Capítulo 7 #2
Me arrastro al baño. Al menos el agua fresca me ayuda a sentirme un poco mejor.
Mientras me estoy secando, me doy cuenta de algo: si alguien asesinó a una mujer en el pueblo, saldría en las noticias, ¿no?
Alguien tuvo que encontrarla. O quizá la echaron de menos, pero nunca la encontraron, como a Julieta.
Cuando termino en el baño, voy a la cocina, donde me preparo un bocadillo de jamón serrano. El olor me transporta a ese mirador, al día en el que conocí a Cameron.
Aparto el recuerdo de forma brusca. ¿Por qué un pequeño detalle como este me hace pensar en él? Con todas las dudas que hay en torno a él, no debería estar acudiendo a mi cabeza a la mínima. Y mucho menos con recuerdos agradables.
Me siento en la mesa mientras como y compruebo el estado del wifi.
Parece que ha decidido funcionar un rato, así que lo aprovecho para hacer una búsqueda.
Pongo «Bolcáriz», «mujer muerta», «estrangulada».
Al escribir esas palabras y pensar que podría ser real, algo que quizá Julieta vio, se me revuelve el estómago.
Los resultados que me aparecen no tienen nada que ver con lo que busco. Añado la fecha del 15 de abril de hace dos años, y entonces Google directamente no encuentra nada. Quién lo iba a decir, he dejado a Google sin palabras.
Quito el nombre del pueblo y la fecha, pero entonces me aparecen noticias de mujeres asesinadas en toda España. La cantidad de resultados me asombra tanto que me siento enferma. ¿Se puede saber qué le pasa al mundo? Aparto el bocadillo porque, definitivamente, no me lo voy a comer.
Añado «Huesca» a la búsqueda.
Uno de los resultados sí que me llama la atención.
El 17 de abril de hace dos años, hallaron el cuerpo de una mujer en una cuneta a treinta kilómetros del pueblo. Le habían robado la cartera y el móvil. En un bolsillo llevaba un poco de cocaína. Todo indicaba que había salido a comprar droga y la noche había terminado en un robo con muy mal final.
Se llamaba Izíar Garrido y era una periodista de Zaragoza.
La autopsia determinó que, en el momento de encontrarla, llevaba uno o dos días muerta. También que trasladaron el cuerpo hasta el lugar donde fue encontrado, pero dónde falleció es una incógnita.
Murió estrangulada.
Es demasiada casualidad. Sí, apareció a treinta kilómetros de aquí, pero las fechas coinciden. También la manera de morir.
¿Llegó a enterarse Julieta de que habían encontrado a esta mujer?
Paso media hora más leyendo artículos sobre la muerte de Izíar Garrido, pero todos cuentan los mismos detalles. Entre ellos, que no saben quién la mató. De hecho, tras unas pocas semanas hablando del caso, los medios ya se olvidaron de él.
Las dudas vuelven a acecharme.
El sentido común me dice que tengo motivos para ir a papá con el diario y las noticias sobre Izíar Garrido, y pedirle que vayamos a la Policía, pero…
Julieta no confiaba en nadie, ni siquiera en la Policía.
¿Y si llegó a contarlo, pero alguien se encargó de silenciar el caso del asesinato de Izíar?
No solo de silenciarlo, sino de conseguir que quedara sin resolver.
Si el asesino tenía un coche caro, es decir, si es alguien con dinero, podría tener influencias en muchos sitios.
Otra frase de papá: «El dinero lo compra todo y a todos».
Este pensamiento me lleva a otro, a uno terrible.
¿Y si en realidad mataron a Julieta por lo que había visto?
No, no puede ser. Todo el mundo tiene muy claro que se suicidó.
No pudo soportar la presión por lo que sucedió y…
O quizá dudaba tanto de sí misma que tampoco pudo soportarlo.
También está la teoría de Alba, que solo fingió su muerte.
Quizá escapó por miedo, porque sabía que el asesino la había localizado.
O tal vez la muerte de Julieta no tiene nada que ver con la de Izíar. Puede que solo se lo imaginara, que solo fuesen las drogas o alguna enfermedad mental que no le supieron diagnosticar y…
Una extraña sensación de irrealidad empieza a embargarme. La cabeza se me embota y todo a mi alrededor parece volverse más denso y lento; el aire, los sonidos, la luz.
¿De verdad estoy pensando que una chica que dicen que se suicidó podría haber sido asesinada?
Es un disparate. Estas cosas no pasan. Bueno, sí que pasan, pero solo en la ficción.
Libros, películas, series, esas cosas. Puede que a Julieta se le fuese la cabeza y que a mí me esté pasando lo mismo, sus palabras me han contagiado.
No, algo así no puede haber sucedido.
Cuando papá llega a casa más tarde, me encuentra sentada en el sofá, ante el televisor apagado. Creo que han pasado un par de horas y ni me he enterado. Por disimular, digo que acababa de sentarme, y enciendo la tele y pongo algo, no sé el qué.
Durante la cena, papá me pregunta:
—¿Estás bien?
