Capítulo 13
Me quedo atascada un buen rato mirando la foto, releyendo el mensaje. Las manos me tiemblan. ¿Alguien nos ha estado siguiendo esta tarde? ¿Alguien… que conoce tanto a Cameron como para tener su número?
—¿Quién te lo ha enviado?
Cameron, que se ha asegurado de cerrar bien la puerta, niega con la cabeza.
—Es un número que no tengo en la agenda. Podría ser cualquiera.
Dejo el teléfono sobre la cama, en la que apoyo las manos con la esperanza de controlar el temblor, intentando valorar las implicaciones de haber recibido un mensaje así, pero no lo consigo.
—¿Y si llamamos al número? —propongo.
—Eso sería provocar. —Cameron se ríe un poco a su pesar—. Eres una temeraria, Maia.
Hago un gesto de exasperación con las manos.
—Entonces ¿qué hacemos? Esto significa… —Callo un momento para intentar reflexionar con calma—.
Si les molesta que estemos en el hostal, significa que saben que Izíar Garrido se alojaba aquí.
Están preocupados porque saben que estamos investigando su muerte.
Es decir, esto confirma que no murió por un robo con violencia.
Fue por otro motivo y no quieren que se descubra.
Él coge una silla para sentarse frente a mí, los brazos apoyados en las piernas. Me observa, pensativo, inquieto. Asiente.
—Tiene sentido.
—¿Y qué hacemos? ¿Deberíamos ir a la policía? —digo con poco convencimiento.
Se supone que, si recibes un mensaje como este, deberían hacerte caso, pero, si alguien en la misma policía no quiere que la verdad salga a la luz, se asegurará de que la cosa se quede en nada y la verdad sobre Izíar y Julieta permanecerá enterrada.
Cameron también tuerce el gesto, su expresión se ensombrece.
—No creo que nos ayuden.
Su tono invita a dar el tema por zanjado. Es evidente que no los aprecia demasiado.
Ahí es cuando una duda estalla en mi cabeza. ¿Y si Cameron se ha enviado el mensaje a sí mismo? ¿O ha pedido a otra persona que se lo envíe?
¿Por qué haría algo así? No tiene ningún sentido. O quizá sí. Ha visto que estaba dispuesta a seguir investigando lo de Izíar y esta es su manera de intentar disuadirme.
Pero, cuando le he hablado de la muerte de la periodista, realmente parecía no saber nada.
Estoy volviendo a comerme la olla y solo conseguiré volver a sentir que estoy perdiendo el juicio.
Debo frenarlo. Cierro los ojos y me imagino que en mi cabeza aparece una enorme puerta de la que cuelga un cartel de stop gigante.
Lo mantengo ahí unos cuantos segundos, hasta que siento que el torbellino de pensamientos se detiene.
El truco funciona, pero vuelvo a quedarme en esa situación en la que todo me grita que puedo confiar en Cameron, pero tengo tantas ganas de que sea así que se me podría estar pasando algo por alto y vuelven a entrarme las dudas.
De repente, me siento agotada. El cansancio del día por fin ha hecho acto de presencia y soy incapaz de pensar con claridad.
—Entonces ¿qué hacemos? —vuelvo a preguntar.
Cameron se masajea la frente. Supongo que me consuela un poco ver que él tampoco lo sabe.
—Desde luego no saldremos del hostal en plena noche —dice al fin—. Nos quedamos aquí. Vamos a intentar descansar y mañana por la mañana decidiremos qué hacer.
—Vale —susurro.
Sin decir nada más, me pongo en pie para encerrarme en el baño. No tenemos ni pijama ni un triste cepillo de dientes, pero solo es una noche, no es el fin del mundo.
Antes de volver a salir, le envío un mensaje a papá: «Todo bien por aquí. nos vamos a dormir. buenas noches».
No espero a ver si contesta a mi descomunal mentira. No hay nada que esté bien. Y no tengo fuerzas para ver su respuesta, que seguro que será animada y destilará esperanza en cada letra.
Mientras Cameron pasa por el baño, aprovecho para quitarme los pantalones y me meto bajo la sábana. Me aseguro de estar en el extremo del colchón y doy la espalda al resto de la habitación.
A pesar de que por las noches refresca, en la habitación no hace nada de frío.
Sin embargo, todo mi cuerpo tiembla y parece incapaz de parar.
Supongo que son el exceso de emociones y los nervios.
No ayuda que, cuando Cameron sale del aseo, oigo con claridad como también se quita los pantalones antes de meterse en la cama.
Imagino que se queda en el extremo del colchón, porque ni siquiera me roza.
Me encojo para intentar temblar menos y cierro los ojos con la esperanza de que el sueño me venza pronto.
Tan solo necesito unos minutos para descubrir que puedes estar agotada, pero no dormirte. Y seguir temblando como una hoja.
Cameron suspira.
—Maia. Ven.
Antes de comprender qué me está pidiendo exactamente, noto cómo se mueve. De repente, sus brazos me envuelven. Se me escapa un grito ahogado muy poco digno, y otro cuando me arrastra hacia el centro del colchón.
—¡¿Qué haces?!
—Estás haciendo temblar toda la cama. —Pega el pecho a mi espalda, sus piernas a las mías y me abraza. Después susurra—: Todo irá bien.
Le contestaría que no puede prometer algo así, que no lo sabe, pero lo único que hago es suspirar.
