Cuenta atrás para salvarte Capítulo 8
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Capítulo 8

C onocí a Izíar Garrido el primer día de clase del grado de Periodismo. Desde el principio, nos dejó a todos claro que nunca aceptaba un «No» por respuesta y que cuestionaba sin piedad las informaciones oficiales. Para ella, siempre había algo más por descubrir, algo escondido.

Creo que llamarnos amigas sería ser poco precisa. Éramos compañeras de profesión y, a lo largo de nuestras carreras, nos hemos ido reencontrando a pesar de que yo me especialicé en política, y ella, en narcotráfico y casos de corrupción.

Izíar era brillante y despiadada en su trabajo, de las mejores, pero su gran capacidad para recabar información siempre estuvo acompañada de ese constante cuestionamiento.

Tras dos metidas de pata que ella misma admitió, le cayó la etiqueta de «conspiranoide».

Estos días leo en algunos artículos que la tachan de haber sido una periodista poco rigurosa.

Las personas que escriben eso se olvidan convenientemente de mencionar que Izíar fue la primera en destapar las primeras señales del mayor caso de corrupción que ha azotado nuestro país y que, más adelante, otros medios se atribuyeron el mérito de haberlo descubierto.

Hace menos de un mes tomé un café con ella y me comentó que quería hacer las cosas de otra manera, intentar no dejarse llevar por esa necesidad de cuestionarlo todo que tantos problemas le había causado.

No estaba pasando por un buen momento, ni profesional ni personal.

De hecho, según contó a sus padres, quería ir a pasar un par de meses en el hostal El Águila de un pueblo llamado Sallén para desconectar, cargar las pilas y entrar con fuerzas en una nueva etapa de su vida.

Me consuela pensar que vivió sus últimos días en un lugar tan entrañable como Sallén, en un hostal cuyas fotografías transmiten calidez.

Me desespera que no pidiera ayuda a nadie y saliera a comprar droga ella sola en un lugar solitario y desconocido, donde acabó topándose con la persona o las personas equivocadas. Nadie sabía de una adicción que la autopsia confirmó.

A la espera de que la policía haga su trabajo y encuentre al culpable de su muerte, me frustra que lo único que puedo hacer yo es escribir sobre ella.

Al menos me queda el hacerlo de la manera más justa posible.

Sé que este no es el típico obituario. Podría haber escrito un texto en el que solo hablara de sus bondades y obviara sus problemas, pero me consta que Izíar lo habría odiado.

Va por ti, Izíar. Allí donde estés, descansa en paz.

Me olvido del cansancio y deshago el camino tan rápido como mis piernas me lo permiten.

Una voz en el fondo de mi cabeza intenta advertirme de que estoy siendo demasiado impulsiva, de que debería pensármelo mejor, pero la aplasto y la destierro a un rincón lejano.

Me obligo a caminar más rápido, no quiero dejar ir la oportunidad.

Cuando tengo claro que no me perderé, atajo a través del bosque hasta que encuentro el sendero y lo recorro en dirección a la roca. Cameron sigue allí.

No sé qué lo alerta de mi llegada, si mis pasos o mi respiración escandalosa, pero enseguida se gira y me clava la mirada.

Me detengo con un respingo. No es la primera vez que me fijo en el intenso color azul de sus ojos, pero sí es la primera que me siento fascinada por ellos.

Teniendo en cuenta que no sé si me puedo fiar de él (sobre todo después de lo que leí en el diario), no hay quien me entienda.

De hecho, en vez de ser prudente y esperar a hablar con él cuando haya más gente a nuestro alrededor, me quedo ahí plantada.

—Hola —saludo, todavía jadeando.

Como respuesta, él me observa con los ojos entrecerrados, como si sospechara que traigo conmigo intenciones ocultas. No le falta razón, pero finjo no darme cuenta.

—Quería pedirte disculpas por… —Respiro un par de veces—. No debí hacer caso a nadie sin saber exactamente de lo que hablaban.

Esto es de lo que me he dado cuenta cuando he visto a Cameron desde lo alto.

He estado intentando acercarme a él como si no hubiese pasado nada, pero yo vi claramente que lo ofendía.

Sigo sin comprender por qué se molestó tanto conmigo, que apenas me conoce, pero en un caso así parece claro que es necesaria una disculpa.

Me observa unos instantes.

—Vale, pero respira —dice.

Se me escapa una risita, muerta de vergüenza, y me doblo sobre mí misma y apoyo las manos en las rodillas.

—Sí, gracias —farfullo. Estoy agotada y no consigo recuperar la respiración. Tenía tanta prisa por llegar aquí antes de que se fuera que no se me ha ocurrido pensar en mi penosa forma física—. Vale, un momento.

Me siento en el suelo con la espalda apoyada contra un árbol. Nos quedamos en silencio mientras me recupero y… se produce un minuto curioso.

Intento mirar hacia el pantano, pero mis ojos se desvían una y otra vez hacia Cameron.

¿Cómo no hacerlo? Está ahí sentado, tan cómodo con su cuerpo, tan guapo, tan…

prohibido. Él hace lo mismo. Observa el agua, pero, sin ningún tipo de reparo, va girando ese rostro perfecto para estudiarme con lo que parece abierta curiosidad.

Vamos que puede decirse que durante largos momentos nos dedicamos a mirarnos el uno al otro.

