Capítulo 11 #2
Entonces me fijo bien en la ropa que lleva puesta. Una cazadora de motorista que he visto hace tan solo unos minutos.
—¿Me has estado siguiendo? —pregunto, incrédula.
—Llevo días vigilándote.
Abro la boca, incapaz de hablar. ¿Y lo admite así, con esa tranquilidad?
—¿Has sido tú? —Mi incredulidad crece por momentos. Estoy tan fuera de mí que vuelvo a empujarlo, solo para que mi frustración se dispare cuando ni siquiera se mueve. Es como haber empujado una pared—. ¿De qué vas? ¿Se puede saber a qué ha venido lo de la nota?
Cameron se queda un momento parado.
—¿De qué nota hablas?
—Venga ya, ahora no te hagas el inocente —le espeto.
—No te he dejado ninguna nota. —Lo dice mirándome a los ojos, sin vacilar—. ¿Es lo que antes tenías en la mano? ¿El papel que has arrugado?
Me es imposible abrir más los ojos.
—¿Lo has visto? ¿Estabas espiándome?
La cabeza me va a mil, intentando procesarlo todo. La pregunta de quién me ha dejado la nota si no ha sido Cameron queda relegada a un segundo plano. Estoy demasiado ocupada procesando que está pirado.
—¿Qué haces aquí? ¿Qué hacías intentando colarte aquí? —me pregunta como si estuviese enfadándose por momentos. Me indigno ante su actitud.
—¡No te atrevas a pedirme explicaciones! —le grito. Cuando me doy cuenta de que podemos acabar llamando la atención, me esfuerzo por bajar el tono—. Explícame tú qué haces aquí.
Da un paso hacia mí y me fulmina con la mirada. No pienso achantarme. Me da igual que me saque una cabeza. Me quedo donde estoy, apretando los labios, retándolo. Cuando habla, se acerca un poco más a mí:
—Llevo días vigilándote porque ni por un momento me he creído que quisieras ser mi amiga. ¿A qué estás jugando?
Parpadeo un par de veces, intentando disimular la sorpresa que me embarga.
—¿Y por qué no iba a querer ser tu amiga? —consigo replicar.
—Venga ya, Maia —dice Cameron con un gesto despectivo—.
Hace dos años que nadie se acerca a mí. Soy antipático, soy al que la policía interrogó.
Estoy seguro de que a Sofía le faltó tiempo para decirte que no te acercaras a mí.
Eres lista, lo normal es que pasaras de mí.
Sin embargo, te empeñaste en hablar conmigo.
—Hace una pausa—. Tú estás buscando algo.
Ahora sí, me quedo sin palabras. Noto que las mejillas me arden.
No es solo por sentirme descubierta, es que mis sentimientos encontrados me confunden. Intento decirme que, aunque no hubiese hallado el diario, me habría acercado a Cameron igualmente, porque la realidad es que, a pesar de todas las dudas, me gusta. Mucho.
Sin embargo…
La vergüenza me recorre de pies a cabeza cuando me doy cuenta de que tiene razón.
Cameron me despertó curiosidad desde el principio, pero, si no hubiese surgido la necesidad de averiguar más cosas sobre Julieta, seguramente no habría hecho nada al respecto.
Me habría quedado todo el día tirada en el sofá, porque supongo que al final habría optado por acercarme al pueblo a descargarme programas en el teléfono para luego verlos en la cabaña.
No voy a negarlo, me admira que me haya visto el plumero. Lo he subestimado. Pero, si se dio cuenta, ¿por qué no dijo nada?
¿Por qué no pasó de mí?
Parece que los dos hemos estado jugando a nuestro propio juego.
Me cabrea haber sido tan transparente. También me alarma, porque sigo sin ver claro hablarle del diario y tengo que encontrar una manera de salir de esta.
Al ver que no contesto, Cameron se impacienta. No solo eso, sino que se enfada un poco más. De repente, hay un destello peligroso en su mirada.
No puedo evitarlo, cuando da un paso hacia mí retrocedo, pero choco con la pared y me quedo ahí atrapada.
—Una cosa es que te dé morbo acercarte al tío que la policía interrogó…
—No me acer… —empiezo a defenderme, un poco ofendida, pero me interrumpe.
—Pero otra es pretender colarte en un hostal a plena luz del día. Me debes una explicación.
