Cuenta atrás para salvarte Capítulo 7
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Capítulo 7

Creo

Creo q

Julieta la loca la loca la loca. Soy Julieta la loca.

No sé si me estoy volviendo loca o he visto un asesinato.

Me cuesta mucho escribir esto. Todavía estoy un poco borracha y —

Me tiembla mucho la mano.

Esta mañana Cameron y yo hemos discutido.

Los padres de Bruno se han ido el fin de semana y a él le ha faltado tiempo para montar una fiesta.

A mí me apetecía ir, pero Cameron ha dicho que pasaba y tampoco quería que yo fuese.

Yo pensaba ir igualmente, y entonces él me ha dicho que Bruno desfasa mucho y que yo solo quería ir a esa fiesta porque habría alcohol y pastillas.

Me he enfadado, porque ¿quién se cree que es para juzgarme?

Y él ha dicho que no me juzgaba, solo que no quiere que me meta mierda, pero yo necesitaba desconectar de todo.

Le he recordado que mi vida no es tan fácil como la suya.

Él me ha dicho que ya quedaba menos para irnos a la uni, que superaremos juntos el tiempo que falta.

«Julieta, tú y yo», es lo que dice siempre.

Pero yo hoy solo podía ver que todavía falta más de un año para eso.

Le he gritado que no me comprende y que lo que sucede es que está celoso por lo que pasó entre Bruno y yo.

Soy una cabrona.

No me merezco a Cameron.

Se ha quedado hecho mierda, pero yo he ido a la fiesta igualmente. He bebido mucho. Y entonces Bruno ha aparecido con una pastilla, me la he tomado, y poco después ha empezado a besarme. Cuando me he dado cuenta de lo que estaba haciendo, he parado, pero me sentía fatal y—

Solo quería ver a Cameron.

He ido hacia su casa pasando por el atajo del bosque, pero casi al final del camino había un coche, ya casi en la calle.

No sé por qué me he fijado primero en el coche.

Supongo que porque lo he reconocido, es de estos que ahora están de moda entre la gente con pasta.

Los negros con la línea roja. Papá alquiló uno una vez para ir a no sé qué reunión.

Después los he visto a ellos. Iba bastante colocada y estaban a contraluz, y no sé quiénes eran, pero había un hombre apretando a una mujer contra el coche.

He tardado un poco en darme cuenta de que la estaba estrangulando.

Ella ha soltado los brazos, él ha apretado un poco más, y entonces la ha dejado caer al suelo.

Ella se ha quedado allí, sin moverse, y yo he comprendido lo que había pasado y he gritado.

El hombre se ha girado hacia mí y he echado a correr por el bosque porque no sabía qué otra cosa hacer. Podía oír cómo corría detrás de mí. Me he caído, pero tenía tanto miedo de que me alcanzara que he podido levantarme y echar a correr otra vez.

He vuelto a salir al pueblo y me he escondido detrás de un coche. El hombre se ha quedado en el borde del bosque, buscándome, pero al final se ha ido. No he visto quién era.

He vuelto a casa y lo primero que he hecho ha sido ir al váter a vomitar.

Ahora me encuentro mejor.

No sé qué hacer.

Si se lo cuento a papá y mamá, no sé si me creerán. Me pedirán detalles y acabarán enterándose de que iba borracha y de que tomé una pastilla, y mi vida será todavía peor que antes. Seguro que no me dejarán salir más.

En realidad, supongo que debería ir a la Policía, pero, con lo que cuentan de los polis de aquí, no sé si son de fiar. Además, no sé quiénes eran, solo sé que eran un hombre y una mujer. Y ese coche podría ser de cualquiera. Hasta mi padre ha llegado a conducirlo.

No digo que haya sido papá. Pero podría ser cualquiera.

¿Y si me lo he imaginado? Iba muy colocada, quizá— Puede que se me haya ido la pinza. Imagina que lo cuento y al final resulta que no era cierto. Ya solo me falta que me llamen loca. Papá y mamá no me dejarían ir a la universidad.

Si es cierto, tampoco sé si alguien me creerá. Podría esperar, a ver si aparece la mujer mue—

Acabo de vomitar otra vez.

No sé qué hacer.

Creo que he visto un asesinato.

O tal vez me estoy volviendo loca.

Joder.

¿Qué?

Joder, joder, joder.

Paso la página para ver qué hay escrito después, pero descubro que el agua hizo que la tinta se corriera y las palabras son ilegibles. El resto del diario, aunque ya no había escrito mucho más, está igual.

Hostia. La hostia.

¿Julieta vio un asesinato?

Me quedo un buen rato con la mirada perdida, sin saber qué hacer ni qué pensar. Mentira, no es que no sepa qué pensar, es que lo único que soy capaz de repetirme una y otra vez es que Julieta vio un asesinato.

Dudó de sí misma, contemplaba la opción de habérselo imaginado, pero la descripción de lo que vio es muy detallada. Si fuese una alucinación, ¿sería tan coherente? Es cierto, había bebido y tomado algo más, pero ¿de verdad eso podría llevarla a inventarse algo así y creer que es real?

No lo sé, quizá sí.

