Capítulo 6
LOS ALEVINES DEL CLUB DE BALONCESTO PIRENE QUEDAN PRIMEROS EN SU CATEGORÍA
[…] el equipo ha sido imbatible toda la temporada.
Liderados por su capitán Cameron Muñoz […]
LOS CADETES DEL CLUB DE BALONCESTO PIRENE,
ELIMINADOS DEL CAMPEONATO REGIONAL
[...] se vio al capitán Cameron Muñoz consolando a
algunos de sus compañeros [...]
LA FOTOGRAFÍA DE LOS JÓVENES PARTICIPANTES
EN EL CONCURSO NACIONAL DE MATEMÁTICAS
De izquierda a derecha y de arriba abajo: Laia Singuerlín,
Noa Gutiérrez, Cameron Muñoz, Daniel Cobos […]
*Todas las entradas tienen más de dos años. Después de la fecha
de la desaparición de Julieta, no hay nada.
NO TIENE PERFIL
* Conclusión: Cameron no está en redes sociales.
* Sí que es posible encontrar el TikTok y el Instagram de Sofía,
pero Cameron no figura entre sus amigos.
Dejo caer el móvil sobre el sofá con un suspiro.
En lo que a presencia online se refiere, los últimos dos años Cameron ha sido un fantasma.
Al menos sé que he encontrado al Cameron correcto porque he visto fotografías suyas de niño y adolescente.
En todas ellas se le ve tan abierto, tan sonriente.
Nada que ver con el chico que yo conozco.
Es como si fuesen dos personas distintas. Pero, claro, si Julieta era su novia y se suicidó, me parece normal que haya cambiado. Aunque su cambio parece algo radical, ¿no?
Esa sensación como de un picor que no te deja en paz vuelve a asaltarme.
Hay algo que no encaja. No se trata solo de Cameron ni del lugar donde estaba escondido el diario.
Es la misma Julieta. Es cierto que al principio estaba muy mal.
Pero, cuando empezó a salir con Cameron, estaba feliz. Lo describió así ella misma.
«Siento que por fin me ha pasado algo bueno».
Alguien que escribe eso no se quita la vida unos meses después. Las cosas podrían haberse torcido, claro. Quizá la convivencia con sus padres empeoró mucho. O quizá la relación con Cameron no fue bien. Quizá Cameron… ¿le hizo algo? Siento un escalofrío solo de pensarlo.
Algo se remueve en mi interior al pensar que Cameron podría ser peligroso. El problema es que no sé si es mi intuición diciéndome que Cameron no ha hecho nada malo o si es mi sentido común advirtiéndome de que tenga cuidado porque me interesa más de lo que debería.
En realidad, con tantas dudas, lo que tendría que hacer es asegurarme de que me mantengo alejada de él. Sí, lo más lógico sería pasar de Cameron, entregar el diario a los padres de Julieta y olvidarme del tema, que en realidad no es asunto mío.
«Algo no encaja», repite una vocecita en mi cabeza.
Suspiro, rindiéndome a la realidad. Deshacerme del diario no sería lo más lógico, sería lo más fácil.
Y sé que, si ignoro el tema, las dudas me perseguirán el resto de mis días.
Será un puzle sin resolver. Además, no sé si es por haber leído partes de su diario, pero siento que le debo algo a Julieta.
Me froto la cara y los ojos, abrumada. Es como si me acabara de caer un buen peso encima. Esto no es algo que quiera hacer, sino que siento que debo hacerlo.
La pregunta es: ¿qué debo hacer exactamente y cómo?
Intento poner mis pensamientos en orden.
Hay tres cosas que necesito aclarar. Primero, por qué Julieta escondió el diario en la pared del baño de la cabaña.
Segundo, qué pasó que la llevó a quitarse la vida.
Sé que solo me estoy basando en mi intuición, pero, con lo que he llegado a leer en su diario, me sorprende.
Y tercero…, Cameron y todas las preguntas que surgen sobre él.
Es obvio que en internet no voy a encontrar las respuestas que necesito.
Podría empezar por leer todo el diario, pero no quiero hacerlo.
Mentira, en realidad me muero de ganas de leerlo, pero no me parece bien.
Al fin y al cabo, solo estoy haciendo caso a una intuición que podría resultar ser una simple paranoia.
Es decir, necesito hablar con gente de Bolcáriz, incluido Cameron.
Ellos sí que sabrán cosas. El problema es que aquí soy una forastera.
Si empiezo a hacer según qué preguntas, no solo no me contestarán, sino que seguramente me enviarán a freír espárragos.
En cuanto a Cameron…, teniendo en cuenta que hace unos días lo ofendí, dudo que tenga ningún interés en dirigirme la palabra.
Me quedo un buen rato ahí, mal sentada en el sofá, con la cabeza en blanco de ideas. La única reflexión razonable que me surge es que, antes o después, todos los habitantes del pueblo pasan por la plaza Mayor. Allí siempre hay gente. Y donde hay gente, se habla.
¿Cómo podría hacerlo para…?
Me incorporo de golpe cuando recuerdo algo que vi el primer día que estuve ahí. No, es una locura. Además, quizá ya sea tarde. Sin embargo, cuantas más vueltas le doy, mejor idea me parece. Y, la verdad, tampoco se me ha ocurrido nada mejor. Es una locura…
Pero al día siguiente, a las diez de la mañana, voy camino de la plaza Mayor. Hoy me ha recibido una temperatura que ya huele a julio. Imagino que aquí no hará el mismo calor horrible que en Madrid, pero se nota que el verano ya tiene ganas de empezar a apretar.
