Cuenta atrás para salvarte Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Señala un caminito que se desvía de nuestro sendero. Suspiro al ver que va cuesta arriba y está lleno de rocas que casi parece que estén dispuestas para crear escaleras.

—Lo que sea por unas buenas vistas —digo con resignación.

—Iremos poco a poco. No tenemos prisa.

—¿Llevas linterna? Porque a mi paso se nos puede hacer de noche.

Se ríe con suavidad y tengo que recordarme que no es oportuno quedarme maravillada por cómo se transforma su rostro. Y eso que parece que se contiene, que no está dispuesto a relajarse del todo.

—No está tan lejos —aclara, tendiéndome una mano para ayudarme a subir el primer escalón de rocas.

Por un momento me siento tentada de aferrarme a mi orgullo y no aceptársela.

Tengo que ser capaz de subir yo sola esa altura.

Aunque es verdad que es un primer escalón muy alto, que estoy cansada de mi caminata anterior, y que las probabilidades de que me falle la pierna y me meta un castañazo son muy elevadas.

Como prefiero aceptar ayuda antes que partirme los dientes, cojo su mano. Vuelvo a encontrarme con esa piel cálida y un poco áspera. Un cosquilleo demasiado agradable nace en mi propia mano y me recorre el cuerpo entero.

Cuando estoy arriba, no me suelta enseguida, sino que se queda un momento mirándome, el ceño un poco fruncido, hasta que me suelta la mano de golpe y sigue ascendiendo.

Avanzamos en silencio un par de minutos. No va muy rápido.

—Si necesitas parar, dímelo —me ofrece en cierto momento.

—Voy bien. —Es verdad.

Debo de convencerlo, porque vuelve a darme conversación.

—Eres de Madrid, ¿no?

—¿Tanto se me nota?

—Bueno, tienes un aire a chica de ciudad. —Capto la broma en su voz, pero aun así me quedo perpleja. No sé si me gusta esa manera de definirlo.

—¿Un aire?

—Sí, se te nota. ¿Tú no piensas de mí que tengo aires de pueblerino?

—Joder, no.

La carcajada de Cameron resuena por el bosque. Es lamentable lo orgullosa que me siento por haberle hecho reír así.

—En realidad, yo también soy madrileño. Nos vinimos aquí hace… unos diez años. Mis padres querían algo más tranquilo.

Me quedo parada un momento, sorprendida por la coincidencia.

—¿Por dónde vivíais?

—En Salamanca.

Ahora directamente me quedo boquiabierta. Ya sé que no es ninguna novedad que los padres de Cameron tienen dinero, pero el barrio de Salamanca… Cuando se da cuenta de que me he detenido, Cameron me imita y se gira.

—¿Qué pasa?

—¿Qué haces trabajando de repartidor?

Divertido, Cameron cruza los brazos delante del pecho, regalándome una visión muy interesante de sus músculos.

—¿Estás diciendo que cierto tipo de trabajos solo pueden hacerlos cierto tipo de personas? A eso se le llaman prejuicios, ¿no?

Lo fulmino con la mirada, aunque no estoy molesta.

—Sabes que no me refiero a eso. Solo me pregunto si alguien que vivía en el barrio de Salamanca necesita un trabajo en el que seguro que no le pagan muy bien.

—Mi familia perdió todo su dinero.

Abro la boca mientras siento que me sonrojo por la vergüenza.

—Lo siento, yo… —empiezo a disculparme, horrorizada por mi metedura de pata. A la vez mi cerebro balbucea que cómo es posible, si su padre tiene un montón de negocios por la zona.

Entonces Cameron sonríe y me doy cuenta de que me está tomando el pelo.

—Eres un idiota.

—Lo sé —afirma con todo el morro. Después añade—: Lo único que pasó es que decidí que pasaba de ir a la universidad, mis padres se cabrearon y me dijeron que tenía que trabajar. Creo que ellos tenían otra cosa en mente, pero escogí esto.

Seguimos subiendo.

—¿Y tú cómo has acabado trabajando en la cafetería? —pregunta entonces—. Creí que estabas aquí de vacaciones.

—Sí, pero me aburría.

Me alegro mucho de que no me esté mirando y no vea mi aire culpable al mentirlo. Me salva del momento el último de los escalones, que desembocan en una gran roca, plana, que parece un mirador natural al pantano.

—Hala —se me escapa.

—Buenas vistas, ¿eh? —dice, sentándose en el suelo.

Decir que las vistas son buenas es quedarse corto. Son impresionantes. Desde esta altura puede verse todo el pantano, lo increíblemente extenso que es y lo hermosos que son los bosques que lo flanquean.

Me siento a su lado y estamos un buen rato en un silencio cómodo, observando el paisaje. Respiro hondo, dejo que la paz que respira el lugar se filtre por mi piel.

—¿Te gustaría volver a vivir en Madrid? —le pregunto.

—Antes tenía clarísimo que no. Me encantaba vivir aquí.

—¿Ya no?

La expresión de Cameron se ensombrece. Rasca algo del suelo.

—Aquí todo el mundo tiene secretos. Y mira el pantano. Parece tan bonito, pero…

—Sus aguas son muy oscuras —termino por él.

—Exacto.

Intercambiamos una mirada de complicidad.

—Es bonito, pero tiene algo inquietante —añado.

Volvemos a quedarnos en silencio. De reojo, veo que de vez en cuando me echa vistazos. Al final lo miro.

—¿Qué?

—Nada.

—Venga ya.

—Me preguntaba qué haces cuando estás en Madrid. Intentaba adivinarlo.

