Capítulo 5 #2
Cuando llega a mi altura le hago un gesto con la cabeza y la mano con la intención de seguir caminando, pero, para mi horror, Bruno se detiene.
—Ey —dice, jadeando. Se quita los auriculares y a mí me toca imitarlo—. María, ¿verdad?
Me contengo de dar un paso atrás. Ya sé que solo está fingiendo no recordar mi nombre por fastidiar, pero lo que él no sabe es que mamá se llamaba María.
—Maia —digo, intentando evitar entrar en una espiral de recuerdos.
Pero ya es tarde y a mi cabeza acuden imágenes de las excursiones por la sierra de Madrid que tanto le gustaban, de cuando fuimos en kayak por el tranquilo desfiladero de un río y yo quería morirme de lo mucho que me dolían los brazos, de cuando alquilamos un patín de agua en un lago de Francia y papá logró la hazaña de hacerse un esguince pedaleando.
Mamá se rio de él durante varias semanas.
El recuerdo de la risa de mamá me devuelve al presente, donde fulmino a Bruno con la mirada. «Menudo imbécil», pienso.
Es al volver a centrarme en él que recuerdo algo. Bruno aparece en el diario de Julieta. Al recordar lo que escribió sobre él, deduzco que lo que pasó es que se enrollaron, quizá incluso algo más.
Pobre Julieta, yo también me arrepentiría si me hubiese enrollado que semejante orangután.
Pero… ¿y si Bruno no se arrepentía de haberse enrollado con ella? ¿Y si quería algo más con ella? Eso explicaría por qué se pone tan a la defensiva cuando lo que le pasó a Julieta surge en la conversación.
Los segundos pasan y nos mantenemos en silencio. Yo estoy pensando en estas cosas, mientras que él… ¿Es cruel decir que me imagino que lo único que hay en su cabeza es un gran vacío?
—Bueno —dice al fin, con una sonrisa para nada amable—, que vaya bien tu paseo. Si vuelves a acoplarte alguna tarde, tráete tus bebidas, que ayer nos quedamos cortos.
Alzo las cejas, sorprendida. Resulta que alguna neurona sí que tiene. Acaba de decirme muy finamente que no piensa compartir nada conmigo.
—Lo tendré en cuenta.
Entonces su sonrisa se vuelve burlona.
—No volveremos a verte el pelo, ¿verdad? Viniste a preguntar por el guapo de Cameron y ya.
Un humillante rubor me cubre las mejillas y el cuello. Mi primer impulso es negarlo, pero sé que solo me saldrá un balbuceo tipo «No, yo no… Qué va… No», que sería una manera de darle la razón.
Estoy horrorizada. ¿De verdad di esa impresión? No puedo negar que Cameron ha llamado mi atención, pero de eso a que los demás crean que voy por ahí intentando averiguar cosas sobre él porque me gusta… Solo con pensar que en el parque todos creerán lo mismo me siento todavía peor.
Por suerte, consigo no balbucear nada ni hacer alguna tontería como salir corriendo.
Bruno ya me caía mal, pero ahora ha pasado a ser un gilipollas de primer nivel. Y puede que yo me haya sonrojado y que por dentro me esté muriendo de la vergüenza, pero no pienso darle el placer de verme apurada. Le dedico una sonrisa compasiva.
—Pobre, creíste que iba a verte a ti y tuviste una decepción cuando pregunté por él, ¿verdad?
Un comentario así, entre amigos, provoca risas. Pero nosotros no somos amigos. Está siendo desagradable conmigo a propósito. Y no se esperaba una respuesta como esta.
Su sonrisa desaparece. La mía se ensancha.
—La vida es dura —añado, empezando a ponerme los cascos—. No te canses mucho.
Sigo mi camino, asombrándome de la facilidad con la que esas réplicas han salido de mi boca.
Cuando todavía me relacionaba con el mundo nunca fui de las que se achantaban, pero tampoco iba vacilando así a la gente.
Eso también me pone un poco nerviosa, porque en realidad no conozco a Bruno y no sé cómo puede reaccionar.
Camino sin volver a poner la música, muy atenta a los sonidos que hace.
Lo oigo resoplar.
Después, silencio absoluto.
Ya estoy a punto de girarme para comprobar qué hace cuando escucho sus pasos.
Está corriendo.
Se está alejando.
Entonces dejo que mi cabreo fluya. Recorro el camino a toda velocidad sin volver a ponerme la música y sin fijarme en las otras pocas casas que se alzan a orillas del pantano, enfadada por lo que acaba de pasar, porque crean que estoy persiguiendo a Cameron, por no ser capaz de dejar de pensar en él, por haber encontrado ese diario, por no poder ver La isla de las tentaciones y, en definitiva, por estar aquí atrapada, en este pueblo con esta gente y sus problemas.
No sé cuánto tardo en llegar al final del camino.
Tras una cuesta final, se estrecha de forma repentina para adentrarse en el bosque.
Como no quiero perderme, doy media vuelta y regreso a la cabaña, jadeando y tan sudada que tengo que pasar por la ducha otra vez.
De camino al baño cojo el diario, aparto el azulejo suelto y embuto el cuaderno en el mismo lugar donde lo encontré.
No mucho después, cuando ya estoy duchada y vestida, me dejo caer en el sofá y enciendo la tele.
Paso de todo.
No quiero saber nada del diario, ni de Cameron, ni de Julieta, ni de los demás con sus historias tristes y llenas de vacíos. Porque, en realidad, el diario no importa. Julieta está muerta, así que qué más da.