Cuenta atrás para salvarte Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—Para mí la Coca-Cola, gracias —dice Sofía.

Mientras se la doy, siento la mirada de Bruno estudiándome.

—Estarás muy entretenida. Aquí en verano no paran —comenta Sofía.

—Eso parece, sí.

—¿Y qué haces trabajando de camarera? Es evidente que no tienes experiencia —me suelta Bruno.

Lucas le da una patada suave en el pie.

—No todo el mundo es un pijo como tú, tío —le recrimina.

Bruno sigue mirándome con desconfianza. Qué desagradable es este tío.

¿Por qué me tiene tanta manía? Siento la necesidad de devolvérsela como el otro día.

Por suerte, no me hace falta mucho para conseguirlo.

Deposito ante él el café con leche que queda en la bandeja y digo con una sonrisa muy falsa:

—Que aproveche.

Les doy la espalda y, mientras me dirijo a una mesa cercana para vaciarla, oigo a Bruno que dice:

—Esta tía me ha escupido en el café.

—¿Qué dices? ¿Por qué iba a hacerlo? —le espeta Lucas.

Tras un silencio, Sofía dice:

—¿Ha pasado algo? —Otra pausa—. Bruno, ¿qué le has hecho?

Yo me alejo hacia el interior con una sonrisa en los labios, encantada de haberle fastidiado un poco la mañana.

Dos días después, Sonia me pone un rato detrás de la barra. Un plato roto y tres lavavajillas después, la puerta se abre y entra Cameron con su carretilla.

El corazón me da un vuelco, y, sí, vuelvo a sonrojarme. Antes de que se dé cuenta de que detrás de la barra estoy yo, tengo tiempo de observarlo un momento y pensar que no hay derecho a que sea tan guapo.

Vale, pues parece que mis nervios no son solo por tener que hablar con él por lo de Julieta, ¿no?

Uf, esto es… Un problema. No es buena idea.

Y ahora encima me he quedado en blanco y no sé cómo iniciar una conversación con él.

Me esfuerzo por encontrar algo, lo que sea, y al final mi brillante inicio de conversación es:

—Hola.

Solo entonces se da cuenta de mi presencia. No parecía posible, pero su mirada se ensombrece todavía más. Sin decir nada, empieza a dejar las cajas de bebidas en el suelo. Después, recoge las de botellas vacías.

—Hola —gruñe al dejar caer la última caja, sin ni siquiera mirarme.

Se va. Estupendo, esto pinta de maravilla.

Dos días más tarde, nos cruzamos en la terraza, cuando él va a entrar y yo estoy con una mesa.

—¿Cómo estás? —le pregunto.

—Nunca he estado mejor —replica sin mirarme, sin emoción alguna en la voz.

Ah, perfecto.

Dos días después, directamente da un rodeo para evitar cruzarse conmigo.

Esto está empezando a hacerme sentir muy mal. Sí, sí, ni siquiera sé si es de fiar, pero yo tengo ganas de hablar con él. En cambio, el tipo me rehúye como si tuviese la peste. ¿De verdad fue tan grave lo que hice? ¿A qué viene ese nivel de rencor?

Ahí estoy, sintiendo bastante pena por mí misma mientras vacío el lavavajillas, cuando la puerta se abre y entran dos personas.

A una de ellas la reconozco. Es Cameron dentro de treinta años.

Su padre. A su lado va una mujer de aspecto nórdico.

Alta, cabello rubio y corto, piel clara.

Por el nombre de Cameron, deduzco que debe de ser británica.

Está claro de quién ha heredado el color de los ojos.

Mientras que Eduardo sonríe y saluda a todo el mundo, la madre de Cameron se mantiene en silencio, con pocas ganas de hablar.

—Sonia, veo que por fin has encontrado ayuda —comenta Eduardo, mirándome con curiosidad.

—Esta es Maia: mi salvadora —dice Sonia.

Sonrío a los padres de Cameron. No sé qué decirles. ¿Conozco a su hijo, pero me odia? ¿Saben que su hijo tenía una relación secreta con una chica del pueblo desaparecida?

Sonia les prepara unos cafés para llevar. Están a punto de salir cuando la puerta se abre de nuevo y entra otra pareja. En el local se hace un silencio inmediato. Son los padres de Julieta.

Las dos parejas se quedan mirándose. Tras unos instantes, Eduardo les tiende la mano para saludarlos, pero ellos se quedan inmóviles. Antes de que la situación se vuelva más incómoda, la madre de Cameron tira del brazo de su marido y se van sin despedirse.

Después, mientras Ramón prepara unos bocadillos para llevar a los padres de Julieta, no dejo de observarlos con discreción. Lo que veo en ellos… Me recuerdan a papá. Ese dolor dibujado en el rostro, la desolación que no logran disimular.

Las implicaciones de lo que estoy haciendo me golpean con fuerza.

Esta gente ha perdido a su hija. ¿Quién soy yo para retener su diario?

No tengo derecho a seguir guardándomelo.

Puede que lo que lean en él les duela mucho, pero quizá les ayude a comprender por qué Julieta se quitó la vida. Debo entregárselo.

Al mediodía, al llegar a la cabaña, voy directa al baño y rescato el diario de detrás del azulejo roto. Después me siento en mi cama y lo ojeo una última vez. No puedo evitarlo, necesito despedirme. Irónicamente, lo abro por una página en la que al fin aparece el nombre de Julieta.

El problema es lo que leo en la línea de abajo. Es algo que me empuja a leer una entrada entera.

Algo que lo cambia todo.