Capítulo 6 #2
De camino a la cabaña, además de agotada me siento extraña. He dedicado toda la mañana a hacer algo que no es ver la tele o perderme en TikTok. He trabajado. Me río sola. Ya sé que solo es algo temporal, pero quién me iba a decir que este verano acabaría trabajando de camarera.
Aunque hago una siesta, esa tarde solo tengo energía para mirarme el contrato. Pero es la primera vez que leo uno y no tengo ni idea de si hay algo raro en él o si debería tener en cuenta alguna cosa en concreto. Necesito la ayuda de papá.
Como me da miedo que le dé más importancia de la que tiene, esa noche entro en la cocina con el contrato en la mano y digo rápido, como para pasar desapercibida:
—Papá. Oye, he cogido un trabajo de media jornada en la cafetería del pueblo. ¿Puedes echarle un vistazo al contrato? A ver si te parece que está bien.
Él, que está sofriendo cebolla, deja la espátula a un lado y gira todo el cuerpo para mirarme. Es como si mi padre y todo su mundo se hubiesen detenido por un momento.
Pues sí que me ha salido mal.
—¿Que has cogido un trabajo? —dice.
Asiento, un poco impaciente, sosteniendo el contrato hacia él para que lo coja.
—¿Te lo miras?
Papá agarra los papeles y los observa con expresión seria.
Demasiado seria. Con horror, veo que se le humedecen los ojos.
Oh, Dios mío. Sí, se va a echar a llorar, y yo…
Sé que lo que papá necesita es un abrazo y que le diga que todo irá bien, pero…
No puedo. No puedo enfrentarme a esto. No sabe que ese trabajo no ha cambiado nada. Que no cambiará nada.
—Te lo dejo, ¿vale? Tengo que ir al baño —digo, apresurada, y me largo de ahí a la velocidad de la luz.
Me escondo un buen rato en el baño. Cuando salgo, él ha recuperado la compostura y me devuelve los papeles.
—Te pagan poco, pero el resto está bien —dice, acompañándolo de una sonrisa tímida. Me observa, sé que se muere de curiosidad por hacerme preguntas, pero se contiene.
—Gracias —digo, y esa noche no lo volvemos a comentar.
La mañana siguiente me levanto agitada: veré a Cameron.
Me digo que es porque debo encontrar alguna manera de conseguir hablar con él, pero temo que, en realidad, también tenga ganas de verlo (y soy bien consciente de que eso es una imprudencia).
Me resulta un poco triste, pero no soy capaz de diferenciar la causa.
Las dos primeras horas en la cafetería, mientras me dedico a recoger y limpiar mesas, mis ojos no paran de vigilar la entrada de la plaza, esperando ver entrar un camión.
Al final, lo oigo llegar antes de verlo mientras recojo la mesa que un grupo de ciclistas acaba de dejar vacía.
Al observarlo bajar del vehículo, me sonrojo un poco.
Solo es por los nervios de conseguir hablar con él, ¿eh?
Solo es eso. Convierto el proceso de recoger la mesa en algo lento, tan lento que una tortuga acabaría antes, mientras observo con disimulo cómo carga las cajas en la carretilla.
También me fijo en las reacciones que su presencia vuelve a despertar.
Disgusto. Desconfianza. Él vuelve a traer su expresión ceñuda, pasando de todos.
Termina de apilar las cajas en la carretilla y emprende el camino hacia la cafetería, pero a la mitad me descubre recogiendo la mesa.
Mi intención hoy es solo romper el hielo, que vea que podemos hablar.
Así pues, me limito a saludarlo con la cabeza.
Él endurece el gesto y sigue su camino como si hubiese vuelto a ofenderlo.
Yo me quedo allí plantada, con cara de idiota. No lo entiendo. Cuando cruza la terraza, todo el mundo lo mira mal y no parece importarle, ni siquiera les hace caso. En cambio, es como si yo hubiese hecho algo mucho peor que los demás. Encima, cuando se marcha, es evidente que evita mirarme.
—¿Por qué el de las bebidas es tan antipático? —le pregunto a Sonia un poco después.
—Qué pena de chico. —Suspira—. Tan guapo y amargado.
La miro, curiosa, esperando a que explique algo más. Pero no lo hace.
—¿Por qué está amargado? —pregunto, intentando animarla a hablar.
—Tú no te acerques a él y todo irá bien, chica —me dice Ramón desde la cocina.
Vuelvo a mirar a Sonia, esperando alguna explicación, pero ella me da la espalda, aparentemente concentrada en preparar cafés. De hecho, me dice:
—Lleva estos a la cinco, por favor.
No insisto y cojo la bandeja con tres cafés y un refresco, recordándome que debo tener un poco de paciencia.
Cuando tanto ellos como los clientes habituales me conozcan, será más fácil preguntar como si solo fuese una madrileña curiosa.
En cuanto a Cameron, me va a tocar insistir…
dentro de dos días. Paciencia, Maia, paciencia.
Al salir a la terraza con la bandeja, descubro que la mesa cinco está ocupada por cuatro personas a las que conozco. Suspiro para mis adentros. Qué pereza. Pero yo misma me lo he buscado, así que me toca apechugar.
Cuando Lucas y Sofía me ven acercarme, alzan mucho las cejas.
—Buenos días —saludo como si esto no fuese muy raro.
—¿Trabajas aquí? —pregunta ella.
—Desde ayer. ¿Los cortados?
Alba y Lucas levantan la mano. Todavía no tengo del todo dominado hacer equilibrios con la bandeja y, al coger uno de los cafés, estoy a punto de tirar todas las bebidas por los aires. Por suerte, lo salvo todo a tiempo.
—Muy bien esos reflejos —sonríe Lucas.