Capítulo 11
No sé cuánto rato paso mirando la nota, las gotas que resbalan con lentitud por la hoja de papel hasta estrellarse en la pila.
La respiración se me acelera y me cuesta un poco respirar, las manos me tiemblan.
Quiero salir corriendo, quiero pedir ayuda.
¿Y si no he revisado bien la cabaña y resulta que no estoy sola?
No me permito pensármelo. Arranco la hoja de papel de golpe y salgo corriendo de la habitación. Miro a toda velocidad debajo de la cama, dentro del armario. Vacíos.
Después corro a la habitación de papá y hago lo mismo; su baño también está vacío. Bajo las escaleras corriendo y reviso el salón, la cocina, el lavadero. Estoy sola.
Abro la puerta, salgo al porche y observo el bosque que nos rodea. Ni veo ni oigo a nadie.
El terror que sentía remite un poco, pero el alivio enseguida deja paso a la ira.
Arrugo la nota y me encierro en la cabaña de un portazo.
La hago pedacitos y descargo la rabia con ella.
No soporto que hayan intentado asustarme y lo hayan conseguido.
No soporto que me digan qué debo hacer. No soporto no saber qué está pasando ni en quién puedo confiar.
Tiro los trocitos de papel a la basura y me aseguro de que queden escondidos lo más abajo posible para que papá no los encuentre por accidente.
Después descubro que tengo las manos manchadas de rojo.
La sensación de tenerlas cubiertas de sangre me angustia tanto que me las froto con desesperación con agua demasiado caliente.
Cuando por fin no queda rastro de pintura, las dejo debajo de un chorro de agua fría. Quiero quedarme así un buen rato, agradeciendo el cambio de temperatura, pero de repente recuerdo el diario. ¿Y si se lo han llevado?
Regreso corriendo a la habitación y me apresuro a meter la mano detrás de la cajonera del armario. Tanteo el espacio vacío, completamente vacío…
No, ahí está.
Suspiro aliviada. Dejo el diario donde estaba y me siento en la cama, intentando calmarme.
Cuando el miedo y la rabia dejan de ser lo único que siento, me esfuerzo por reflexionar. ¿A qué se refiere la nota? ¿A Julieta, al diario o a Izíar Garrido? ¿Y quién diantres la habrá dejado?
Los primeros que acuden a mi cabeza son Cameron, Sofía y todos los demás.
Les he hecho preguntas a todos sobre Julieta e Izíar, pero estoy bastante convencida de haber sido discreta.
Además, Sofía, Lucas y Alba realmente no parecían saber nada sobre la muerte de Izíar.
Bruno ni siquiera estaba escuchando. Aunque…
¿y si nos oyó? Estaba bastante lejos de nosotros, pero quizá no lo suficiente.
No lo sé. En cuanto a Cameron… ¿Por qué iba a dejarme una nota así ahora y no hace semanas?
¿Y si no es ninguno de ellos, sino que han comentado a otras personas que he preguntado y eso ha llegado a quien no debía?
Un escalofrío me recorre la columna vertebral.
Entonces todavía se me ocurre otra posibilidad. ¿Y si alguien se ha enterado de que me estoy viendo con Cameron y no le gusta porque…?
De nuevo, no tengo ni idea.
Me doblo sobre mí misma y escondo la cara detrás de las manos. Siento que la cordura se me escapa entre los dedos. No es solo por no saber qué hacer o en quién confiar o si estoy alimentando una fantasía.
También es por estar valorando tantas opciones de lo que podría haber pasado.
Si es real o no, si Julieta se suicidó porque no veía ninguna manera en que su vida fuera a mejorar o porque no soportó la presión psicológica de haber visto un asesinato, si Julieta se suicidó o si fue asesinada, si su muerte tiene algo que ver con la de Izíar Garrido o solo es simple casualidad, y un largo etcétera.
Por poder ser, lo del diario incluso podría ser una broma de mal gusto.
A este paso, acabaré poniendo la cabaña patas arriba buscando las cámaras ocultas que demuestren que alguien se está divirtiendo a mi costa.
¿Se sintió así Julieta? Su situación no era la misma, pero ¿llegó un punto en el que ya no sabía qué pensar y… no pudo soportarlo?
Me incorporo de golpe, al mismo tiempo que tomo aire con fuerza.
No.
No me puedo permitir dudar tanto de mí misma. Debo aferrarme a algo que me ayude a guiarme, y en estos momentos lo único que me sirve es mi intuición.
Respiro hondo y me esfuerzo para ordenar mis pensamientos.
Con todo lo que sé, para mí tienen sentido dos teorías distintas.
La primera se explica porque Julieta presenció el asesinato de Izíar y la mataron por ello.
La segunda, en cambio, se basa en que Julieta presenció el asesinato de Izíar, pero acabó muriendo por otro motivo.
Por otro lado, ese cuadrilátero que dibujan Julieta, Cameron, Sofía y Bruno me llama la atención.
En ninguna de las dos opciones contemplo que Julieta se quitara la vida. Me lo dicen las entrañas, no fue así. Me estremezco.
Hasta ahora no había cuestionado la versión oficial sobre su muerte. Hacerlo es demasiado horrible. Que se hubiese suicidado ya sería muy malo, pero que en realidad alguien le hiciera daño y todo el mundo crea que se quitó la vida es espantoso. Injusto.
