Cuenta atrás para salvarte Capítulo 9
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Capítulo 9

Cameron

Maia

Maia

Cameron

Cameron

¿Invierno o verano?

Maia

Primavera

Cameron

No, elige entre invierno o verano

Maia

Un poco de cada uno

Cameron

Mujer imposible

Maia

Lo sé, ¿y tú?

Cameron

Me encanta la nieve

Maia

¿Para esquiar o para hacer muñecos de nieve?

Cameron:

Un poco de todo

Me lo he pasado bien esta tarde

Maia:

Yo también

Cameron:

¿Crees que tendrás agujetas mañana?

Maia:

Esa pregunta es muy personal

Cameron:

Jaja. Hay una playa pequeña cerca de tu cabaña. El camino es plano

Maia:

¿Una playa para bañarse?

Cameron

Ya no me baño en el pantano. Pero creo que te gustará

Maia

Ok

Cameron:

¿A las 18 h en la roca?

Me estoy metiendo en un juego peligroso.

Estoy tumbada en la cama, apoyada sobre los codos, leyendo el último mensaje de Cameron.

Ya sé que le voy a contestar que sí porque no veo otra manera de conseguir información sobre Julieta, igual que sé que debo ser prudente con él.

Pero esta tarde he descubierto que me gusta demasiado su compañía.

Creo que a él también le gusta pasar el rato conmigo.

Contesto a su mensaje: «Ok».

Dejo el móvil y recuerdo algunos momentos de esta tarde, cuando me ha dado la mano para ayudarme a subir, cómo ha cambiado su cara las pocas veces en que se ha reído, cómo me miraba. Suspiro. Sí, son recuerdos demasiado agradables.

No son ni las once, pero estoy tan cansada de trabajar y de las excursiones de hoy que me duermo sin darme cuenta.

Por la mañana, cuando me siento en la cama para levantarme, descubro que, efectivamente, tengo agujetas.

Y encima son nivel desastre absoluto. Cada paso que doy es una tortura.

Cuando empiezo a bajar los escalones hacia la cocina, casi ruedo por las escaleras porque es como si mis músculos se negaran a trabajar para doblar las piernas.

Suerte que estoy sola, porque con cada movimiento se me escapa un gemidito ridículo.

Para ir a trabajar, tardo en recorrer la cuesta del camino hasta el pueblo el doble de lo normal. En plano la cosa mejora, pero sigue costándome mover las piernas. Esto es horrible, ¿desde cuándo las agujetas pueden llegar a doler tanto?

Por suerte, durante la mañana me voy encontrando mejor.

Eso sí, cada vez que tengo que agacharme a recoger alguna cosa que se haya caído al suelo, necesito sujetarme a lo que tenga a mano para poder levantarme.

Solo pido que nadie se dé cuenta. Al menos hoy Cameron no reparte aquí y no corro el peligro de que me vea.

Cuando, a las seis de la tarde, llego a la roca donde nos hemos encontrado dos veces, ya me está esperando. Sonríe al verme, aunque me sigue mirando de esa manera curiosa, como si intentara descifrar algo sobre mí.

—Hola —saludo.

—¿Lista?

En realidad, no. Mis piernas piden a gritos quedarse quietas durante varios días, pero no pienso decirlo en voz alta.

Así que asiento. Sin decir nada más, Cameron se carga la pequeña mochila que lleva a la espalda y se pone en marcha.

No mintió, avanzamos un par de minutos en silencio por un tramo del sendero totalmente plano.

Él abre el camino. Cuando coge un desvío hacia otro camino más cercano a la orilla, también plano, se gira un momento.

—Hay una leyenda en esta zona sobre una bruja. ¿La conoces?

Niego con la cabeza. Él vuelve a mirar hacia adelante.

—Había una mujer mayor que vivía en el bosque. La típica que conocía todas las plantas y remedios, y a la que todos acudían cuando se encontraban mal, pero también le tenían un poco de miedo.

—¿Por qué?

—Vete a saber. ¿Porque se atrevía a vivir sola en el bosque? ¿Porque sabía muchas más cosas que ellos? Lo típico. Y entonces llegó la peste negra y la acusaron de haberla provocado.

—¿Esto es una leyenda o es real? Porque a mí me suena muy real —digo sin esconder la mala leche. Siempre que oigo historias sobre las cazas de brujas, me pongo negra.

—Yo te diría que la primera parte es real. A ver qué te parece la segunda —sugiere—. Convencidos de que era una bruja que había creado la peste, la arrastraron por el bosque hasta el pueblo y la ataron a una pira y le prendieron fuego.

—Sigue sonando muy real. Y desagradable.

—Pero, al parecer, mientras el fuego la envolvía, ella solo sonreía.

Cuando el fuego quemó las cuerdas que la ataban, descendió de la pira, desnuda porque las ropas también se le habían quemado.

Cogió una de las ramas más largas de la pira, que parecía el palo de una escoba.

—Cameron se detiene y se gira para acabar la historia—.

Miró a todos los que allí había y les gritó con su voz de bruja: «¡Yo os maldigo!

Por lo que me habéis hecho, moriréis todos».

Se fue volando en su escoba improvisada y todos los habitantes de este pueblo y de los de alrededor murieron por la peste, que se extendió por toda Europa.

Cameron sigue andando y lo imito.

—Esa leyenda da muy mal rollo. Y seguro que se inventaron lo de salir volando solo para no admitir que habían matado a una mujer inocente —observo.

—Me contaron esa leyenda de pequeño y tuve pesadillas durante un par de noches.

