasarme todo el día en el sofá me echa para atrás.
Supongo que todo esto es bueno, ¿no? Estoy dando un paso adelante, signifique lo que signifique esto. Sé que es lo que papá quiere. Aunque, si intento pensar en mi vida más allá de septiembre, sigo sin ver nada.
Al cabo de una semana, en un día de julio especialmente caluroso, sucede otra cosa.
Me siento con ánimos de volver a pensar en Julieta, en su diario y en Izíar Garrido.
También veo claro cuál es el único paso que puedo dar a continuación.
Supondrá hacer un acto de fe o, simplemente, fiarme de mi intuición.
Porque sí, hay ciertas dudas que siguen ahí, pero creo que puedo confiar en Cameron.
Le enseñaré el diario de Julieta.