Cuenta atrás para salvarte Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Una mañana, mamá dedicó unos minutos a escribirme una nota para recordarme que pusiera el lavavajillas. Salió de casa y, cinco minutos después, un conductor despistado con el móvil la atropelló y la mató.

Todo porque yo era incapaz de poner el estúpido lavavajillas.

Mamá no pudo elegir.

Así que supongo que debería enfadarme con estas chicas.

El problema es… que las entiendo. Yo también llevo meses haciéndome esa pregunta.

¿Para qué? ¿Para qué esforzarse, para qué seguir adelante?

Cualquier día saldré a la calle y también podrían atropellarme y matarme.

O mi corazón podría dejar de latir de repente, o se me podría caer un árbol encima, o el coche en el que estoy podría chocar con otro.

Las posibilidades son infinitas. Y cualquiera de esas cosas puede pasar con tanta facilidad que he dejado de verle el sentido a pasarme años estudiando un grado en la universidad que luego no me va a servir para nada, a tener amigos, a salir a tomar algo, a viajar.

Sí, tengo las mismas dudas que ellas. Supongo que también debería enfadarme conmigo misma, ¿no?

Los ojos me escuecen y se me cierra la garganta.

Parpadeo con fuerza para contener las lágrimas, pero se me escapan igualmente.

Cuando no consigo frenar los pensamientos sobre mamá, cuando empiezo a pensar en todas estas cosas, me pongo así.

No sé qué hacer con esto, con estos pensamientos, conmigo misma.

Hago amago de cerrar el diario de golpe, pero una palabra en la siguiente página me deja petrificada. Al parecer, pasó un tiempo sin escribir, porque está fechada varios meses después que la anterior.

«Cameron».

No puedo apartar los ojos de ese nombre.

Cameron.

¿Cuántos Cameron he conocido a lo largo de mi vida?

Uno, solo uno. Es un nombre muy poco habitual.

Contengo la respiración cuando sujeto la página con cuidado y leo la frase completa.

«Cameron y yo hemos empezado a salir, pero no se lo contaremos a nadie».

Libero todo el aire de mis pulmones mientras intento procesar lo que acabo de descubrir.

Cameron aparece en este diario. Cameron salía con la chica que escribió este diario.

Lo dejo con cuidado encima de la mesa y después aparto las manos con la misma lentitud. Lo miro con desconfianza, como si en cualquier momento pudiese saltar sobre mí para devorarme.

Sé que la reacción más lógica sería lanzarme a seguir leyendo para descubrir si el diario habla del Cameron que yo conozco, pero a mí me produce el efecto contrario.

Retiro la silla, la mirada todavía clavada en el cuaderno, y, solo cuando estoy de pie, aparto los ojos y paseo lentamente por la habitación. De vez en cuando le echo vistazos.

Julieta se tiró al pantano.

La autora del diario tenía dudas de si la vida valía la pena.

Cameron salía en secreto con la autora del diario.

La policía interrogó a Cameron por la desaparición de Julieta.

Creo que Julieta y la autora del diario son la misma persona.

He encontrado el diario de Julieta.

No vuelvo a tocar el diario. Lo dejo encima del escritorio, abierto por la misma página, pero soy incapaz de acercarme a él otra vez. Solo de pensar en hacerlo me atenaza una sensación desagradable. En ningún momento me había planteado que su autora pudiese estar muerta.

Esa noche apenas logro pegar ojo. No solo por el descubrimiento, también porque no consigo comprender cómo demonios llegó el diario a esta cabaña.

Por la mañana ni siquiera necesito ponerme el despertador, porque, cuando me llega el sonido de papá duchándose, mis ojos se abren como platos a pesar del cansancio.

Paso por el baño también, donde el espejo me confirma que es imposible esconder la cara de no haber dormido, y bajo a la cocina cuando papá se está preparando el café. El corazón me late con fuerza, pero intento aparentar que solo soy una chica de diecinueve años que acaba de salir de la cama.

—Buenos días —saludo.

—Hoy también te has levantado temprano —comenta papá, concentrado en el café.

—No tenía sueño.

Me siento a la mesa. Él se gira con la taza en la mano y, al verme, no esconde la sorpresa.

—Nadie lo diría —comenta.

—No he dormido muy bien —digo, encogiéndome de hombros.

—¿Un café con leche?