Su abrazo sienta muy bien. Es una locura permitir algo así, lo sé, otra más del listado que ya llevo hoy: pretender investigar lo de Izíar Garrido, acceder a pasar la noche con él en un hostal, el beso. En fin.
La calidez de su cuerpo y esa sensación de sentirme protegida me reconfortan tanto que el temblor acaba desapareciendo. Cuando por fin me duermo, ni siquiera me doy cuenta.
Despertamos los dos a la vez cuando algún vecino de habitación cierra su puerta con demasiada energía.
Al abrir los ojos, descubro que estamos tumbados cara a cara. Ya es de día, pero todavía es temprano. Nuestras piernas y manos están entrelazadas, relajadas. Quizá lo sensato sería separarnos, pero ninguno de los dos lo hace. Nos quedamos mirando.
Estudio el rostro de Cameron, sus ojos todavía soñolientos.
No había tenido la oportunidad de verlos tan de cerca, de descubrir el círculo más oscuro que rodea el iris, cada línea, cada pequeña mancha.
Vuelvo a maravillarme por ese increíble color azul.
También por la línea recta de su nariz, los pómulos marcados, la mandíbula que unos cuantos modelos querrían para sí.
Antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo, muevo la mano y recorro sus rasgos con fascinada delicadeza. Qué hermoso es.
Cameron cierra los ojos y me deja hacer, pero, tras unos segundos, mueve su mano para atrapar la mía. La manera de hacerlo, la mirada que me dedica, parecen querer repetir lo que me dijo ayer: «Soy un desastre, Maia. No quieras acercarte a mí».
Así pues, no es ninguna sorpresa cuando dice:
—Deberíamos bajar a desayunar o los dos llegaremos tarde a trabajar.
No tendría que gustarme tanto escuchar su voz de recién despertado. Ni sentirme tan decepcionada porque esté demostrando tener mucho sentido común.
Suspiro para mis adentros y asiento, aunque todavía tardamos unos segundos en dejar de mirarnos y ponernos en marcha.
Los dos pasamos por la ducha y bajamos a la cafetería del hostal, donde el mismo Rafa nos trae las tostadas y los cafés que hemos pedido.
En ese momento, Cameron le dice con una amabilidad que no le había visto hacia otras personas:
—Rafa, ¿te puedo hacer una pregunta?
—Claro —responde este, curioso.
—Verás, Maia es estudiante de Periodismo —miente Cameron, señalándome.
Espero que, durante la mirada fugaz que me dedica Rafa, no pueda ver que los ojos están amenazando con salírseme de las cuencas por la sorpresa.
¿Se puede saber qué demonios está haciendo?
—. Tiene que hacer un trabajo para septiembre sobre un crimen que haya sido olvidado por los medios, y anoche, informándose sobre la zona, descubrió el caso de Izíar Garrido.
A la vez que Rafa se sorprende, recuerdo el motivo que nos ha traído a este hostal. ¿Cómo es posible que lo haya olvidado? ¿Y cómo es posible que Cameron haya vuelto a no avisarme de que iba a hacer algo así?
—A Maia le sabía mal preguntarte porque imaginamos que es un tema muy delicado —explica Cameron, a la vez que me esfuerzo por entrar a toda velocidad en el papel de una tímida estudiante de Periodismo.
Él termina con tono de disculpa—: Pero yo siempre quiero ayudarla, así que no he podido evitar preguntarte. Por intentarlo no perdemos nada, ¿no?
—Menudo asunto —dice Rafa, negando con la cabeza—. Tuvimos aquí a la policía, la habitación cerrada varios días… Una pesadilla.
Al ver que Rafa parece dispuesto a hablar, me falta tiempo para intentar aprovecharlo.
—En el artículo me encantaría hablar sobre lo que hizo Izíar mientras estuvo aquí. Su día a día, si hablaba con gente… Cosas así.
—Entraba, salía. Con nosotros no habló mucho —responde.
Me desespero ante otra respuesta vaga. Es lo único que consigo cada vez que hago preguntas.
—¿Te interesa saber si algo en su comportamiento llamaba la atención? —me pregunta Cameron, ayudándome.
—Sí, claro. Cualquier cosa que me ayude a… eh, completar el artículo —confirmo. Me sonrojo un poco, cosa que espero que pase por timidez y no vergüenza por mis pésimas dotes de improvisación. Definitivamente, estrangularé a Cameron en cuanto nos quedemos solos.
—Mira, te contaré lo mismo que le conté a la policía. Así tendrás información de primera mano y sacarás mejor nota —me dice Rafa, cómplice—. Esa chica unas veces salía de excursión a la montaña y otras veces se arreglaba mucho para salir. Una vez la vi subirse a un coche pijo.
La mención del coche provoca que me sonroje un poco más.
—¿Cómo era el coche? —pregunto, recordando la descripción que Julieta hizo del coche del supuesto asesino de Izíar.
—Azul. Muy bonito.
Asiento, intentando disimular la decepción.
—¿Sabes a quién pertenecía?
—No. Pero ¿queréis saber mi opinión? —Cameron y yo nos apresuramos a asentir—. Yo creo que ligó con algún tío de la zona. Uno con pasta, que por aquí tenemos unos cuantos.
—Esas excursiones… ¿Sabes adónde iba? —pregunta Cameron.