Me doy cuenta de que debo de llevar medio minuto con el tenedor en la mano sobre el plato con la mirada perdida en el vacío.
—Sí. Eh… Bien, solo estoy cansada.
Papá bebe agua mientras me observa.
—¿El trabajo bien? ¿Qué tal la experiencia?
—Bien. —Me encojo de hombros.
Soy consciente de que está intentando entablar una conversación, pero en mi cabeza empiezan a repetirse con fuerza unas palabras: «Cuéntaselo. Cuéntaselo y quítatelo de encima».
Pero mi boca se niega a pronunciarlas.
Sigo sin saber si algo de esto es real. No puede serlo.
Con la excusa del cansancio, me voy temprano a la cama. Me cuesta dormirme y me despierto agotada. La sensación que me invadió anoche todavía me acompaña. Me siento flotar lentamente, como si me hubiese sumergido bajo el agua.
Al entrar en el baño, me miro en el espejo. Me pregunto si Julieta también se miró así en algún momento, cuestionándose si estaba perdiendo la cabeza.
Por un instante, incluso me parece verla, mirándose, mirándome.
Sé que solo me lo he imaginado, pero me sobresalto igual. El momento me ayuda a despejarme de golpe, como si alguien me hubiese sacado del agua de un tirón.
No, no estoy enloqueciendo. Y, aunque no tenga pruebas, algo en mi interior me asegura que Julieta no se inventó nada.
Esto es real.
Pero sigo sin saber qué hacer.
Puesto que soy incapaz de adoptar una decisión, decido intentar tomar un poco de distancia, dejar de pensar en ello un rato. Quizá después consiga ver el conjunto y decidirme al fin.
Nunca me ha resultado fácil apartar un tema de mi cabeza.
A no ser que otra cosa consiga captar toda mi atención, sigo dándole vueltas sin parar.
Sin embargo, esta vez lo logro centrando toda mi atención en cada cosa que hago.
Me fijo en cuánto muevo el grifo para abrir el agua, en la sensación en mi piel cuando el agua fresca cae sobre mis manos, en cada movimiento que hago para lavarme los dientes.
Todo así. Más tarde, en la cafetería, me entrego a recoger, limpiar y llevar pedidos como si fuesen a ponerme nota.
Incluso entre viaje y viaje, leo el menú y lo memorizo.
Cuando Sonia descubre que puedo recitar todas las tapas y bocadillos, me entrega una libretita y un bolígrafo, y me envía a coger mis primeros pedidos.
—¡Chavala, qué crac! —exclama Ramón en algún momento desde la cocina.
—Mis hijas trabajaron aquí todos los veranos durante años y nunca se aprendieron la carta —me explica Sonia. Descubro entonces que ella y Ramón tienen dos hijas gemelas que ahora viven y trabajan en Zaragoza. Una es informática y la otra será doctora; están muy orgullosos de ellas.
Ese breve momento de confianza me lleva a plantearme si podría preguntarles por Julieta. Seguro que la conocían, que han oído cosas. Pero al instante me doy cuenta de que sigue siendo demasiado pronto. Continúo trabajando.
Al mediodía vuelvo a quedarme dormida de lo cansada que estoy, pero, en cuanto abro los ojos, siento la necesidad imperiosa de salir de la cabaña, de moverme, de caminar. Creo que, de manera inconsciente, estoy buscando maneras de mantenerme ocupada y así no pensar. No pienso luchar contra ello.
Muy poco después, vestida con ropa deportiva y zapatillas que me traje solo porque papá insistió, vuelvo a coger el camino de tierra en dirección contraria al pueblo.
Quiero evitar a la gente en la medida que pueda.
También quiero evitar recorrer el sendero al lado del pantano porque sé que me llevará a pensar en Julieta.
Camino rápido y, como estoy en tan baja forma, no tardo ni quince segundos en empezar a jadear.
Es lamentable, lo sé, pero no me importa.
De hecho, me sorprende lo bien que me sienta, como si mi cuerpo agradeciera el movimiento.
El camino se estrecha y se adentra en el bosque, y esta vez no me detengo.
Sigo avanzando, me fijo en los troncos de los árboles, en la forma de sus hojas y en cómo la luz del sol de la tarde pasa a través de ellas. El lugar es hermoso.
Entonces, al final de una cuesta, no puedo más.
Los pulmones me suplican un descanso a base de una respiración ruidosa y medio ahogada.
Los músculos de las piernas me arden. Estoy cubierta de sudor, algunos mechones del cabello se me pegan a la frente.
Madre mía, espero que no haya nadie más por aquí que me vea con este aspecto, medio abrazada al tronco de un árbol para no caerme al suelo.
Cuando consigo respirar con un poco más de normalidad, levanto la mirada. A través de los árboles, al fondo puedo ver el pantano. Y si miro hacia abajo, atisbo el sendero que recorrí el primer día. Lo sigo hasta que diviso la roca donde…
Me yergo de golpe.
Cameron vuelve a estar allí.
Está lejos, pero es inconfundible.
Y de repente ya sé lo que tengo que hacer.