Capítulo 12 #3
Es decir, que se reserva el derecho a no contestar. Creo que teme que le pregunte por Julieta. Pero no va por ahí, porque ya sé que sigue siendo pronto para eso.
Lo observo mientras valoro por qué pregunta es mejor empezar. Él espera, en apariencia tranquilo. Esos ojos que tanto me fascinan también me observan. Decido comenzar por la pregunta menos personal, al menos para mí.
—Si sospechabas que me estaba acercando a ti por algún interés retorcido y malvado, ¿por qué no me enviaste a la mierda?
Cameron mira al techo mientras se encoge de hombros.
—Supongo que tenía curiosidad por saber tus motivos.
Frunzo un poco el ceño. Vale... Creo que solo me ha dado media respuesta, pero no insisto. Decido pasar a la pregunta más personal.
—¿Por qué, cuando desconfié de ti, te enfadaste tanto?
Me refiero al principio de todo, cuando me dijeron que…
—Dejo la frase a medias. Él sospecha que fue Sofía quien me habló mal de él, pero no se lo he confirmado.
No quiero crear más malos rollos—. Y después, esos días en la cafetería, cuando pasabas de mí como de la mierda.
—No pasaba de ti como de la mierda.
Sonríe cuando ve mi expresión de absoluta incredulidad. Incluso la exagero para que le quede claro que no se lo cree ni él, ni yo, ni la persona más ingenua del mundo.
Se remueve un poco, se mira los pies al contestar.
—A nadie le gusta que piensen mal de él —dice al fin, mirándome solo un momento.
—Cameron, venga ya. Vale que te reserves el derecho a no contestar, pero me estás dando largas. No me conocías de nada, ni siquiera soy del pueblo, ¿qué más te daba lo que yo pensara de ti?
—¿No lo sabes todavía? Soy una persona muy sensible.
—Te estoy hablando en serio.
—Yo también.
—Eso es mentira —replico, empezando a molestarme—. Te agradecería que no intentaras tomarme por estúpida.
Empiezo a moverme con la intención de bajar de la cama y hacer algo, no sé el qué, porque no es que el espacio dé para mucho.
Sin embargo, la mano de Cameron me rodea la muñeca y me la sujeta con suavidad.
Me quedo quieta, sorprendida, muy consciente de los centímetros de mi piel que están en contacto con la suya.
—Maia.
Ahora sí, Cameron me está mirando con mucha atención. Parece estar debatiéndose entre si hablar o no. Veo el momento en el que decide hacerlo, también que le cuesta un poco.
—Cuando una chica a la que apenas conoces, pero que te tiene impresionado, te mira como si pudieses llegar a hacerle daño, duele.
Sobre todo si es la primera chica que te gusta en mucho tiempo —dice con suavidad—.
Y cuando después parece querer pasar tiempo contigo sin motivo…
Hay una mezcla de curiosidad y de conformarse con lo poco que te den, porque, sean cuales sean sus motivos, estar con ella es agradable.
Si lo que pretendía era dejarme sin palabras, lo ha conseguido.
Cameron acaba de confesar que se siente atraído por mí.
Ya sé que yo ya lo había pensado, pero tener la confirmación…
La respiración se me acelera un poco. Él sigue sujetándome y es como si no pudiésemos dejar de mirarnos a los ojos, a los labios…
Solo tenemos que inclinarnos un poco para besarnos.
Por un momento, me pregunto qué estoy haciendo.
Esto es una mala idea. Sin embargo, pronto solo soy capaz de estar pendiente de lo suaves que son sus labios, de la oleada de calor al notar su lengua contra la mía, de lo mucho que me gusta cuando me sujeta el rostro con ambas manos, como si fuese algo precioso que teme que se escape.
Se aparta un momento.
—El día que apareciste por el pueblo, me pareció una broma de mal gusto.
Tener a alguien que te gusta tan cerca… —empieza a decir, pero se interrumpe para besarme otra vez.
Es un beso dulce, pero que tiene sabor a despedida.
Ahora soy yo quien lo sujeta por las muñecas, mi petición silenciosa para que no se aparte.
Sin embargo, acaba cortando el beso—. Soy un desastre, Maia. No quieras acercarte más a mí.
—¿No soy yo quien debería decidir eso? —Me gustaría hablar con más firmeza, pero me temo que mi tono, falto de aire, suena a súplica.
—Solo quiero protegerte.
—¿De qué?
No contesta. Se limita a darme un último beso, rápido, casto, y se aparta de mí. Me mira como si estuviese luchando consigo mismo.
—Voy a devolver la película.
Un par de segundos después, la puerta se cierra detrás de él y yo me quedo sola sobre la cama, acariciándome los labios, recordando los besos, queriendo más… y sabiendo que no debería.
Estoy hecha un buen lío.
De repente, la puerta de la habitación se abre con brusquedad. Cameron se queda en el umbral, todavía con el DVD bajo el brazo. Está pálido.
—¿Qué pasa?
—He recibido un mensaje.
No espera a que le pregunte nada más. Se acerca para mostrarme su teléfono, que lo lleva en la otra mano.
En pantalla, hay una fotografía en la que aparecemos Cameron y yo saliendo del hostal cogidos de la mano.
Está bastante ampliada, parece que la han tomado de lejos, pero somos claramente nosotros.
El texto que la acompaña me pone los pelos de punta.