—Normal —digo—. Pero eso de que la peste empezó aquí…

—Sí, lo sé, la peste negra vino de Asia y entró por…

—Por Italia —le informo—. Se calcula que entre Europa y Asia mató entre ochenta y doscientos millones de personas.

—Eh… No, fueron unos veinte millones.

Miro al cielo, aunque principalmente veo las copas de los árboles, mientras repaso los datos en mi cabeza.

—Eso fue durante la Primera Guerra Mundial.

Cameron se detiene de forma brusca y me clava la mirada.

—Estás equivocada —dice tras unos segundos—. Es al revés.

—No lo estoy.

—¿Cómo estás tan segura?

—He visto muchos documentales —digo sin entrar en más detalles. Es mejor decir que has visto documentales en vez de la verdad, que es que el algoritmo de Instagram te dispara publicaciones de curiosidades históricas sin parar. Y este último año me ha dado para ver muchas publicaciones.

—Documentales —dice. Como si le supiera mal por mí, añade—: Pues no sé de dónde sacan sus datos, pero están mal.

—Que no. Que la peste negra fueron entre ochenta y doscientos millones. Y en la Primera Guerra Mundial solo veinte —insisto.

—¿ Solo veinte millones? ¿Te parecen pocos?

Sé que me está provocando, pero pongo los ojos en blanco igualmente. Saco el teléfono para buscar los datos y demostrarle lo equivocado que está. Mierda, no tengo cobertura.

—¿Tú tienes cobertura?

Mira su teléfono y niega con una sonrisa.

—Eso es porque tengo yo razón.

—¡Que no! ¿Siempre eres así de tozudo?

—Mira quién habla.

—Yo no soy tozuda…

—¿Seguro? —me interrumpe con una sonrisilla pedante.

—A ver, a todos nos gusta llevar la razón, ¿no? Pero en este caso…

Avanzamos mientras Cameron sigue insistiendo en tener la razón y no para de burlarse de mí, y yo me desespero y soy incapaz de parar de sonreír.

Así seguimos cuando llegamos a nuestro destino, una pequeña playa muy acogedora y vacía.

Desde aquí se divisan otras pequeñas playas en la orilla contraria.

Juraría que en una de ellas hay varios puntitos que corresponden a Sofía y compañía.

—¿Qué te parece? —me pregunta.

—Está genial.

—He traído merienda.

Lo miro, sorprendida. Al instante me siento un poco mal, a mí ni se me ha ocurrido traer algo.

—No es nada especial —dice al ver mi expresión.

Se sienta en el suelo cubierto de pequeñas piedras y empieza a abrir la mochila. Voy a imitarlo, pero descubro que mis estúpidas agujetas siguen impidiéndome doblar las piernas con normalidad. Sin ningún tipo de sujeción, me caeré de culo y encima me iré quejando del dolor todo el camino.

—¿Qué pasa? —me pregunta Cameron al ver que dudo.

—Eh…

Algo debe de transmitir mi cara porque su expresión pasa de la curiosidad a la picardía.

—Tienes agujetas.

Cierro los ojos, muerta de vergüenza.

—Tienes muchas agujetas —añade.

—Tengo tantas que no creo que pueda sentarme sin hacer el ridículo —admito.

Cameron resopla, divertido, mientras se pone en pie y se coloca delante de mí.

—Ven, que te ayudo.

Hace un gesto para que extienda las manos. Cuando lo hago, me sujeta por los antebrazos. No sé si es de manera consciente, pero me acaricia la piel por el camino. Se me pone la piel de gallina… hasta que dice:

—Venga, abuelita.

—Oye, que te den —intento espetarle, pero es difícil porque me estoy riendo a la vez. Me dejo caer y él aguanta mi peso hasta que estoy sentada en el suelo, mordiéndome el labio para no maldecir en voz alta por el dolor. Todavía me queda un poquitín de orgullo—. Gracias.

Él hace un gesto para quitarle importancia y vuelve a sentarse.

—Cada inicio de temporada de baloncesto me pasaba lo mismo —comenta mientras sigue abriendo la mochila.

—¿Jugabas a baloncesto? —pregunto, aunque sé la respuesta.

—Sí. Ahora ya no.

No añade nada más y se nota que no quiere hacerlo. De la mochila saca un par de vasos de aluminio, un termo y una fiambrera. Espero, curiosa por saber qué hay dentro.

—¿Te gusta el zumo de manzana?

—Me encanta.

Cameron me pasa los vasos y el termo para que lo sirva, y abre la fiambrera. Dentro hay unas cuantas galletas de mantequilla, claramente caseras.

—¿Las has hecho tú? —pregunto asombrada.

—Si las hiciera yo, estarían quemadas o algo peor —dice, ofreciéndome una.

—Está buenísima —lo elogio cuando le doy un mordisco. No lo digo por decir.

—Pues no te lo vas a creer, pero las ha hecho mi padre.

—¿En serio?

Me quedo callada, intentando visualizar al hombre que aparecía en televisión y en la cafetería horneando unas galletas. No, no parecen imágenes compatibles.

—Era una receta de mi abuela —añade Cameron.

—Creo que tu padre fue a la cafetería el otro día —digo.

No admito que sé que era él porque lo vi en ese reportaje.

Eso supondría dar muchas explicaciones. También pondría sobre la mesa el mal rollo entre sus padres y los de Julieta, y todavía me parece pronto para algo así—.

Lo pensé porque os parecéis mucho. Iba con… ¿Tu madre es rubia? ¿Británica?

Cameron asiente.

—A veces se pasan por allí.