Me cuesta creerme que esté a punto de hacer algo así. No solo será mucha más actividad de la que he llevado a cabo en mucho tiempo, es que significará relacionarme con muchas personas. Si todo va bien, también con Cameron.
¿He dicho ya que es una locura?
El corazón me palpita con fuerza cuando llego a la plaza Mayor y me dirijo a la cafetería. El cartel sigue en la puerta.
Entro y me acerco a la mujer que hay detrás de la barra. Lleva el cabello teñido de un color pelirrojo muy chillón y parece cansada. Diría que es un poco mayor que papá. Se mueve a destajo preparando cafés y bebidas, y metiendo y sacando platos y cubiertos del lavavajillas.
—Hola. ¿Buscáis a alguien? —pregunto, señalando el cartel que hay colgado en la puerta. «Buscamos camarera para media jornada».
—Sí… —dice la mujer sin detenerse, pero mirándome con curiosidad.
—No tengo experiencia, pero…
Ahora sí, suelta los platos que llevaba en la mano, los cuales caen en la pila con estrépito, y se yergue esperanzada.
—¿Te interesa? ¿Tienes disponibilidad?
—Sí. ¿Qué horario…?
—¡De nueve a dos! ¿Puedes empezar ahora mismo?
Balbuceo un poco, sorprendida. Esto sí que no me lo esperaba. Miro la ropa que llevo puesta: tejanos cortos, una camiseta y zapatillas.
—Vas perfecta. Yo te doy un delantal y lista.
Me pasas tus datos ahora y te prometo que para las dos tengo impreso el contrato para que te lo lleves a casa y lo puedas leer con calma y firmar —dice, apresurada, cada vez más esperanzada.
Como si estuviese viendo la luz al final del túnel y le costara creérselo.
No puedo evitar sonreír.
—Por mí vale.
Parece que acabo de conseguir mi primer trabajo y ni siquiera he preguntado por el sueldo. Un hurra para mí.
La mujer suelta una especie de suspiro emocionado y sale de detrás de la barra.
—¡Mi salvadora! —Me estrecha la mano con fuerza y me la zarandea arriba y abajo—. Me llamo Sonia.
—Maia.
—¡Ramón, que tenemos ayuda! —grita Sonia hacia la cocina, desde donde llega el sonido de la plancha, los platos y los utensilios que se están utilizando.
—¡Aleluya!
En ese momento la puerta se abre y entra la camarera con cara de agobio.
—¡Amina, tenemos ayuda! —le dice Sonia.
—Perfecto. Hola —saluda ella sin detenerse, dedicándome una sonrisa rápida. Deja unas notas en la ventanilla de la cocina y se lleva tres platos con bocadillos.
—Venga, te cojo los datos y en nada te tenemos en marcha —dice Sonia.
Cinco minutos después, se puede decir que ella misma me coloca y me ata el delantal. Salimos un momento fuera para que me explique la numeración de las mesas, para que me lo vaya aprendiendo.
De repente me pongo muy nerviosa. ¿De verdad voy a ser capaz de hacer esto? Nunca he trabajado de camarera. Es más, nunca he trabajado de nada. Solo me he dedicado a estudiar. Espero no ser un auténtico desastre. Las prisas de Sonia no permiten a mis dudas seguir creciendo.
—De momento, lo que necesito es que te dediques a recoger y limpiar las mesas. Con eso, Amina ya irá más tranquila.
Asiento y me pongo a trabajar. El otro día ya me fijé en que la terraza es grande, pero no es hasta que empiezo a hacer viajes cargando platos sucios que tomo conciencia de la gran cantidad de mesas que hay.
A estas horas están todas llenas, y, en cuanto una se vacía, vuelve a ser ocupada enseguida.
Cuando le he cogido el ritmo a esto, cosa que implica caminar todo lo rápido que puedo entre las mesas y sin permitirme un momento de descanso, Sonia empieza a pedirme que lleve algunos pedidos.
Meto la pata un par de veces porque me equivoco con la numeración de las mesas, pero los clientes son comprensivos.
Sonia se mantiene todo el rato detrás de la barra o atendiendo a la poca gente que decide sentarse dentro, pero, aunque sigue a destajo, parece más contenta.
Ramón, que yo creo que es su marido y me maravilla lo rápido que se mueve por la cocina con ese tripón, cada vez que me ve, me grita con su vozarrón: «¡Buen ritmo, novata, buen ritmo!
¡Te veo bien!». La primera vez me asusto, pero las siguientes me río.
En cuanto a Amina… Creo que siempre está agobiada, porque nada en ella cambia.
El ajetreo me absorbe tanto que, de repente, descubro que son casi las dos y no ha aparecido ningún camión de reparto.
—¿Hoy no traen bebidas? —pregunto a Sonia como quien no quiere la cosa cuando entro a dejar una bandeja llena de vasos.
—Mañana. En verano vienen cada dos días.
Asiento, molesta conmigo misma por el pinchazo de decepción que siento.
A las dos de la tarde, Sonia cumple con lo prometido y me entrega el contrato. También me da un abrazo.
—Mi salvadora —repite.