Cuenta atrás para salvarte Capítulo 4
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Capítulo 4

Maia

No creo que esté en casa cuando llegues. Estoy con unos chicos del pueblo

No creo que tarde, pero tengo mala cobertura

Papá:

¡Por mí no corras! ¡Quédate el rato que quieras con ellos!

Maia

Está bien, no tardo

Papá:

¡¡¡Pero si salen de fiesta o algo puedes apuntarte con ellos, ¿no?!!!

Maia

No voy a salir de fiesta

Papá:

¡¿Por qué?!

Maia

¿Puedes dejar de poner admiraciones por todas partes?

Papá:

¡¡¡Vale!!!

Maia

Papá...

Papá:

Tú vuelve a la hora que quieras.

Maia

Enseguida voy para casa

Papá:

No tengas prisa, sal de fiesta. ¿Tienes dinero?

Maia

¡Que no voy a salir de fiesta!

Papá:

Ja ja, mira quién usa ahora las admiraciones.

Papá:

¿Maia?

Bueno, si al final sales, avísame.

Entro en la cabaña temblando por el frío. Antes he salido con tantas prisas que no he pensado en coger una chaqueta para cuando las temperaturas empezaran a bajar al mismo ritmo que el sol.

El aroma a sofrito que me recibe me hace alzar las cejas. Hacía mucho que papá no cocinaba algo elaborado. En cuanto oye la puerta cerrarse, se asoma desde la cocina con una gran sonrisa y los ojos brillantes.

—Al final has llegado pronto.

—No es tan pronto. Y estoy muerta de hambre.

—Pero podrías haber cenado por ahí y alargado más si te apetecía.

Pongo los ojos en blanco. Esto es increíble. Recuerdo perfectamente ciertas conversaciones con él y mamá, cuando les pedía que me dejaran ir a alguna fiesta o concierto, y su respuesta era un no rotundo. En cambio, mira ahora, mi propio padre me empuja a salir de fiesta toda la noche.

—Voy a poner la mesa —digo, dándolo por imposible.

Cuando nos sentamos a cenar, el hombre rebosa una energía inaudita. Me observa sin poder parar de sonreír.

—¿Con quién estabas?

—Creo que con las únicas otras personas de mi edad del pueblo —explico, sonriendo y parpadeando con fingida inocencia, pero que le transmite mi mensaje con claridad: no me ha traído al fin del mundo, pero casi.

Su reacción es parecer muy satisfecho consigo mismo.

—De nada.

Resoplo, intentando indignarme, pero se le ve tan contento que no lo consigo. Decido seguir con la conversación.

—Me parece que también hay otro chico, pero va por libre —digo como quien no quiere la cosa. Me refugio tras el gesto de beber agua con la esperanza de disimular que pensar en Cameron me turba un poco.

—¿Por dónde habéis estado?

—Me los he encontrado por casualidad en el parque de los columpios. —Le explico dónde queda exactamente y que, en efecto, casi hay más columpios que habitantes en Bolcáriz—. Suelen estar ahí o en la playa del pantano. No nos hemos movido del parque.

No le cuento que me he quedado ahí sentada, tomando la cerveza en silencio, mientras ellos me hacían el favor de ignorarme.

—Bueno, ¿pues cuento con que mañana volverás a llegar a esta hora?

La esperanza con la que me lo pregunta casi me parte el corazón.

Ha pasado por alto el detalle de que me los he encontrado por casualidad.

Está convencido de que su plan de traerme hasta aquí está funcionando, y se le ve tan contento que me da pena hacerlo caer de su nube de felicidad. Además, es agradable verlo tan animado.

Aun así, soy incapaz de mentirle de forma descarada. Acabo encogiéndome de hombros.

—Sí. No sé. Ya veremos.

—Bien, bien —dice—. Por cierto, el váter ya está arreglado. He avisado a los propietarios y, cuando he llegado, el manitas del pueblo ya estaba esperándome en la puerta.

Asiento, masticando la carne con lentitud mientras valoro si debería contarle que he encontrado un diario escondido en la pared.

Es tan llamativo que es digno de contar, pero algo me frena.

