Capítulo 13 #2
—Ni idea. Alguna vez comentó que le encantaba esta zona. —Rafa decide dar la conversación por terminada y me pregunta—: ¿Tienes suficiente para tu artículo?
Me esfuerzo por sonreír con una mezcla de entusiasmo e inocencia.
—Sí, muchas gracias, de verdad. Sacaré notaza.
Cuando Rafa se aleja, yo tomo un sorbo de café y aprovecho para fulminar a Cameron con la mirada. Él me dedica una sonrisa lenta y pícara que, no hay derecho, lo único que hace es aumentar su atractivo.
—Me gusta ver tus reacciones de sorpresa —susurra con todo el morro. Lo único que puedo hacer yo es poner los ojos en blanco.
Un poco después, cuando abandonamos el hostal en dirección al solitario aparcamiento donde aparcó la moto, no dejamos de mirar con disimulo a nuestro alrededor por si hay alguien observándonos, pero no detectamos nada extraño.
—Rafa no nos ha dicho nada que nos ayude —comento cuando alcanzamos la moto y Cameron empieza a sacar un casco extra que lleva en el baúl posterior.
Me ha convencido para llevarme a Bolcáriz en moto. Luego, con el camión, recogerá la bicicleta. La idea de ir en moto no me hace especial ilusión, pero no le puedo negar que, tras los mensajes recibidos, no parece prudente meterse con la bici por la carretera.
—A Izíar le interesaban los casos de tráfico de drogas, ¿verdad?
Asiento, preguntándome a qué viene la pregunta. Es evidente que le está dando vueltas a algo. Se muerde el labio, pensativo.
—Si iba de excursión a la montaña… Quizá estaba buscando una plantación de marihuana.
—¿Qué? —Me quedo de piedra.
—Desde hace unos años, de vez en cuando vuelve el rumor de que unos tipos tienen una plantación de marihuana en la montaña, en una zona de esas a las que nadie llega.
Proceso sus palabras, las implicaciones de lo que me está contando.
—¿Crees que la encontró y por eso la…? —No consigo terminar la frase.
—Puede.
Sería una explicación. Maldigo por no poder hablarle a Cameron de los dos coches de lujo que parecen estar relacionados con Izíar. Uno azul y uno negro con una línea roja. ¿Qué tienen que ver el uno con el otro? ¿Pertenecen a la misma persona o al mismo grupo de gente?
—Las drogas mueven mucho dinero, ¿no? El propietario de esa plantación podría tener un coche de lujo —reflexiono en voz alta—. ¿Y si Izíar no solo encontró la plantación, sino que se acercó al propietario?
—Eso sería un juego muy peligroso.
—Pero posible. —Intento no pensar en que llevo semanas jugando un juego peligroso al acercarme a Cameron sin saber si podría tener algo que ver con la desaparición de Julieta.
Cameron se lo piensa unos instantes, pero acaba asintiendo.
—No me pidas que busquemos la plantación —dice entonces.
Boqueo varias veces como un pez fuera del agua, preguntándome cómo demonios sabía que iba a proponérselo. ¿Me habrá delatado mi expresión? ¿Me conoce más de lo que me gustaría?
—Ya sé que sería peligroso, pero, si encontramos la plantación y además resulta que hay por ahí un coche de lujo azul, ya será información para llevar a la policía.
O a un periodista que lo publique si no te fías de ellos —razono—.
Es que no veo qué otra cosa podemos hacer.
No vemos claro ir a la policía. No tenemos pruebas suficientes como para que un periodista nos haga caso. Entonces…
—Que Izíar Garrido no murió al ir a comprar drogas lo tienes tú más claro que yo —me interrumpe Cameron.
Me callo de golpe. Yo lo tengo más claro porque creo que Julieta vio el asesinato de Izíar.
Las dudas vuelven a asaltarme. ¿Debería confiar en Cameron?
¿Debería contarle de una vez lo del diario?
¿De verdad puedo confiar en él o solo quiero confiar en él?
Joder, si anoche incluso me besé con él y, si hubiera sido por mí, no habría parado.
Quiero llevarme las manos a la cara, pero me contengo.
—¿A ti no te parece todo un poco raro? —pregunto con voz más débil de lo que me gustaría.
—Sí, un poco sí —admite él—. Pero no creo que justifique ponernos en peligro de esa manera.