Dejo pasar unos segundos antes de decir:
—No me acerqué a ti por morbo. Y no pretendía colarme en el hostal a plena luz del día. Solo tanteaba el terreno.
Cameron alza una ceja, como esperando que siga explicándome.
—Para venir en otro momento —acabo de confesar.
Mientras hablo, sopeso mis opciones. Hablarle del diario no es una de ellas. Pero quizá puedo ponerlo a prueba de otra manera…
—Hay algo que no cuadra en la muerte de Izíar Garrido —digo.
Observo su reacción con mucha atención. Frunce el ceño, desconcertado. No aparta la mirada ni un segundo cuando pregunta:
—¿Quién?
Sigo estudiando su rostro. Su confusión parece tan sincera como su impaciencia. Continúa esperando explicaciones por mi parte.
—Era una periodista. Hace dos años la encontraron muerta a treinta kilómetros de aquí. Al parecer, había salido a comprar drogas y alguien la estranguló. Se alojaba precisamente en este hostal.
De entrada, Cameron sigue sin reaccionar. Es como si oyera por primera vez los detalles que le acabo de dar. Es decir, que parece que Julieta no llegó a contarle nada. Pero las dudas siguen sin abandonarme.
¿Y si es muy buen actor y me está engañando?
Ya no sé qué pensar de nadie. De él menos todavía, precisamente porque quiero, o mejor dicho, me muero de ganas por creerlo.
Tras esa primera falta de reacción, Cameron se alarma. Da un paso atrás.
—¿Y crees que yo tengo algo que ver con eso?
—En realidad, no. He estado leyendo mucho sobre el caso y no me cuadra para nada que se trate de un robo que acabó mal.
Creo que alguien le hizo daño por otro motivo, no sé cuál.
Y pensé… —Me encojo de hombros—. Cogí el trabajo en la cafetería y me acerqué a ti, Sofía y los demás con la esperanza de oír cosas o haceros preguntas. Quizá sabíais algo más.
Está cogido con pinzas. Con unas pinzas muy finas y endebles, pero necesito que cuele. Me esfuerzo para no retorcerme con inquietud bajo la escrutadora mirada de Cameron, que no sé qué está pensando. Me está estudiando, supongo que decidiendo si me cree o no.
—Es decir —dice al final con una suavidad que es falsa—, me estás diciendo que crees que una mujer no fue asesinada de forma casual y has decidido investigarlo tú sola, no solo arriesgándote a que te detengan por colarte en el hostal, sino a acabar como ella.
Aparto la mirada.
Si lo dice así… Es verdad que suena imprudente, incluso un poco estúpido.
Puede que el enfado por la nota que me han dejado me haya empujado a actuar de forma un poco impulsiva.
Recuerdo el momento en el que Cameron me ha agarrado para obligarme a bajar del muro, el miedo que he sentido al pensar que iban a hacerme daño.
Ha sido horrible. No quiero volver a pasar por algo así ni en sueños.
Sin embargo, ¿qué se supone que debo hacer? Mi situación sigue siendo la misma. No veo ninguna otra opción que no sea seguir adelante.
—Pues sí —le admito a Cameron.
Su expresión se transforma.
No deja de estar enfadado, pero no se molesta en ocultar la preocupación.
—Maia, no puedes hacer esto. Este lugar… No sabes de quién puedes fiarte aquí.
«Lo sé, créeme», pienso, pero mantengo la boca bien cerrada.
—Prométeme que vas a dejarlo —añade.
Aprieto los labios. Podría mentirle y decirle simplemente que me olvidaré del tema. Aunque lo más probable es que vea la mentira.
También puedo decirle la verdad y conseguir que juegue a mi favor.
—No te voy a prometer eso —declaro—. Pero te dejaré que me ayudes a descubrir la verdad.
—¿Disculpa?
—Lo que has oído.
Si Cameron y yo investigamos esto juntos, podré observar sus reacciones. Con suerte, me servirá para concluir si me puedo fiar de él… o no.
Espero, mirándolo como si el corazón no me estuviese latiendo a mil por hora. Veo su incredulidad ante mi propuesta. También el momento en el que cede.
Farfulla una maldición.
—Vale.
Sonrío como si solo fuese una mujer de negocios que acabara de cerrar un acuerdo comercial muy satisfactorio. Intento no hacer caso al cosquilleo que me recorre la piel de todo el cuerpo.
¿Estoy haciendo lo correcto o me estoy metiendo en la boca del lobo?