Capítulo 12
Agente Guardia Civil: Cameron, ¿sabes dónde está Julieta?
Cameron Muñoz: No.
Agente Guardia Civil: Tenemos el registro de llamadas del móvil de Julieta y hemos visto que os llamabais mucho. A veces más de una vez al día. ¿Por qué?
Cameron Muñoz: Porque… Porque estamos saliendo.
Agente Guardia Civil: ¿Sois novios?
Cameron Muñoz: Sí.
Eduardo Muñoz: Joder, Cameron.
Agente Guardia Civil: ¿Tus padres no lo sabían?
Cameron Muñoz: No. Los de Julieta tampoco.
Agente Guardia Civil: ¿Así que lo vuestro era un secreto?
Cameron Muñoz: Sí. Nuestros padres se llevan muy mal, pero esto no tiene nada que ver. No sé dónde está Julieta, pero ella nunca se iría así.
Agente Guardia Civil: Nos han contado que hace unas semanas pasó algo entre ella y otro chico en una fiesta. Un tal… Bruno. ¿Sabes a qué me refiero?
Cameron Muñoz: No.
Agente Guardia Civil: Varias personas que estaban en esa fiesta nos han contado que los vieron besándose. ¿Te lo han contado a ti también?
Cameron Muñoz: (No contesta)
Agente Guardia Civil: Contéstame, Cameron.
Eduardo Muñoz: Oiga…
Cameron Muñoz: No, no lo sabía.
Agente Guardia Civil: Ya. ¿Estás seguro? Porque enterarte de algo así seguro que te haría enfadar mucho, ¿no?
Eduardo Muñoz: ¿No ve la cara que ha puesto? Claro que no lo sabía.
Agente Guardia Civil: Que conteste Cameron a la pregunta, por favor.
Cameron Muñoz: Que no, no lo sabía.
Agente Guardia Civil: ¿Estás seguro de que no sabes dónde está Julieta, Cameron?
Cameron Muñoz: ¡Que no lo sé, joder!
Eduardo Muñoz: Cameron, cálmate.
Cameron Muñoz: ¡No me pienso calmar! ¡Alguien le ha hecho daño a Julieta y estamos aquí perdiendo el tiempo!
Agente Guardia Civil: Sabes que, si le has hecho algo a Julieta, nos acabaremos enterando, ¿verdad? Fingir estar desolado no te va a servir de nada.
Cameron Muñoz: ¡Que yo no le he hecho nada a Julieta!
Eduardo Muñoz: Oiga, hemos venido aquí de buena fe. Ni siquiera he traído un abogado. Si van a acusar a mi hijo de algo, háganlo de forma apropiada y tomaremos las medidas necesarias. Por el momento hemos acabado.
—Tu plan es una mierda.
Cameron y yo nos hemos alejado de la parte trasera del hostal y nos hemos sentado a la sombra de la terraza de un restaurante que hay junto al río que atraviesa Sallén.
Su cazadora y el casco descansan en una tercera silla.
Ya nos han traído un refresco y un bocadillo a cada uno; al parecer, ninguno de los dos hemos tenido tiempo de comer.
Los saboreamos en un silencio que no es incómodo, pero sí tenso.
No dejamos de observarnos el uno al otro.
Sin embargo, nuestras miradas no tienen nada que ver con las que nos hemos dedicado otros días.
Ahora son calculadoras. Nos estamos valorando el uno al otro.
Y supongo que todavía estamos un poco molestos.
Yo todavía no le he perdonado el susto que me ha dado, y, teniendo en cuenta cómo acaba de valorar mi plan, él también tiene recriminaciones que hacerme.
—¿A qué te refieres? —le pregunto porque no sé a qué parte del plan se refiere.
—Lo de colarte en el hostal para encontrar información de la periodista en el ordenador —explica—. Es absurdo. Suponiendo que te salga bien, como mucho tendrás sus datos personales. Eso no te va a ayudar en nada.
—No lo sabes. Quizá disponen de alguna información más —me defiendo—. Además, ¿tienes una idea mejor?
Cameron se pone las gafas de sol y me dedica una sonrisa de suficiencia.
—En realidad, sí.
Alzo las cejas con gesto interrogante esperando a que me la explique, pero se limita a sonreír y masticar. Resoplo.
—¿Qué tienes, diez años?
—Luego te la cuento. Dime qué ponía en la nota.
—Solo decía: «Déjalo». Supongo que se refiere a lo de Izíar Garrido, pero solo he preguntado por el tema a Sofía, Alba y Lucas. Bruno estaba por ahí, pero no sé si nos oyó.
Al escuchar el nombre de Bruno, Cameron hace una mueca de disgusto, pero no dice nada.
—¿Tú los ves haciendo algo así? ¿O metidos en un asunto extraño? —añado.
Cameron se encoge de hombros.
—Hasta hace dos años, te habría dicho que no, pero no lo sé. Ya no sé quién es de fiar y quién no.
—Quizá no fueron ellos. Podrían habérselo comentado a alguien y que haya llegado a oídos de alguna persona implicada que he preguntado por Izíar.
—Puede ser.
—Si descubriésemos algo importante, ¿la policía es una opción? Alba hizo un comentario que… No sé, como si no fuesen de fiar. —Ojalá me responda que tiene un familiar policía a quien le confiaría la vida. Por desgracia, cuando su expresión se ensombrece, sé que la respuesta me va a decepcionar.