—Por favor.

Nos quedamos en silencio mientras lo prepara. Observo su espalda mientras me mordisqueo una uña y valoro cuál es la mejor manera de preguntarle lo que necesito saber.

Cuando se gira para dejarme el café delante, me apresuro a disimular.

—Gracias.

El agradecimiento que siento cuando doy el primer sorbo no es fingido. Sí que lo es el interés con el que observo a mi alrededor.

—La casa está bien —comento como quien no quiere la cosa.

—¿Te gusta? —Papá me observa con curiosidad y me apresuro a encoger los hombros para que no le dé demasiada importancia.

—¿De quién es? ¿De alguien de aquí? O de una empresa…

—Es de un matrimonio del pueblo.

—Mmm. —Doy otro sorbo al café mientras disimulo lo rápido que me vuelve a latir el corazón. Parece que papá va a añadir algo más, pero se lo repiensa. Ahora lo que me toca disimular es la decepción. Me esfuerzo por sonreír un poco al preguntarle con la intención de animarlo a hablar—: ¿Qué pasa?

—Nada.

—¿Has conocido a ese matrimonio en persona?

—Sí, ayer por la mañana. —Definitivamente, hay algo que no me quiere contar. Papá no suele ser tan escueto con sus respuestas. Finjo que esta situación de tener que tirarle de la lengua es divertida.

—¿Y… —digo, haciéndole un gesto para que siga.

Papá suspira.

—No es nada. Solo que son una pareja triste. Hace… Hace un par de años perdieron a su hija mayor.

Cuando dejo de sonreír, no estoy fingiendo.

—Vaya —comento.

Nos quedamos en silencio. Supongo que papá no me lo quería contar por miedo a que me haga pensar en mamá y me sienta mal. No le falta razón, pero, después de lo que leí anoche, lo único que quiero es información.

—¿Sabes qué le pasó?

—No. —Miente. Lo sé por cómo baja los ojos, evita mirarme—. Solo sé que se llamaba Julieta.

Aprieto los dedos alrededor de la taza para disimular la tensión. Me esfuerzo por aparentar estar tranquila, incluso indiferente ante lo que me cuenta. Asiento despacio, disimulando que no noto el latido del corazón acelerado en el pecho, el cuello, las sienes.

Puede que no haya llegado a leer el nombre de su autora, pero con todo lo que sé y con lo que me acaba de contar papá…

Tengo arriba el diario de Julieta, el diario de una chica muerta.

Mientras papá se termina su café y la tostada de queso, soy incapaz de pronunciar palabra.

—Nos vemos esta tarde. No tengas prisa por volver a casa —me recuerda, dándome un beso.

—Claro —murmuro por decir algo.

—Diviértete.

Muy poco después, oigo la puerta de la casa cerrarse, pero no me muevo.

Si alguien me espiase por la ventana, me vería dar sorbitos a mi café con calma.

Pero mi cabeza bulle de preguntas. ¿Por qué Julieta y Cameron escondieron su relación?

¿La policía interrogó a Cameron porque descubrieron que salía con ella?

¿Sospecharon que podría haberle hecho daño?

¿Y es por esto por lo que Cameron ha cambiado tanto, según lo que me ha contado Sofía?

Pero ¿ha cambiado porque le hizo daño a Julieta o porque perdió a su novia?

Entonces me asalta el pensamiento de que debería devolver el diario a sus padres. Es lo correcto.

¿Por qué solo de pensarlo se me retuerce el estómago?

Si les devuelvo el diario, imagino que metería a Cameron en problemas, pero no es eso lo que me frena. Es otra pregunta la que más brilla en mi cabeza.

¿Por qué ella escondió el diario aquí? Encima, tan bien escondido.

Quizá solo intentaba evitar que sus padres lo encontraran, pero es que lo metió en una pared. Parece excesivo. Extraño. Inquietante.

En cuestión de segundos, la pregunta «¿Por qué lo escondió tan bien?» se ha convertido en un picor que no sabes de dónde proviene y no puedes dejar de rascártelo.

Estoy hecha un lío. ¿Qué demonios se supone que tengo que hacer?

Me froto la frente, los ojos, las mejillas.

Al final, solo se me ocurre una cosa.

Dejo el café con leche sin terminar sobre la mesa de la cocina y subo a mi habitación.