Capítulo 12 #2
Y el tío echa a andar, tan tranquilo, como si no le importara lo más mínimo si sigo sus pasos o no.
Por unos momentos me tienta dejar que mi orgullo tome el control e irme en dirección contraria a buscar un banco en el que sentarme a enfurruñarme y…
no sé, supongo que a pensar en una alternativa para intentar averiguar algo.
Pero enseguida me doy cuenta de que estoy tan falta de ideas que da pena.
Es decir, que me trago el orgullo y sigo a Cameron, a pesar de que no tengo claro si debo quedarme en el hostal con él o no.
Durante un buen rato me guía por el pueblo, que es más grande que Bolcáriz.
Me cuenta cosas sobre algunos edificios o monumentos, sobre un par de restaurantes que le gustan, sobre las fiestas mayores que organizan en agosto.
En otras circunstancias me habría interesado, pero estoy demasiado absorta intentando tomar una decisión sobre esta noche.
Al final, en un impulso saco el teléfono y escribo un mensaje a papá: «Estarás contento, he aceptado salir de fiesta esta noche.
Dormiré en casa de una chica del pueblo».
En cuanto lo envío, me recorre otra de mis oleadas de culpabilidad por mentir a mi padre. Intento convencerme de que es por un buen motivo, que voy a pasar la noche en la habitación de un hostal con un chico que es un secreto andante, porque… ¿Sabes qué? Será mejor que no le dé demasiadas vueltas.
«¡Estupendo! Ve dando señales de vida, ¿ok? Pero pásatelo bien», contesta papá. Y yo le pregunto a Cameron:
—¿Dónde vamos a comprar la cena?
Él solo me mira de reojo, sin dar a entender si le parece bien o mal que me quede, y me conduce a una hamburguesería que, al parecer, le gusta mucho.
Más tarde, cuando entramos en el hostal, Cameron cargado con el casco de su moto y yo con una bolsa con dos hamburguesas descomunales, una caja con patatas fritas y dos refrescos, ya está anocheciendo.
En circunstancias normales, sé que sería una colección de bostezos y pies arrastrados por el cansancio.
Está siendo un día largo y con demasiadas emociones.
Sin embargo, mientras cruzamos la puerta de entrada, subimos las escaleras al tercer piso y espero a que Cameron abra la puerta, me siento lista para echar a correr en cualquier momento.
Tengo el corazón desbocado y no es por los escalones que acabamos de ascender.
Sigo a Cameron al interior de la habitación abuhardillada, que, para ser de un hostal, tiene un tamaño muy digno.
Me niego a mirar el mueble más grande y me centro en el baño, que es minúsculo; en la pequeña mesa redonda que hay en un rincón junto a dos sillas y donde dejo la bolsa con la comida; en el televisor pequeño pero nuevo que hay al lado; en la ventana desde la que se divisan los techos de pizarra inclinados de otras casas del pueblo y, al fondo, las montañas verdes.
Por desgracia, ya no puedo posponerlo más: le echo un vistazo a la cama. Primero pienso que no es muy grande para dos personas. Y entonces acuden a mi cabeza unas imágenes muy inoportunas de cómo sería acostarse con Cameron en esa cama. Desnudos, uno encima del otro, besándonos y…
Al instante miro hacia el techo, tan apurada y con las mejillas tan encendidas que siento que podría explotar en cualquier momento. Regreso junto a la ventana, como si observar tejados fuera uno de mis pasatiempos preferidos.
—En seguida vuelvo —dice Cameron.
Le oigo abrir y cerrar la puerta, y, en cuanto sé que estoy sola, apoyo la frente en la pared, abrumada. Yo y mi estúpido y traicionero cerebro. Esta noche va a ser muy larga.
Me siento en una de las sillas con las piernas encogidas. Cojo el mando del televisor y lo enciendo para ver si encuentro algo interesante. Justo en ese momento la puerta vuelve a abrirse, y me sobresalto tanto que casi me caigo de la silla.
—Solo soy yo —dice Cameron, que sonríe con picardía—. Tengo el entretenimiento perfecto para esta noche.
Abro mucho los ojos. ¿De verdad va a proponer que…?
—Abajo tienen una biblioteca minúscula. No te vas a creer lo que he encontrado en la estantería —dice, enseñándome lo que lleva en la mano.
No es un libro, es… ¿Un DVD? Todavía abro más los ojos al ver el título de la película.
—¿La segunda parte de Los juegos del hambre ? —pregunto, incrédula. Me río, tanto por la sorpresa como por el alivio.
—Rafa dice que alguien se la olvidó y que nos puede prestar un reproductor. ¿Te apetece verla?
—Me encantaría.
Descubrir que su plan para la noche es ver una película ha conseguido tranquilizarme de golpe.
Tanto que, cuando tenemos el DVD en marcha, no tengo problemas para sentarme en la cama junto a Cameron, ambos apoyados contra el cabezal separados por una distancia prudencial.
Sin embargo, vemos la película en silencio, sin rastro de la complicidad que habíamos tenido los días anteriores en el bosque.
A mitad de la película, decidimos cenar.
—Está buenísima —digo con admiración tras dar el primer mordisco a mi hamburguesa.
—Y has estado a punto de perdértelo —bromea, refiriéndose a mis dudas sobre si quedarme o no. Cuando sonrío, añade—: Supongo que habría encontrado la manera de invitarte otro día.
No le da más importancia, pero mi calma se evapora y a partir de ahí apenas soy capaz de prestarle atención a la película.
Cuando termina un rato después, Cameron se estira con un bostezo y la camiseta se le levanta un poco y…
no, no me fijo en el trozo de piel que queda al descubierto. Para nada. Ejem.
—¿Quieres ir a ver si hay más pelis? —propone.
Niego con la cabeza.
—Es tarde, supongo que deberíamos… —me interrumpo al darme cuenta de que iba a decir «acostarnos». No «dormir» o algo por el estilo, no. Acostarnos. Es oficial, hoy mi cerebro se ha fundido.
Sin embargo, Cameron no dice nada. Nos quedamos en silencio. De repente tomo conciencia de lo cerca que estamos el uno del otro. ¿Cuándo ha sucedido?
Necesito romper el momento.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —suelto al instante—. En realidad, un par.
Me observa con prudencia.
—Tú pregunta.