Capítulo 9 #2
El sonido de una campanita nos interrumpe. Tardo un segundo en darme cuenta de que a Cameron debe de haberle entrado un mensaje. Eso significa…
—¿Tenemos cobertura? —Me falta tiempo para sacar mi teléfono—. ¡Sí!
Antes de que la perdamos, me apresuro a abrir el navegador y pregunto cuánta gente murió por culpa de la peste negra. Le muestro el resultado.
—Mira, listo. Lo dice la Wikipedia , no yo —digo, mostrándole la pantalla de móvil.
—No lo muevas tanto —pide.
Me sujeta por la muñeca para estabilizar mi mano. Mientras lee, intento no fijarme demasiado en lo mucho que me gusta notar su mano envolviéndome el brazo así. Ni siquiera me atrevo a carraspear, aunque sé que sería una manera disimulada de aliviar la tensión.
—Vale, pues parece que tenías razón —dice al fin.
Lo miro con la intención de chulearme un poco, pero descubro que nuestras caras están bastante más cerca de lo que creía. Nos quedamos mirando un momento…, pero los dos nos apartamos a la vez.
—Espero que hayas aprendido la lección y ya sepas que no siempre llevas la razón —digo con una sonrisa repelente.
—Ya sé que no siempre tengo razón. —Se queda un momento pensativo—. Antes sí que lo creía. Siempre estaba muy seguro de mí mismo. Antes… no era consciente de ello, pero creía que siempre tendría la vida a mi favor. Ahora… En fin, no sé si me explico.
—Sí, perfectamente.
Recuerdo la despreocupación con la que vivía antes de lo de mamá, como si no fuese consciente de nada. Ir a clase, salir con mis amigas, viajar con mis padres… Daba por sentado que las cosas siempre fuesen a ser así y que no pudiesen truncarse.
Tras este momento, nos quedamos unos instantes en silencio.
Después seguimos comiendo y charlando de esto y aquello hasta que llega la hora de regresar.
Una vez superado el bochorno, porque tiene que ayudarme a levantarme, Cameron vuelve a acompañarme hasta la cabaña.
La tarde ha sido muy agradable, así que no me da vergüenza decir:
—Creo que te debo una merienda. Aunque mis galletas serán de supermercado.
—Mañana por la tarde tengo lío. ¿Pasado mañana a la misma hora?
—En la roca.
Asiente. Cuando empieza a alejarse, me dice:
—No hagas travesuras, Maia.
Lo miro confundida.
—¿A qué te refieres?
—Tú sabrás.
Entro en la cabaña con el ceño fruncido. Cameron y sus misterios.
Al día siguiente sí que llegamos a vernos cuando Cameron trae el pedido de bebidas a la cafetería.
En ese instante estoy recogiendo un par de mesas, así que puedo observar su habitual expresión arisca, sus gestos bruscos.
Sin embargo, cuando empieza a cruzar la terraza y me ve, todo él se suaviza.
No llega a sonreírme, pero me hace un gesto con la cabeza y me guiña un ojo.
Yo sigo a lo mío, sonrojándome un poco y sintiéndome bastante patética por ello.
Ninguno de los dos hace el gesto de hablar con el otro. Mejor así. Si Cameron está tan mal con todos sus vecinos, en cuanto nos ven juntos empezarán las habladurías.
Al mediodía, cuando salgo de trabajar, camino hacia la cabaña despistada porque la perspectiva de pasar toda la tarde sola y sin nada que hacer no me resulta demasiado atractiva.
Imagino que me tumbaré en el sofá a ver lo que echen, pero por primera vez en mucho tiempo no estoy deseando que llegue el momento. Es extraño.
De repente, un cosquilleo en la parte posterior de la cabeza me hace detenerme.
Tengo la sensación de que alguien me observa.
O quizá solo he oído algo, pero, como iba despistada, no me he dado cuenta.
Me giro y no veo a nadie. Estoy sola en la calle.
Sigo caminando, pero la extraña sensación de ser observada no desaparece.
La tarde del siguiente día llego a la roca cinco minutos después de las seis, pero Cameron no está. Todavía tarda cinco minutos más.
—Pensaba que ya no vendrías —comento. No estoy molesta, tan solo extrañada. Tengo la sensación de que Cameron es de los que avisa si no va a aparecer.
—Perdona —dice, sin dar más explicaciones.
Me fijo en que lleva algo colgando del hombro.
—¿Es una cámara de fotos? —pregunto, curiosa.
—Es una réflex, de mi madre. Antes me gustaba hacer fotos, hacía mucho que no la cogía. ¿Te apetece usarla?
—Claro. Aunque nunca he hecho fotos con una de esas.
Al cabo de un rato, concluyo que ha traído la cámara de fotos para no tener que hablar. Está callado, serio. Me da la sensación de que, si le pregunto si le pasa algo, me dirá que está bien, así que le sigo la corriente.
