Cuenta atrás para salvarte Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Me pregunto si es por ese mismo motivo que Bruno tampoco se baña. Se queda en su silla, ignorándome. Se enciende un cigarro y se distrae con algo de su teléfono.

Cuando los demás dejan de hacer el payaso en el agua, salen y acabamos hablando de series y también de La isla de las tentaciones , conversación a la que tengo mucho que aportar porque soy una experta.

A la que me doy cuenta, ha empezado a anochecer. Creía que se me haría muy pesado estar tanto rato con un grupo de gente, pero han pasado más de dos horas y apenas me he enterado. Cuando llego a la cabaña un poco después, papá está haciendo la cena.

—Hola, cielo —me saluda—. ¿Hoy también has estado paseando por el pantano?

La culpabilidad me asalta. Papá no sabe que he estado quedando con Cameron. Le he explicado que salía a pasear, pero he obviado que tenía compañía. Al menos hoy puedo contarle la verdad.

—He estado en una de las playas con el grupo que conocí el primer día.

Papá se limita a mirarme un momento, sonriendo como si no le diera más importancia, y dice:

—Muy bien.

Sigue a lo suyo, sin preguntar más. El pobre ya ha aprendido que, cuando lo intenta, me agobio porque lo veo llenarse de esperanzas y salgo corriendo.

Los siguientes diez días son muy extraños.

Por las tardes, quedo o con Cameron o con la pandilla, como los llama papá.

Las horas que paso en la playa de la Calavera o en el parque de los columpios siempre me sorprenden por lo entretenidas que son.

Solo estamos allí, charlando de esto y aquello, bebiendo refrescos o cerveza según el día, jugando a cartas más de una vez.

Estaba convencida de que me aburriría y, sobre todo, de que me agobiaría de pasar tanto rato con un grupo de gente.

Pero es divertido, y me hace recordar lo bien que me lo pasaba con Vero y Paula.

Cada vez que acuden a mi cabeza, me siento como una mala persona.

Aparté de mi vida a mis mejores amigas y no miré atrás.

Y ahora, en realidad, solo estoy pasando ratos con Sofía y los demás hasta que pueda preguntarles por Julieta e Izíar, ¿no?

Mi sensación de ser una desalmada interesada se acrecienta.

Luego está Cameron, el que más sentimientos contradictorios me provoca.

Sé que esconde cosas y sé que debo ser prudente, pero, cada tarde que hemos quedado, debo contenerme para no salir corriendo para encontrarme con él cuanto antes.

Cuando por fin lo veo, siento un vacío en el estómago.

Y entonces esos ojos azules se posan en mí, me dedica esa sonrisa ladeada y se me queda mirando como si se alegrara de verme, pero yo siguiera siendo un misterio para él. Mira quién fue a hablar.

Mientras estamos juntos, no nos tocamos mucho. Es como si los dos lo evitásemos. Yo, desde luego, hago un esfuerzo. No es solo que me dé miedo quedar en evidencia si estoy malinterpretando a Cameron, es que temo que, si en algún momento tengo la oportunidad de acariciarlo, no podré parar.

Estoy bastante convencida de que yo también le gusto.

En su caso, no sé si no da ningún paso porque nota que yo me contengo o si es por otro motivo.

Con él nunca sé qué pensar. Y cada día que paso a su lado es más difícil, porque no se burla de mí por estar en una forma física lamentable, porque sabe lo que es pasarlo mal, porque me gusta su sentido del humor, porque hace cosas como traer una bolsa de palomitas y su tableta con Los juegos del hambre descargada para que hagamos una peculiar sesión de cine en mitad del bosque.

Ese día, cuando termina la película, observo el bosque que nos rodea.

—¿Y se supone que tengo que seguir viniendo aquí sin cagarme de miedo? —me quejo—. Ahora siempre estaré pensando que en cualquier momento alguien me disparará una flecha desde algún árbol.

Cameron se come las últimas palomitas con despreocupación.

—No te preocupes, yo te haré de escudo.

Sé que no hay segundas intenciones en su comentario, pero me quedo mirándolo con una sonrisa.

—Tú serás mi escudo, ¿eh?

Estamos sentados uno al lado del otro, bastante cerca porque era la única manera de ver bien la pantalla de la tableta.

Él asiente. Me mira los labios. Sé que no debo, sé que es una imprudencia, pero me pregunto qué sentiré al besarlo.

Hace mucho tiempo que no beso a nadie, y los labios de Cameron son generosos, de aspecto suave.

Las voces de unos niños que pasan por ahí cerca nos sobresaltan y nos apartamos de golpe. Los dos fingimos que no ha estado a punto de pasar nada.

—Gracias por la película. Ha sido una muy buena idea —le digo—. Aunque ahora quiero ver la siguiente.

—Otro día la traigo.

Las siguientes veces que nos vemos, mantenemos una distancia muy prudente el uno del otro.

Esos días, de vez en cuando, vuelvo a tener la sensación de que alguien me observa.

Siempre es al salir de trabajar, aunque alguna de las tardes que voy a la playa de la Calavera o al parque también me pasa.

Una vez incluso llegué a retroceder unos pasos hasta la esquina, pero, al llegar allí, solo me encontré con una calle vacía.

