Cuenta atrás para salvarte Capítulo 5
19%

Capítulo 5

Cameron y yo hemos empezado a salir, pero no se lo contaremos a nadie.

Todo esto comenzó hace ya unos meses, pero no quise escribir nada porque… No sé, supongo que no quería gafarlo. O quizá al principio me sentía demasiado extrañada y no estaba segura de que fuese real.

Desde que Cameron y sus padres llegaron al pueblo hace diez años, nunca habíamos hablado. Como mucho algún «hola» y «adiós». Los dos hemos ido a la misma escuela e instituto de Sabiñánigo, pero no estábamos en la misma clase y era fácil pasar de él.

En el pueblo… Bueno, yo voy a lo mío. Además, somos muy diferentes.

Él es tan buen chico. Guapo, popular. Todo el mundo lo quiere.

Mientras que yo, pues soy yo. La oveja negra de los Pirineos.

Encima también estaba todo el lío entre nuestros padres y, con lo buen chico que es, yo no dudaba de que estaba de parte de los suyos, así que era otro motivo para ignorarlo.

En marzo coincidimos en una fiesta en casa de Beni.

Les dije a papá y mamá que estaría en casa de Sofía porque no quieren que salga de fiesta fuera del pueblo por la noche.

Me fui allí con la bicicleta, hasta Sallén solo son un par de kilómetros por la carretera.

Me quedé hasta las doce o por ahí para llegar a casa antes de la una y no tener que aguantar otra bronca.

Justo estaba cogiendo la bici y dándome cuenta de que estaba demasiado borracha como para montarla cuando Cameron salió de la casa y me dijo que me acompañaba.

Me lo quedé mirando como si se hubiese vuelto loco, pero él me cogió la bici y empezó a empujarla.

Me dijo que no lo mirara así, que no le apetecía volver solo al pueblo.

No hablamos durante un buen trecho. Creo que él dijo algo, pero yo había bebido demasiado y no me encontraba muy bien.

Acabé vomitando en la cuneta. Cuando me giré di por sentado que me estaría mirando mal, o que me haría algún comentario por haber bebido tanto, o que me miraría con pena como Sofía la última vez que estuve con ellas, pero solo me preguntó si ya me encontraba mejor y siguió caminando.

Al final le solté que, si nuestros padres se enteraban de que habíamos pasado más de treinta segundos solos, nos iban a encerrar de por vida.

Él se encogió de hombros y dijo: «Pues no se enterarán».

Y entonces dijo que le gustaba el silencio que había en la carretera a esas horas de la noche, y después dijo que la música de la fiesta era malísima, y acabé descubriendo que también le encanta escuchar Florence + The Machine.

Se rio cuando le dije que es un santurrón, también cuando me burlé porque ya era muy tarde para aguantar despierto para un deportista como él.

Esa noche me acompañó hasta la puerta de casa. Sigue diciendo que vino conmigo porque no le apetecía caminar solo desde la fiesta hasta el pueblo, pero yo creo que me vio salir con el pedo que llevaba y le preocupó que fuese sola por la carretera. Le pega hacer algo así.

Después de eso, en el instituto nos saludábamos al cruzarnos, pero nada más.

Unas semanas más tarde, salí de casa escuchando música después de otra bronca con mamá. Qué pesada es siempre con lo que pensarán los demás de nosotros.

Me fui a caminar por el pantano, y cuál fue mi sorpresa cuando me encontré a Cameron en un claro haciendo flexiones.

Yo seguía de mal humor, y la verdad es que volví a burlarme de él, pero se rio y admitió que es un friki del ejercicio.

Después me retó a una competición de flexiones y entonces la que me reí fui yo.

Y acabamos sentados mirando al pantano y hablando, ya no recuerdo de qué, pero sí recuerdo que, cuando nos despedimos, se me había pasado el enfado y pude volver a casa y pasar por delante de papá y mamá sin decirles nada.

Un poco después, Beni montó otra fiesta en su casa y, en cuanto nos reencontramos allí, Cameron me cogió de la mano y me llevó al jardín.

Hacía frío, pero nos sentamos en una hamaca, estuvimos hablando un rato y acabamos besándonos.

Regresamos juntos a casa otra vez, y, cuando me tumbé en la cama, me sentía como en una nube.

Los días siguientes en el instituto tan solo nos mirábamos y nos decíamos hola y adiós y nada más. Como si no hubiese pasado nada.

La semana pasada papá y mamá me hicieron acompañarlos a Sabiñánigo para acercar a Lorena a una fiesta de cumpleaños.

Aproveché y me escabullí a ver ropa y libros, pero, al entrar en la librería, el estómago me dio un vuelco porque estaba Cameron.

No es la primera vez que nos encontramos allí, pero sí la primera que nos paramos a hablar.

No compramos nada, salimos juntos y corrimos para escondernos en el castillo de un parque infantil vacío, donde acabamos besándonos otra vez.

Al poco me tuve que ir corriendo porque me despisté con la hora y papá y mamá y Lorena me estaban esperando en el aparcamiento.

Esta mañana, cuando nos hemos cruzado en el instituto, me ha pasado una notita.

«Donde las flexiones, a las 18 h».