Me acerco al espejo del baño. Por un momento, la vuelvo a ver a mi lado, mirándome. Nada más, solo mirándome, pero es suficiente para que tome mi decisión: encontraré la manera de hacerle justicia a Julieta. Todavía no sé cómo, pero la encontraré.
Camino por la habitación mientras lo pienso.
Puedo seguir viéndome tanto con Cameron, Sofía y los demás para ver si, poco a poco, logro desentrañar lo que hay, o hubo, entre ellos.
En cuanto a mi primera teoría, descubrir quién mató a Izíar conduciría al asesino de Julieta.
Me quedo inmóvil. ¿De verdad me planteo resolver un asesinato que aún es una incógnita para la policía? Claro que, si las malas lenguas son ciertas, quizá no les ha interesado resolverlo…
Pienso en todo lo que sé hasta el momento, buscando un hilo del que tirar.
Solo se me ocurre uno.
Tengo muy presente la nota que me han dejado, pero que les den.
No he comido, se me ha pasado el hambre.
Salgo de la cabaña, que esta vez me aseguro de cerrar bien, y voy directa al cobertizo.
Cojo la bicicleta que tengo más a mano, es la que tiene las ruedas hinchadas y parece que está en buen estado, y la empujo en dirección al pueblo.
Cuando llego al final de la cuesta, subo a la bicicleta y a cada rato compruebo el teléfono hasta que tengo cobertura y puedo buscar cómo llegar al hostal El Águila.
Está en Sallén, Julieta hablaba de él en su diario.
Me alarmo porque, aunque está a solo dos kilómetros de aquí, tendré que ir por la carretera. Me inquieto al pensar en lo que le pasó a mamá. ¿Y si me acaba sucediendo lo mismo que a ella? A medida que me dirijo a la salida del pueblo, siento que me flaquean las fuerzas. No sé si seré capaz.
Sin embargo, cuando alcanzo la carretera, noto que me voy tranquilizando: es ancha y puedo ir por el arcén. Y, como si los astros se hubiesen puesto a mi favor, el recorrido incluso es bastante plano.
Mientras pedaleo, estoy muy atenta a todos los coches que me adelantan o con los que me cruzo.
Voy en tensión, lista para reaccionar ante cualquier señal rara.
Si algún vehículo se acerca mucho, si alguien me observa demasiado rato, si veo alguna cara conocida.
En algunos momentos me parece oír una moto, pero no llego a verla nunca. Tampoco veo nada extraño.
Quince minutos después, llego a Sallén. El hostal El Águila está en las afueras.
Pasan algunos coches y hay personas por la calle, pero nadie parece prestarme atención.
La moto que he oído antes entra lentamente en el pueblo.
El conductor es irreconocible porque lo cubren el casco y una cazadora.
Mientras ato la bicicleta a una barandilla, lo observo pasar, suspicaz, pero se pierde dentro del pueblo.
El hostal está rodeado por un muro no muy alto.
Empiezo a recorrerlo, observándolo con atención.
Al pasar por delante de la cancela, descubro que, más que un hostal, parece un pequeño hotel.
A través de la acristalada entrada observo que hay una pequeña recepción detrás de la cual está un hombre, concentrado en un ordenador.
Sigo avanzando hasta la parte posterior del edificio, donde hay, más que una calle, un pasillo ancho entre el muro y otro edificio.
Estudio el muro, que es rugoso. Con suerte, la superficie me facilitará trepar por él. Solo quiero echar un vistazo al otro lado. Ver si es una opción viable para venir en otro momento del día, cuando nadie pueda descubrirme… Es decir, en plena noche.
Miro a izquierda y derecha, asegurándome de que no haya nadie cerca…
Salto para sujetarme a la parte superior del muro mientras intento trepar por la pared con los pies. Me resbalo varias veces, pero al fin encuentro un punto de apoyo.
Estoy tan concentrada en seguir ascendiendo que tardo unos segundos en procesar que estoy oyendo pasos. Corren hacia aquí. Antes de poder reaccionar, unas manos tiran de mí. Caigo hacia atrás con un grito.
Unos brazos me rodean, evitando que caiga al suelo, y choco con un cuerpo sólido. Voy a gritar otra vez, pero me cubren la boca. Empiezo a moverme, frenética. Grito igualmente, pero es imposible que nadie me oiga.
—Maia, cálmate. No te voy a hacer daño —dice una voz que reconozco.
Me callo y me quedo inmóvil unos segundos. Cuando vuelvo a moverme para apartarme, los brazos me sueltan con suavidad. Me giro enseguida para encararme a él.
Cameron.
—¡¿Se puede saber qué haces?! —le grito.
Lo admito, estoy un poco histérica. Por un momento he pensado que iban a matarme, que debería haber hecho caso a la nota que me han dejado.
—¿Tú me lo preguntas a mí? —replica, señalando el muro. Aparenta tranquilidad, pero su mirada me dice que está conteniendo el enfado.
Me llevo las manos a la cabeza, todavía intentando superar el susto que me he pegado. Lo empujo con todas mis fuerzas, furiosa, pero solo consigo que retroceda medio paso. Eso todavía me frustra más.