De repente, parece que devolver el diario a los padres de Julieta es todavía más urgente. Mi intención siempre fue hacerlo a través de papá, pero, en cuanto le explique lo que he leído, querrá llevarlo directo a la Policía. En realidad, es lo razonable.

Pero Julieta no se fiaba de la Policía de aquí.

Y llegó a escribir que el asesino podría ser cualquiera, incluso su padre. No creo que pensara que su padre fuese un asesino, pero si tenía acceso a un coche como el que describe…

Entonces, normal que no se fiara de nadie.

¿Ese sería el motivo por el que escondió el diario aquí? Tendría sentido. Tenía miedo de que sus padres o cualquiera se enteraran de lo que creía haber visto y la tacharan de loca. Tenía miedo de que sus padres la machacaran todavía más por haberse drogado. Tenía miedo del asesino.

Miro a mi alrededor. No me cuesta imaginarme a una asustada Julieta entrando en esta misma habitación, después al baño, y escondiendo el diario con prisas.

Si sabía que el azulejo estaba suelto, imagino que antes había pasado unas cuantas horas en la cabaña.

Si sus padres lo sabían o no, ya es otra cosa.

De repente, tomo conciencia de que Julieta también estuvo aquí.

Hasta este momento solo la había sentido como alguien lejano, un fantasma del pasado.

Pero ahora la noto presente, como si la tuviera al lado.

Ya no es un fantasma, es una presencia. Siento su confusión, su angustia, su miedo.

Me estremezco cuando me recorre un escalofrío, a pesar de que no hace fresco.

¿Y ahora qué demonios hago?

Vuelvo a ojear el diario con la absurda esperanza de que las palabras emborronadas por el agua se hayan corregido y me permitan leer lo que Julieta escribió los días posteriores.

¿Y si al final solo se lo imaginó? Si fue eso, entonces ya no estoy tan segura de que sus padres deban leer el diario, no sé si Julieta lo hubiese querido.

Pero si es cierto… Joder, no tengo ni idea de qué hacer.

En los artículos que he leído sobre ella, nadie menciona que fuese testigo de un asesinato. Eso significa que no llegó a contárselo a nadie, ¿no? ¿Por qué? Otra pregunta inquietante me asalta. ¿Por qué no confió en nadie… ni siquiera en su novio?

Al final todo acaba volviendo a Cameron, el que ha cambiado de una manera tan radical que resulta sospechoso a ojos de todo el mundo.

El que fue interrogado por los policías.

¿Quizá Cameron sí que sabía algo? Pero, en ese caso, lo habría contado y habría aparecido en alguna noticia.

Alguien habría dicho algo. Papá suele decir que siempre hay algún periodista que se entera de algo. Siempre.

Me cubro la cara con las manos y gimo, sobrepasada por tantas dudas. Maldigo el día en que encontré el diario. ¿Por qué Julieta tuvo que esconderlo justamente aquí?

Esa pregunta me conduce a una nueva posibilidad: ¿Y si Julieta escondió algo más en la cabaña?

Vuelvo a mirar a mi alrededor, esperanzada. Quizá haya algo más, algo que pueda darme una respuesta, que me ayude a decidir qué hacer.

Como si me fuese la vida en ello, empiezo a buscar. No sé el qué, pero la esperanza me empuja a inspeccionar cada rincón del baño. Primero compruebo si hay más azulejos sueltos. Después abro armarios y cajones, incluso levanto la tapa de la cisterna del váter por si hubiese algo dentro.

Al no encontrar nada, salgo a la habitación.

No solo reviso cada rincón del escritorio y del armario (donde descubro que, detrás de la cajonera, hay un espacio donde cabe mi brazo y sería un buen escondite), también miro debajo del colchón e incluso me meto bajo la cama para revisar bien el somier. Nada.

Hago lo mismo en la habitación y en el baño de papá, también sin resultados. Después bajo al salón, voy a la cocina y al lavadero, pero no encuentro nada.

Entonces me doy cuenta de que no he comprobado el suelo de madera. ¿Podría haber algún tablón suelto? Vuelvo a recorrer toda la cabaña, pisando y golpeando, escuchando los crujidos y fragmentos que suenan a vacío.

En el piso de arriba, un tablón pegado a la pared se mueve. Cuando piso un extremo, el otro se levanta un poco.

Me arrodillo y meto los dedos en la rendija. Me araño la piel, pero sigo luchando por moverlo, por levantarlo sin partirlo.

Al fin, consigo desencajarlo.

Debajo no hay nada. Solo cemento.

Se me escapa todo el aire del cuerpo y hundo los hombros. Me había convencido de que acabaría encontrando algo.

Vuelvo a colocar el tablón en su sitio, aunque tengo que dedicarle el doble de tiempo que al sacarlo porque me cuesta la vida encajarlo. Después me miro los rasguños de los dedos. Si al menos hubiesen valido la pena…

Se me ocurre entonces que todavía tengo otro sitio don-de mirar: el cobertizo. Me dirijo allí desganada, convencida de que no encontraré nada…

Y, efectivamente, no encuentro nada. Tan solo trastos inútiles y telarañas.

Son las cinco de la tarde, estoy sudada, sucia, hambrienta, me duelen los dedos y sigo sin tener ni idea de qué hacer.

Creo que empezaré por una ducha.