He ido, claro. Ni siquiera me he planteado la posibilidad de no hacerlo. Tenía mucha curiosidad. Cuando he llegado él ya estaba ahí. Ni siquiera me ha dicho «Hola», tan solo me ha mirado, muy serio, y me ha soltado:

—Sal conmigo.

No en plan «Te lo ordeno», sino en plan «Por favor, di que sí».

Yo le he dicho que, si nuestros padres se enteraban, iba a ser el fin del mundo, y él me ha dicho que nuestros padres le importaban un pito (lo que ha conseguido hacerme reír), pero que en cualquier caso podíamos procurar que no se enterasen.

Y entonces nos hemos enrollado, aunque la cosa no ha ido a más porque estábamos al lado del camino y habría podido aparecer alguien.

Así que tengo novio.

Y estoy feliz. Siento que por fin me ha pasado algo bueno porque Cameron es…

Especial. Es guapísimo y besa muy bien, pero no es por eso por lo que me siento tan afortunada.

No sé cómo explicarlo. Llevo mucho tiempo sintiendo que soy una especie de agujero negro, que me como la luz que hay a mi alrededor.

Y Cameron es luz, pero se ha acercado a mí y no se ha apagado ni tiene miedo de apagarse.

Es la única luz que resiste mi oscuridad.

El nombre de Julieta sigue sin aparecer en el diario, pero, por si tenía alguna duda, ahora incluso ha mencionado a Sofía.

Cierro el diario de golpe con el estómago revuelto. Acabo de enterarme de algo muy íntimo sobre Cameron y una chica muerta.

Esto no está bien.

¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Devolver el diario a los padres de Julieta, aunque ella no quería que lo leyesen? ¿Entregárselo a Cameron? Tampoco sé si eso es lo correcto.

También pesa mucho la incógnita de por qué Julieta escondió el diario en la cabaña…

Como no consigo aclararme, acabo por agobiarme.

Hasta hace unos pocos días, la manera de solucionarlo habría sido dejarme caer en el sofá y ponerme la tele, pero hoy no hay idea que me atraiga menos.

Tiemblo solo de pensar en los programas que me voy a encontrar.

Además, algo me dice que me ayudará más a distraerme hacer algo que suponga moverme. Tipo… Pues no sé, no tengo ni idea.

Miro a mi alrededor intentando pensar en algo, pero lo único que me da una idea es el polvo que hay acumulado en un rincón de la habitación.

Bajo al lavadero, donde encuentro la escoba y el recogedor, y me pongo a barrer todo el piso de arriba.

Se me hace tan extraño que me doy cuenta de que, a lo largo del último año, el único que se ha encargado de limpiar en casa es papá.

Yo no le he ayudado en nada, es como si esto de la limpieza hubiese desaparecido de mi cabeza.

De hecho, el día que fui al supermercado solo me acordé de comprar detergente para lavavajillas, pero ni se me ocurrió mirar si necesitábamos otros productos.

Pobre papá.

Vale, si ponerme a barrer me va a provocar un ataque de culpabilidad, no me sirve. Pero tampoco caigo en qué otra cosa hacer, y las paredes de la cabaña empiezan a agobiarme. Creo que será mejor que salga.

Devuelvo la escoba y el recogedor a su sitio y paso por la ducha.

Después agradezco tener música descargada en el móvil, me pongo los auriculares y salgo.

En el porche, respiro hondo. Sí, salir ha sido un acierto.

Pero la sensación de relajación dura hasta que las aguas del pantano atrapan mis ojos.

Es la primera vez que las contemplo desde que Sofía y los demás me contaron lo de Julieta.

Ayer evité hacerlo. Ahora no puedo dejar de observarlas, demasiado consciente de lo que podrían esconder bajo la superficie.

Me estremezco y me obligo a apartar la mirada. Estoy intentando distraerme con la esperanza de que eso me ayude a decidir qué hacer con el diario, mirar embobada el pantano no es la manera de hacerlo.

Considero mis opciones. No quiero coger el sendero en el que me encontré ayer a Cameron. No creo que ahora me lo encuentre por ahí porque estará trabajando, pero prefiero ser prudente. Obvio, tampoco quiero pasear cerca del agua.

Miro el camino de tierra que parte del jardín de la casa. El paseo que se abre a mi izquierda me llevaría al pueblo, pero dónde acaba el que se encuentra a mi derecha es todavía un misterio. Solo sé que no va al pueblo y que se aleja del pantano, así que es perfecto.

Empiezo a caminar con la música a todo volumen. Mi esperanza es que acalle todos mis pensamientos indeseados. No camino muy rápido porque no me apetece cansarme. No oigo los pájaros, ni los insectos, ni el crujido de mis pisadas sobre la tierra. Bien.

Parece que la cosa funcionará, pero entonces veo aparecer, en sentido contrario, una silueta que creo reconocer. Se me escapa un resoplido. Qué pereza.

Va corriendo mientras escucha su propia música. A medida que se acerca, veo que va sin camiseta. Algo me dice que es más por lucir pectorales y abdomen que porque haga demasiado calor.

Al menos esta vez se ha quitado las gafas de sol.