Pero, mientras que a mí se me escapa una sonrisa de timidez porque estoy intentando llevarme bien con él, Cameron se mantiene serio.

Tengo la sensación de que me está dando una tregua antes de seguir con el combate.

Cuando por fin siento que vuelvo a ser persona, reparo en que debo de llevar el cabello apuntando hacia todos los lados posibles. Me rehago la coleta con rapidez y respiro hondo, recuperada. Como si mi respiración normal fuese un pistoletazo de salida, me pregunta:

—¿Ya te han dado los detalles de por qué soy una compañía poco recomendable?

No esconde que está molesto, ni la mezcla de burla y desdén en su tono voz.

Me sorprendo por lo directo que es, pero a la vez me gusta.

—No todos —admito.

Cameron se limita a asentir. Sé lo que me gustaría decir a continuación, pero me detengo a valorar si es arriesgarme demasiado o si lo puedo hacer pasar como una deducción mía. Decido confiar en mis dotes de disimulo.

—Por lo que me han contado… —Carraspeo. Lo siguiente lo digo con suavidad—. Julieta y tú estabais saliendo, ¿no?

Cameron se queda inmóvil unos instantes, petrificado. Después vuelve a clavarme la mirada.

—Eres la primera que me lo pregunta.

—Bueno, es que algunos detalles… Supongo que me llamaron la atención.

Él asiente.

—Sí, era mi novia —admite sin mirarme.

Por un momento, veo tal desolación en su rostro que me siento culpable por haber sacado el tema.

Ni siquiera puedo imaginar lo que debe de ser que tu pareja muera y el resto de gente piense lo peor de ti.

Si es que es eso, claro. Cameron podría estar fingiendo.

Hay que decir que, si ese fuese el caso, significa que es muy buen actor.

—¿Qué haces aquí, Maia? ¿No me tienes miedo? —me pregunta con su estilo directo, todavía sin mirarme.

—¿Debería tenértelo?

Cameron vuelve a observarme con curiosidad, pero también con algo de reparo, y no contesta.

Recuerdo cómo me miró el día en que nos conocimos. Ahora que ya sé de dónde venía su sorpresa, no puedo evitar preguntarme si por eso me contempla así ahora. ¿Es porque le recuerdo a Julieta?

Pensar en que nos pueda estar comparando no le sienta muy bien a mi autoestima. Siempre he sabido que mis rasgos son muy normales, nunca seré tan guapa como ella. Estoy siendo superficial, lo sé, pero no puedo evitarlo.

—No vayas contando por ahí que Julieta era mi novia —suelta de repente.

La manera de decirlo no es agresiva, pero desde luego no me lo está pidiendo por favor.

—Claro.

Estoy recibiendo vibraciones bastante claras de que Cameron no me quiere aquí. Disimulo la mezcla de emociones que se me acumulan en el pecho. Derrota, porque no voy a averiguar nada más; decepción, por no ser suficiente; y un poquito de humillación. Me pongo de pie.

—Bueno, no quería molestarte. Solo quería disculparme. —Hago un gesto de despedida con la mano—. Adiós.

—No me molestas.

Ni siquiera intento esconder el escepticismo.

—Es solo que… —empieza a decir al ver mi expresión.

Decido ser directa yo también.

—¿Es porque te recuerdo a ella? He visto fotos.

Cameron alza las cejas. Carraspea antes de responder:

—Es cierto que tenéis un parecido. Pero no os parecéis. Tú y yo hemos hablado muy poco, pero creo que sois bastante distintas. —Una pausa—. Así que no, no es eso. Es que… —resopla y deja caer la cabeza un momento con aire de perdedor—. Cambiemos de tema. ¿Qué te parece Bolcáriz?

Vale, no me esperaba un cambio de asunto tan radical, pero le sigo la corriente.

—Bonito. Pequeño.

—Muy pequeño. —Sonríe.

—Pero creo que me gusta más lo que hay fuera. —Señalo con la cabeza hacia el pantano, el bosque.

—A mí me pasa lo mismo. —Su mirada se pierde un momento mientras observa las tranquilas aguas. Entonces me mira—: ¿Te apetece que te enseñe un sitio con buenas vistas?

Su ofrecimiento consigue sorprenderme otra vez. Intento que no se me noten las dudas, que me estoy preguntando por enésima vez si es de fiar y recordándome que, hasta el momento, no ha hecho nada que me haga desconfiar. Asiento.

—Por favor.

Se pone de pie con una agilidad que me da envidia.

—Solo te pido que no vayamos muy rápido —pido con una mueca—. Llevo una temporada sin moverme y estoy en muy baja forma.

—¿Y eso? —pregunta, curioso, mientras empezamos a caminar por el sendero.

De repente, el suelo me parece de lo más interesante. Me maldigo por haber mencionado el año que llevo apoltronada en el sofá.

—Eh… —Me encojo de hombros y no consigo pronunciar nada más.

—Otro misterio como el del pavo y el jamón york, ¿eh? —bromea, haciéndome el favor de hablar de otra cosa.

Al ver su expresión pícara, mi corazón palpita con demasiadas ganas. Me esfuerzo por disimular y le devuelvo la sonrisa.

—Exacto —digo, pasando de aclarárselo.

—Es por aquí.