Habría jurado oír unos pasos, pero podría habérmelos imaginado. Sigo sin saber si estoy paranoica.

Una tarde de casi mediados de julio, cuando el calor ya aprieta mucho, al pisar la playa, me encuentro a Bruno sentado solo en un extremo y a los demás en el otro. Sofía me hace señas para que me siente con ellos.

—Bruno tiene un mal día.

—Ah. —Solo digo eso, aunque pienso: «¿Otro?». Me temo que soy muy transparente, porque los tres hacen una mueca.

—Ya sé que no está siendo nada amable contigo, pero no se lo tengas en cuenta, por favor —me pide Sofía.

—Vale —digo, aunque para mis adentros me reservo el derecho a seguir pensando que es un idiota.

—Bruno siempre ha sido complicado, y con lo que pasó… —dice Lucas.

Calla cuando ve que está hablando de más. Intercambia una mirada con Alba y Sofía, y la primera toma la iniciativa.

—Siempre estuvo muy colgado de Julieta.

—Cuando Julieta… —añade Sofía, aunque es incapaz de acabar la frase—, lo pasó muy mal. Todavía lo está pasando mal, por eso tiene días así.

—Siento que tuvierais que pasar por eso —digo.

Asienten, se quedan en silencio. Yo trago saliva mientras rezo para que no se den cuenta de que me he puesto nerviosa.

Por fin, ¡por fin!, ha surgido la oportunidad de preguntarles por el tema.

Cuando lo hago, tengo que esforzarme por encontrar el equilibrio entre no parecer ni demasiado interesada ni demasiado despreocupada—. ¿Sabéis por qué lo hizo?

Se encogen de hombros con caras largas.

—No nos gusta hablar de ello —replica Sofía con aire triste.

Mierda. No van a contarme nada más. Me muerdo el labio con fuerza, pensando desesperada alguna manera de continuar la conversación. Si no es sobre Julieta, al menos sobre Izíar.

Pero, si ahora les pregunto, eso será extraño. Para que funcione, antes debo darles algo. Al darme cuenta de lo manipulador que sería hacer algo así, pienso que debería frenarme, pero aun así me encuentro diciendo:

—Mi madre murió hace un año. La atropelló un coche.

Desvío la mirada hacia el pantano. No soy capaz de añadir más, pero estoy sorprendida porque me ha costado menos decirlo que otras veces, incluso cuando se lo conté a Cameron.

—Lo siento, es una putada —dice Lucas.

Me encojo de hombros y decido cambiar de tema. Al menos en apariencia.

—¿Os puedo hacer una pregunta que no tiene nada que ver con todo esto? —Ellos asienten, creo que aliviados por el cambio en la conversación—. He estado leyendo artículos y noticias sobre esta zona y… Leí que hace un tiempo encontraron a una periodista muerta a treinta kilómetros de aquí.

—Me suena de algo… —dice Sofía, intentando recordar.

Alba pone cara de no tener ni idea de qué hablo. Lucas parece que se lo esté pensando, pero acaba negando con la cabeza. Me trago una nueva decepción.

—Solo tenía curiosidad y me preguntaba si se había resuelto el caso. No sé si sabéis algo.

Los tres se encogen de hombros.

—Pero, con la policía que tenemos por aquí, tampoco es de extrañar —dice Alba.

La miro, interrogante.

—De vez en cuando se dice que hay algunos policías que no son trigo limpio. Así que a saber de quién te puedes fiar.

Asiento y no insisto. Cambiamos de tema y me esfuerzo por comportarme con naturalidad.

Más tarde, de regreso a la cabaña, siento mucha pena por mí misma porque acabo de chocar con otra pared. He confirmado las dudas de Julieta sobre la policía, pero este grupo no sabe nada de la muerte de Izíar Garrido. Tampoco me van a contar más sobre Julieta.

¿Y ahora qué se supone que debo hacer?

Esa noche y la mañana siguiente estoy muy frustrada. Sonia incluso me pregunta si he dormido mal.

—Hija mía, estás de un serio hoy… —comenta.

El resto de las horas me esfuerzo para que no se me note tanto, pero, después, de camino a casa, voy todo el rato revolcándome en mi propia pena y confusión.

Por eso tardo un poco en darme cuenta de que la puerta de la cabaña está entreabierta.

Frunzo el ceño, extrañada. Papá no ha dicho que fuese a venir antes hoy.

Empujo la puerta con cuidado. Dentro solo hay silencio.

—¿Papá? —llamo.

Nada. Siento un escalofrío. Sé que esta mañana he cerrado la puerta. Miro el cerrojo. Está intacto. De repente, me asalta una duda. ¿He cerrado con llave al salir?

Intento recordarlo, pero no lo consigo. Estaba perdida en mis propios pensamientos y quizá me he despistado. Echo un vistazo prudente a la planta baja, atenta a cualquier cosa o sonido extraños. Nada. La cabaña está en silencio.

Subo las escaleras con la misma prudencia, muy atenta. No parece que haya nadie aquí arriba.

Cuando al fin me convenzo, corro de nuevo abajo para cerrar bien la puerta. Después subo a mi habitación para cambiarme de ropa. Al entrar en el baño, se me escapa un grito.

En el espejo, hay colgada una hoja con una palabra escrita con pintura roja. Todavía está fresca y gotea. Parece sangre.