Se me escapa una mueca de vergüenza. No me apetece que se entere de que llevo un año sin hacer nada.

—Mejor hablemos de otra cosa —pido, ignorando su mirada sorprendida—. ¿Qué ibas a estudiar en la universidad?

—Administración y Dirección de Empresas. Pero me he dado cuenta de que solo lo habría hecho por mi padre. Como tiene todos sus negocios… No creo que me hubiese gustado mucho.

—¿Te gustaría estudiar otra cosa en algún momento?

Mira al horizonte y se encoge de hombros.

—No me lo planteo —replica—. ¿Tú no estudias?

—Eh… No. Iba a estudiar Medicina, pero… —Voy a contárselo. No me puedo creer que vaya a hacerlo, pero es lo que quiero. Aun así, se me hace un nudo en la garganta. Encojo las piernas y me las abrazo, sintiéndome muy pequeña. Soy incapaz de mirarlo cuando digo—: Mi madre murió y…

Y ya no puedo añadir más. El nudo en la garganta crece, los ojos se me humedecen y me cuesta una barbaridad controlar las lágrimas. No me atrevo a apartar la mirada del suelo.

—Lo siento —dice con suavidad.

Asiento. Cuando consigo poner bajo control mis emociones, me atrevo a mirarlo.

—Siento lo de Julieta.

Nos dedicamos sonrisas tristes, llenas de dolor, comprendiéndonos muy bien el uno al otro.

Sin embargo, los dos rompemos pronto la conexión.

No creo que sea solo porque nos conocemos poco, también porque los dos somos conscientes de que hay cosas que no nos estamos contando. Desde luego, yo tengo secretos.

—Oye, una pregunta —dice.

Lo miro con curiosidad. Duda, parece que se lo esté pensando.

—¿Eres más de playa o de montaña?

Me río. Veo que esta es su manera de ser habitual: parece que va a decir algo muy serio y sale con alguna tontería. Decido seguirle la corriente porque agradezco que aligeremos el ambiente. Pienso la respuesta.

—Pues fíjate, hace unos días te habría dicho playa. Pero venir aquí hoy me ha recordado lo mucho que me gusta estar en la montaña. Es… No sé. Tiene una energía especial.

—Buena respuesta.

—Lo sé —digo, fingiendo soberbia—. Ahora tú. ¿Carne o pescado?

—Eso ni se pregunta. Carne, por supuesto. ¿Taylor Swift o Imagine Dragons?

—Taylor Swift hasta el fin de mis días. ¿ Los juegos del hambre o Crepúsculo ? Me refiero a las películas.

Cameron se parte de risa.

—Las películas de Crepúsculo son muy viejas. Además, ¿tú las has visto?

—En realidad, no he visto ninguna, así que no puedo opinar. Pero sabes que Crepúsculo sigue teniendo muchos fans.

—¿No has visto Los juegos del hambre ? ¿En serio? —me pregunta, asombrado.

—No. ¿Fútbol o baloncesto?

—Baloncesto, siempre. ¿Pavo o jamón york?

Me río y niego con la cabeza.

—Esa no te la voy a contestar.

—Venga ya. —Se inclina un poco para hacer chocar nuestros hombros con suavidad—. Por favor, no me tortures.

Le devuelvo el gesto.

—No.

De repente, me doy cuenta de que estamos flirteando. Creo que a él le sucede lo mismo, porque nos separamos. Yo me froto un ojo, él se pasa la mano por el cabello. Carraspeo.

—Debería ir a casa. Gracias por enseñarme este lugar.

—No hay de qué.

Nos ponemos de pie. Lo lógico sería que echáramos a andar para deshacer el camino, pero nos quedamos mirando. Me pierdo en esos ojos tan azules. Después me fijo en sus labios.

Aparto la mirada de golpe. Dios mío, creo que estaba pensando en besarlo. Y me atrevería a decir que su expresión era parecida.

¿Qué me pasa? Estaba tan cómoda que me he olvidado por completo de que Cameron podría tener algo que ver con la muerte de Julieta. Que podría estar escondiendo algo. Que me he acercado a él para intentar encontrar información, algo que me ayude a decidir qué hacer con todo lo que he descubierto.

—Hay otros sitios por aquí que están muy bien. Puedo enseñarte alguno más —se ofrece.

El corazón se me acelera. Estudio su expresión. Es… No veo malas intenciones en ella, pero tampoco es del todo abierta. Él sigue envuelto en sombras.

—¿Me das tu móvil? —pide—. Así nos será más fácil quedar.

—Eh, sí, claro. Aunque en casa tengo muy mala cobertura.

Intercambiamos los números de teléfono.

—¿Dónde os alojáis? —pregunta entonces.

Con toda la indiferencia que soy capaz de reunir, contesto:

—En una de las cabañas de aquí abajo. En la primera una vez que sales del pueblo.

Cameron se queda un momento inmóvil.

—¿En serio?

—¿La conoces?

Un instante de pausa. Carraspea y desvía la mirada para contestar:

—Sí, de pasar por delante.

Emprendemos el camino de regreso en silencio y apenas volvemos a intercambiar unas pocas palabras. Cameron me acompaña por el camino, hasta que nos detenemos cerca de la cabaña.

—Pues… Nos escribimos para quedar —digo.

—Hecho.

Nos damos la espalda y me prohíbo girarme para mirarlo.

Yo no he dicho que sé a quién pertenece la casa.

Él tampoco. Es más, creo que ha mentido. Estoy convencida de que estuvo ahí más de una vez con Julieta.