Capítulo 14
Alba:
Oye, que mis padres se han enterado de que alguien ha montado una plantación de marihuana cerca de aquí
Pero es que en plan gigante, no sé cuantas mil plantas
Bruno:
Me parto. ¿Dónde está? Vamos a comprar
Sofía:
Si tus padres se han enterado, la policía también
Hugo:
Exacto, y también estarán sacando tajada
Bruno:
¡¿Pero dónde está?!
Cameron:
Por el Cuello de Argal, yo también lo he oído
Bruno:
Joder, está en el quinto pino
Alba:
¿Os acordáis de esos tíos raros que vimos pescando en el lago? ¿Serán esos?
Hugo:
Tenían una pinta muy chunga. Yo me mantendría alejado
Cameron:
Sí que son esos. Yo pasaría de ellos y del tema o nos meteremos en un lío
Bruno:
¿Y tú cómo sabes tanto, Cameron?
Cameron:
Tengo fuentes
Devuelvo el teléfono a Lucas, pero no sin antes darle sin querer a la flecha que lleva a los mensajes más recientes del chat. Son de hace dos años.
—Gracias. ¿Y nunca supisteis nada más? ¿Si siguen ahí o no?
Lucas se encoge de hombros.
—A los tipos esos raros no hemos vuelto a verlos, pero eso no significa nada. El tema daba muy mal rollo. —Me dedica una mirada de soslayo—. ¿Curiosidad satisfecha?
—Sí, gracias. Ya tengo suficiente, es cierto que el tema da mal rollo.
Debo darle la razón a Cameron. Si la supuesta plantación está tan lejos y los tipos que cuidaban de ella parecían tan chungos, intentar acercarse sería una auténtica imprudencia.
Entonces ¿qué otra cosa podemos hacer? Se me escapa un suspiro desanimado ante la falta de posibilidades. Al darme cuenta, intento disimularlo como cansancio.
—Bueno, voy a ver si como algo —digo, levantándome.
Nos despedimos de Lucas con un gesto y cada uno se va en una dirección diferente.
No puedo decir que camine hacia la cabaña arrastrando los pies, pero simbólicamente sí lo hago.
Cameron ha dicho que encontraríamos la manera de seguir investigando lo de Izíar, pero creo que solo estaba intentando ser optimista para que me olvidara de lo de la plantación.
¿Cómo se enteró Cameron de ese tema? En el chat no llegó a revelarlo.
Joder, otra duda sobre Cameron que ya no sé si está justificada o no.
Subo los peldaños del porche de la cabaña con otro suspiro desanimado. Cuando meto la llave en la cerradura, oigo unos golpes. Sucede todo tan rápido que tardo en procesar que se trata de alguien que corre hacia mí. Unas manos me agarran con fuerza y tiran de mí.
Se me escapa un grito y las llaves se me caen al suelo.
Por un momento me siento transportada al día anterior, al momento en el que Cameron me obligó a bajarme del muro del hostal y me dio un susto de muerte.
El miedo se me vuelve a disparar mientras pienso que será él otra vez, aunque no sé por qué está haciendo esto ni por qué ha tirado de mí con tanta... rabia.
Entonces las manos me obligan a girar, me agarran el cuello de la camiseta y me empujan sin miramientos. Mi espalda choca con la puerta con tanta violencia que se me escapa un resoplido dolorido y desconcertado. No comprendo por qué Cameron… No tiene ningún sentido que él esté haciendo esto.
Al fin, miro hacia arriba y descubro de quién se trata. No es Cameron.
Es Lucas.
Cualquier rastro de su amabilidad de antes, de su despreocupación y simpatía habituales, han desaparecido. Su rostro está transformado por la ira.
—¿Qué eres, la mayor estúpida del país? —me espeta.
Tira de mí de nuevo para volver a estamparme contra la puerta.
—¡¿Qué haces?!
La voz me sale aguda, evidenciando lo asustada que estoy. Intento agarrarlo de los brazos para que me suelte, intento empujarlo, pero solo consigo que me zarandee.
—¿Los avisos no son suficientes? ¿Ahora incluso vas preguntando por la plantación? ¡¿A ti qué te pasa?! —me grita, acercándose a mi cara.
De repente, Lucas sale volando hacia atrás. Es tan brusco que caigo de rodillas en el porche. En el claro que hay delante de la cabaña, Cameron está arrastrando de malas maneras a un sorprendido Lucas. La expresión de Cameron… da miedo.
—¡Suéltame, cabrón! —le grita Lucas, intentado golpearlo.
Como respuesta, Cameron le da un puñetazo en el costado. Lucas gime de dolor, pero se lo devuelve. Entonces se enzarzan en una pelea de golpes y puñetazos en el cuerpo que me deja petrificada. Nunca había visto nada tan violento, parece que quieran matarse el uno al otro.
Entonces Cameron consigue sentarse encima de Lucas, lo sujeta por la camiseta, tira de él y lo estampa contra el suelo con tanta fuerza que Lucas se queda atontado. Cuando Cameron repite el golpe, yo consigo reaccionar.
—¡Para!
Corro hacia ellos y tiro de Cameron con todas mis fuerzas. Solo consigo que se caiga de lado y siga con medio cuerpo encima de Lucas, pero al menos deja de golpearlo. Por su expresión parece que esté a punto de volver a abalanzarse sobre él, así que lo empujo de nuevo.
—¡Que lo vas a matar!