Lo observo tomar algunas fotografías, aunque a la que me despisto mirando el pantano descubro que me está haciendo fotos a mí. Pongo cara de susto, nunca se me ha dado bien posar para las fotos.
Después me explica cómo usar la cámara y alucino con lo lejos que enfoca el objetivo, que es bastante largo.
En cuanto puedo, le hago fotos yo a él, claro.
Observo el resultado en la pantalla y me maravillo de lo fotogénico que es.
No hay derecho que sea tan guapo. Sinceramente, a su lado me siento un poco adefesio.
Sin embargo, sigo descubriéndolo observándome.
En sus ojos creo adivinar esa mezcla habitual de interés y curiosidad, como si tuviese que descifrar algo sobre mí.
Al final olvidamos comernos las galletas que he traído.
—Tendremos que saborearlas mañana —dice, alzando las cejas en un gesto interrogativo.
—Mañana —asiento. No necesitamos especificar nada más.
Al día siguiente, al salir del trabajo, vuelvo a tener la sensación de que me observan.
Esta vez hay más gente en la calle, una pareja y una familia, pero van a lo suyo.
Ellos no me miran, pero algo me dice que hay alguien que sí lo está haciendo.
Pero sigo sin ver a nadie más. No sé de dónde sale esta sensación.
Estaré un poco paranoica por lo de Julieta e Izíar Garrido.
Pero no tengo motivos, nadie sabe que he encontrado el diario.
Sin embargo, cuando llego a la cabaña, compruebo que el diario sigue donde lo escondí, detrás de la cajonera del armario. Sí, continúa allí.
Esa tarde le pido a Cameron que volvamos a subir a la roca desde la que hay esas vistas tan espectaculares del pantano.
—Vale, me arrepiento mucho de habértelo pedido —confieso cuando llegamos arriba y jadeo tanto que parezco un caballo.
—Has insistido tú en ir a este ritmo —me recuerda.
—Ya… Es que no puede ser esto de estar en tan mala forma, ¿no? —comento mientras muevo mi camiseta para airearme—. Si no, tendré treinta años y pareceré una abuela de verdad.
Mi comentario llama la atención de Cameron.
—¿Dónde te ves a los treinta años?
La primera respuesta que acude a mi cabeza es: «En el sofá, viendo La isla de las tentaciones ».
—No lo sé —digo en cambio. Después, no sé por qué, admito—: Llevo tiempo evitando pensar en el futuro. ¿Tú?
—Lo mismo. No le doy vueltas.
Se sienta. Lo observo, parece relajado. Quizá lo suficiente como para poder plantearle alguna pregunta… Dudo. Sé que es arriesgado. Quizá se lo tome mal. O quizá entonces él me haga las mismas preguntas a mí, preguntas que no tengo interés en contestar. O quizá, quién sabe, me salga bien.
Tras otro gesto indeciso por mi parte, me siento a su lado.
—¿Es por lo de Julieta?
Durante unos segundos, Cameron no reacciona. Sigue mirando el horizonte. Después desvía la vista hacia el suelo.
—No quiero hablar de ella.
No lo dice enfadado ni tenso, pero el tono es definitivo. No cambiará de idea.
—Vale —respondo enseguida.
¿Qué voy a decirle? Yo tampoco estoy dispuesta a hablar de mamá, no puedo quejarme.
Me doy cuenta de que no voy a conseguir que Cameron cambie de opinión.
Al menos, no en el poco tiempo que tengo.
Los días van pasando y no quiero que termine el verano sin decidir qué hacer con el diario.
Por ahora he conseguido enterrar el agobio y la preocupación en un rincón de mi cerebro, pero no sé cuánto más podré mantenerlos ahí.
Por mucho que me guste la compañía de Cameron y por mucho que me guste él, sigo sin saber si se encierra en sí mismo porque está traumatizado o porque esconde algo.
Además, cuando empiezo a darle vueltas a eso, siempre me acabo planteando lo mismo: si Julieta lo quería tanto, ¿por qué no confió en él?
Paso el resto de la tarde disimulando la frustración y el desánimo. Cuando llego a la cabaña, voy directa al armario de mi habitación y rescato el diario de su escondite. Releo la angustiosa entrada del asesinato, al final de la cual dudaba de su propia cordura. La entiendo tanto…
Paso la página con la absurda esperanza de que algo haya cambiado en las siguientes entradas, pero siguen ilegibles. Al menos las dos primeras. Sin embargo, la tercera… Parece que no esté tan estropeada, pero continúo sin entender nada.
Se me ocurre una idea.
Saco el teléfono y hago una foto a una parte de la página. Después voy al editor de fotos y manipulo los valores de nitidez de la imagen. El cambio no es milagroso, pero con esfuerzo creo distinguir las primeras palabras: «Creo que sé…».
Por un momento se me corta la respiración.
Esperando que signifiquen lo que yo creo, sigo haciendo fotos y editándolas.