—Vale, ¿y qué otra cosa podemos hacer?
—No lo sé.
Levanto las manos, frustrada.
—Entonces lo único que podemos hacer es olvidarnos del tema.
—No digo eso. Pero sí creo que deberíamos enfocarlo de otra manera —insiste.
Camino arriba y abajo, cada segundo que pasa estoy más agobiada. Sé que otra manera de enfocarlo sería confiar en él de una maldita vez, enseñarle el diario y ver qué pasa. Pero el miedo a que sea un error me bloquea.
—De acuerdo. Pues ya veremos qué hacemos —cedo.
—Démonos unos días para pensar qué podemos hacer, ¿vale? Encontraremos la manera.
Asiento sin esconder el desánimo y Cameron procede a darme indicaciones sobre cómo ir de pasajera en la moto, que puede resumirse en no ser un peso muerto. Después me ayuda a ponerme el casco y él mismo me lo abrocha, cosa que no es nada sexi. No, para nada.
Los dos kilómetros de trayecto hasta Bolcáriz me parecen diez. Me agarro con tanta fuerza a Cameron que dudo que pueda respirar. Creo que prefiero ser conductora antes que pasajera.
Me deja en las afueras del pueblo porque sigue siendo mejor que no nos vean juntos.
—No he visto que nos siguiera nadie, pero ten cuidado, ¿vale? —me pide cuando nos despedimos.
Asiento sin poder evitar conmoverme por la preocupación en su voz y emprendo el camino hacia la cafetería.
Me pregunto si debería dejar el trabajo.
Tal y como están yendo las cosas, me temo que seguir allí no me va a servir para averiguar nada útil sobre Julieta o Izíar.
Pero, si lo hago, no solo les estaré haciendo una faena a Sonia y Ramón, sino que creo que se preocuparían por mí.
Les dije que estaría en Bolcáriz hasta principios de septiembre, si dejo el trabajo de golpe…
Sí, pensarán que me pasa algo (y no les faltará razón).
De hecho, durante la mañana estoy escandalosamente distraída.
Cojo mal un par de pedidos y olvido varias veces a qué mesa estaba llevando unos platos.
Ramón me pregunta si sufro de mal de amores.
Sonia le dice que no sea rancio y me pregunta si he descansado poco.
Amina me sorprende diciéndome que no me preocupe.
Será mejor que no les dé detalles de mi noche. Cuando a las dos termina mi turno, estoy agotada, pero pensar en ir a encerrarme en la cabaña se me hace una montaña. Supondrá quedarme otra vez a solas con mis pensamientos.
Acabo sentándome en el muro bajo de un parque infantil y, aprovechando que tengo cobertura, me dedico a buscar información sobre plantaciones de marihuana en esta zona. No me aparece nada.
—¡Maia!
Me sobresalto un poco al escuchar mi nombre, pero me relajo al ver que se trata de Lucas, que se acerca. Por cómo va vestido, parece que venga de hacer alguna excursión. Con un suspiro se sienta a mi lado, a una distancia razonable.
—¿Cansado?
—No sé por qué dejo que mi hermano me convenza para irnos de excursión cada dos por tres —se queja—. El tío parece una cabra, y yo, un pobre perezoso. No puedo seguirle el ritmo.
Me río ante la imagen que se dibuja en mi cabeza.
—¿Tú cómo vas? ¿Has acabado de currar? —me pregunta.
—Sí, pero tengo mala cobertura en la cabaña y… —Hago un gesto para mostrarle el móvil, pero me callo porque no creo que sea prudente explicarle qué información estaba buscando.
—¿Y? —pregunta, curioso.
La tentación me invade. ¿Y si se lo dejo caer a ver qué pasa? Quizá sabe algo y Lucas me parece de fiar. No le contaré toda la verdad, claro. Puedo disimular el motivo de la pregunta.
Me río fingiendo estar un poco avergonzada.
—No te lo vas a creer, pero en la cafetería había alguien hablando de unas plantaciones de marihuana y me ha picado la curiosidad. Soy una cotilla.
—Uf —dice, estremeciéndose un poco—. Cuidado con ese tema. Mira.
Saca el teléfono y busca algo en su WhatsApp. Tarda un poco en encontrarlo, pero finalmente me tiende el móvil y dice:
—Mira, lee esto. Es la primera vez que oí hablar de las plantaciones.