Al fin, me mira y su mirada se enfoca. Estaba tan furioso que parecía haberse olvidado de sí mismo. Está jadeando, agotado. Mira a Lucas, todavía enfadado pero tomando conciencia de lo mal que habría podido acabar esto.
Lucas se está recuperando y se sienta con un gemido, llevándose una mano a la parte posterior de la cabeza.
—¡Solo quería asustarla, joder! —le grita a Cameron.
Me quedo boquiabierta, incrédula. ¿Quería asustarme dándome una paliza? Es lo que me ha parecido que iba a suceder.
Para Cameron son las palabras equivocadas. Se incorpora de un salto, vuelve a sujetarlo por la ropa y lo obliga a ponerse en pie. El enfado de Lucas deja paso al miedo, cosa razonable porque incluso yo me asusto otra vez.
—¡Joder, Cameron, cálmate! ¡Que no iba a hacerle daño!
—Te he visto hacerle daño, no me vengas con historias.
—¡Solo quería asustarla para que deje de husmear!
Sus palabras consiguen abrirse paso entre el miedo y el desconcierto que me aprisionan y recuerdo que ha mencionado unos avisos.
—¿Me dejaste tú la nota?
—Sí —admite.
—¿Y el mensaje a Cameron?
—Que sí, también yo. —Aprieta las manos de Cameron hasta que consigue que lo suelte—. Dejad de meter las narices en asuntos que no os importan.
—¿De qué hablas? —le pregunta Cameron.
Lucas resopla con desprecio y me señala.
—Esta el otro día preguntó por la periodista como quien no quiere la cosa —dice mientras empieza a sacudirse la ropa para librarse del polvo. Va haciendo muecas de dolor—. Ayer estabais en el hostal donde se alojaba y hoy aparece preguntando por la plantación.
El corazón me da un vuelco. Cameron y yo intercambiamos una mirada. Los dos estamos pensando lo mismo. Lucas sigue desempolvándose la ropa, enfadado pero despreocupado, como si no acabara de contarnos que…
—¿Los de la plantación mataron a Izíar Garrido? —pregunto con un hilo de voz.
Lucas se endereza de golpe y me mira con los ojos muy abiertos. Después ve que la expresión de Cameron es un espejo de la mía.
—¡No! —nos grita como si no estuviésemos entendiendo nada—. Ellos no tocaron a esa periodista, pero andaba husmeando en el tema de la plantación. Si se enteran de que alguien intenta relacionarlos con su muerte, se pondrán nerviosos.
—Ya. Esa mujer los molestaba y apareció muerta por casualidad, ¿no? Qué golpe de suerte para ellos —dice Cameron.
—Solo intento salvaros la vida, imbéciles. Son gente peligrosa.
—¿Y tú cómo sabes todo eso? —le pregunto.
Lucas resopla, molesto.
—Vendo para ellos en Zaragoza, ¿vale? He estado un par de veces ahí arriba y los he oído hablar. Cuando la periodista apareció muerta, tuvieron que cambiar la plantación de sitio. Les daba miedo que atrajera a policías que no fueran los que tienen en nómina.
—¿Tienen a policías en nómina? —exclamo.
—Esto ya te lo dijo Alba, ¿no? —responde como si yo fuese tonta. Es decir, que sí—. Tú y tus preguntitas, joder.
—¿Sabes de qué policías sí podemos fiarnos? —interviene Cameron.
—Por lo que a mí respecta, de ninguno. Yo de vosotros no confiaría en nadie. —Empieza a alejarse hacia el camino—. Idos a la mierda y olvidaos de la plantación.
En dos pasos, Cameron lo alcanza y lo sujeta por el cuello de la camiseta.
—Si vuelves a tocarla, te mato —le susurra.
Lucas se libra de él con un gesto brusco y se aleja, pasando por el lado de la bicicleta que esta mañana se ha quedado en Sallén. Imagino que Cameron ha venido a devolvérmela y se ha encontrado con el espectáculo.
Nos quedamos en silencio. Hay tantas cosas que deberíamos decirnos que ninguno de los dos sabe por dónde empezar. Yo sigo demasiado impresionada.
Mientras Cameron intenta adecentarse la ropa, decido guardar la bicicleta, pero recuerdo que las llaves se me han caído cuando Lucas me ha agarrado.
Regreso al porche y echo un vistazo rápido al suelo, pero no las veo. Me arrodillo y aparto con brusquedad las sillas y la tumbona, que chocan con la pared y la barandilla de madera. Maldigo para mí cuando las llaves siguen sin aparecer.
—¿Estás bien? —pregunta Cameron. No me giro.
—No encuentro las llaves.
—Ahora te ayudo a buscarlas. —Oigo que sube al porche y se acuclilla detrás de mí. Con suavidad, repite—: ¿Estás bien?
Apoya los dedos en mi hombro, apenas es un roce, pero me estremezco. Aparta la mano.
—Ibas a matarlo —murmuro.
Lo oigo suspirar.
—Lo sé —admite. Parece arrepentido—. Cuando he visto lo que te estaba haciendo… No veía nada más, solo…
Ahora sí, me giro para mirarlo.
—No te reconocía, Cameron.
Por su expresión, creo que comprende lo que no estoy diciendo en voz alta. ¿Qué más esconde? Porque verlo así, convertido en esa especie de monstruo, ha hecho regresar con fuerza todas las preguntas sin responder que tengo sobre él.
—No soy violento. —Hay algo de súplica en su voz. Baja la mirada. Cuando vuelve a hablar, se le rompe la voz—: No soportaría que también te pasara algo.