—Hace tiempo que corre el rumor de que algunos están metidos en tráfico de drogas. Pero, o no los pillan, o no hay interés en pillarlos. Así que nadie se fía mucho de ellos.
—¿Tráfico de drogas? —pregunto, de repente interesada.
Cameron asiente y me apresuro a buscar un artículo en mi teléfono.
Una especie de obituario en el que leí que Izíar Garrido estaba interesada en ese tipo de casos.
Le paso el móvil y se quita las gafas de sol para leerlo.
Aprovecho para estudiar bien cada una de sus reacciones.
Realmente no parece saber nada del tema… Cuando termina de leer, asiente.
—Quizá esté relacionado. —Hace una pausa—. ¿La policía está metida en esto y tú pretendes ir contra ellos?
—Supongo. —Sonrío antes de darle un mordisco a mi bocadillo, fingiendo una despreocupación que no siento.
Cameron resopla y farfulla algo que suena a «Increíble». Decido cambiar de tema.
—¿Por qué no me contaste que eres motero?
—No soy motero —replica como si fuese una exagerada—. Solo tengo una moto.
—Ya, pero no es precisamente una Vespino.
Cameron se ríe, sorprendido.
—¿Una Vespino? ¿Qué tienes, sesenta años?
Me encojo de hombros. Papá me ha contado más de una vez que de joven condujo una de esas motos que, definitivamente, no se parecen en nada a la moto enorme de Cameron. Es toda azul, de esas con un diseño espectacular que llama la atención y no te fijas solo en la moto, también en quien la conduce.
—Me gusta ir en moto. A veces, si estoy agobiado, me dedico a conducir y me ayuda —explica Cameron—. Y no te lo conté porque no surgió en la conversación.
—Claro, viene muy bien cuando no te pueden reconocer debajo de ese casco —digo, dedicándole una sonrisa falsa.
—Sí, cuando se acercan a ti de manera sospechosa, viene muy bien —replica imitando mi tono y mi expresión.
Mierda, me la ha devuelto. Doy un sorbo a mi refresco, un poco enfurruñada.
—¿Vas a contarme qué idea mejor tienes? —le pregunto al cabo de unos segundos.
La sonrisa de Cameron se ensancha y se vuelve más sincera, aunque yo desconfío. Es la sonrisa del que sabe algo que tú no, y eso nunca es bueno. Sus ojos chispean de diversión antes de volver a ponerse las gafas de sol.
—¿Tienes planes para esta noche?
—Eh… ¿No?
—Ven conmigo.
Tras pagar en la barra del restaurante, Cameron me conduce de regreso al hostal. Se quita las gafas de sol y se las cuelga del cuello de la camiseta.
—Tú sígueme la corriente —dice.
Es su única explicación antes de cogerme de la mano y tirar de mí hacia la puerta.
Estoy demasiado desconcertada como para resistirme o fijarme en lo agradable que me resulta el contacto con su piel.
A la que me doy cuenta, estamos dentro y ante el recepcionista.
No sé si es por su edad o por algo en su actitud, pero debe de ser el propietario.
—Hola, chicos —nos saluda—. ¿En qué os puedo ayudar?
—Queremos una habitación para esta noche —pide Cameron, tan tranquilo.
Me quedo inmóvil, petrificada, y me sonrojo a lo bestia. Él me da un apretón en la mano, como si quisiera asegurarse de que no salgo corriendo, mientras se mantiene ahí de pie, con su sonrisa, tan tranquilo.
—Claro —dice el hombre, que nos echa un vistazo divertido. A sus ojos, somos dos jóvenes que buscan un lugar donde pasar la noche y echar un polvo.
Nunca había pasado tanta vergüenza. Quiero que el suelo, el centro de la Tierra y el universo entero me traguen y me hagan desaparecer de aquí.
Pero no tengo tanta suerte y no me libro de quedarme ahí mientras el hombre introduce nuestros datos en el ordenador y nos da la llave de la habitación que Cameron paga.
Ya sé que, suponiendo que fuésemos una pareja que quiere pasar aquí la noche, tendríamos todo el derecho a hacerlo, pero es que no somos pareja.
¿Y de verdad Cameron pretende que durmamos aquí? ¿En la misma habitación?
—Me llamo Rafa, cualquier cosa que necesitéis estaré por aquí —dice el hombre—. ¿Mañana desayunaréis en el hostal? Así ya os reservo mesa.
—Sí, definitivamente —afirma Cameron sin dudar.
Yo me esfuerzo por no poner caras raras. ¿Se puede saber qué demonios pretende?
—Vendremos en un rato —anuncia después.
Vuelve a cogerme de la mano y me guía hacia la calle de nuevo. Hasta que no nos hemos alejado una distancia prudencial, no le suelto la mano y me encaro con él.
—¡¿A qué ha venido eso?!
Cameron a duras penas contiene la risa.
—Qué pena no haberte grabado para que pudieras verte la cara.
—¡No tiene gracia! Además, no pasaré la noche contigo.
—¿No? —Me mira y alza las cejas un par de veces, como si pretendiera ser seductor. Cuando ve mi cara de indignación, se ríe un poco más—. No tienes que quedarte si no quieres. Yo dormiré aquí y, por la mañana, intentaré conseguir algo de información.
—¿Cómo?
—Ese es mi secreto.
Por más que le insisto para que me lo cuente, no habla.
—Voy a hacer un poco de turismo por la zona. Dentro de un rato me compraré algo de cena y volveré al hostal —anuncia—. Tú piensa qué quieres hacer.