Me digo que es por respetar la intimidad de esa chica, porque, si se lo cuento a papá, seguro que querrá entregárselo a los propietarios de la cabaña.

Ellos tendrán los contactos de todas las personas que se han alojado aquí y les será más o menos fácil averiguar a quién puede pertenecer.

Pero eso puede suponer que el diario pase por muchas manos y que la gente lo lea.

Sin embargo, si soy sincera conmigo misma, no guardo el secreto solo por eso. No puedo evitarlo, siento el descubrimiento como algo mío. Y que estuviese escondido detrás de la pared me parece tan extraño…

—Por lo que me han dicho, el wifi seguirá sin funcionar bien. Pero dentro de nada echan una película de James Bond por la tele.

Las palabras de papá me sacan de mis pensamientos.

—¿James Bond? ¿Con anuncios? —pregunto un poco horrorizada.

Por desgracia, a falta de alternativas, acabo viendo la película. O, mejor dicho, viendo anuncios con fragmentos de una película entremedias. Desde mi asiento en el sofá, veo el mueble donde están guardados los juegos de mesa, pero no pienso hablarle de ellos a papá.

Es más de medianoche cuando subo a la habitación.

Me siento en la cama, apoyada contra el cabecero, y compruebo el estado del wifi sin muchas esperanzas.

Me llevo una grata sorpresa al descubrir que funciona.

Va lento y no me vale para ver ningún programa, pero es perfecto para entregarme a lo que hace horas que me muero de ganas de hacer.

No sé el apellido de la chica que se suicidó en el pantano, pero sí su nombre. Solo necesito poner en el navegador «Julieta», «Turbiel» y «Bolcáriz», y me aparecen un montón de titulares de noticias que tienen una clara evolución:

»Menor de 16 años desaparecida.

»La policía halla los objetos personales de la joven desaparecida.

»Aparece flotando en el agua del pantano una zapatilla de la joven desaparecida.

»La principal hipótesis de la policía es el suicidio.

»Las autoridades dan por finalizada la búsqueda del cuerpo de Julieta.

Pincho en el primer enlace.

Al ver la fotografía que encabeza el artículo, me quedo petrificada. Un largo escalofrío me recorre de pies a cabeza, tomándose su tiempo en la columna vertebral.

Me parezco mucho a ella.

Me quedo atrapada un buen rato estudiando esa imagen de Julieta a los dieciséis años.

Era guapa, desde luego bastante más guapa que yo, pero el parecido entre nosotras me pone los pelos de punta.

El mismo cabello de color rubio oscuro, los ojos marrones, la nariz y la barbilla de una forma parecida…

Incluso en la expresión seria de esta foto nos parecemos.

Hay otra imagen en la que aparece de niña, sonriente, e incluso ahí veo similitudes.

¿Es eso lo que le pasó a Cameron? ¿Pensó que era Julieta y por eso se me quedó mirando así, como si hubiese visto un fantasma?

Tiene que ser muy extraño. Un día vas tan tranquila por la calle y te encuentras con alguien que se parece mucho a una persona que está muerta. Empiezo a pensar en qué haría si me pasara a mí, si de repente me encontrara con una mujer muy parecida a mamá, pero lo bloqueo.

No, no voy a ir por ahí.

Cuando consigo dejar de mirar las imágenes de Julieta y de estremecerme, leo esa noticia y algunas más, pero no se puede decir que aporten demasiado al resumen que me ha hecho Sofía.

Solo añaden lo de la zapatilla flotando en el agua y que el fondo del pantano es tan oscuro que es muy difícil para los buzos ver algo.

Prácticamente tienen que rastrear a ciegas.

En ninguno de los medios se contempla la teoría de Alba de que quizá Julieta se escapara porque estaba mal con sus padres. Tampoco hablan del interrogatorio de la policía a Cameron.

¿Por qué querrían hablar con él?

Quiero seguir leyendo, pero entonces el wifi decide que ya ha trabajado lo suficiente por hoy y para de funcionar. Dejo caer el teléfono sobre la cama con un resoplido.

Me quedo ahí sentada, embargada por sentimientos contradictorios. Esta chica me da pena y me pregunto qué la pudo llevar a estar tan desesperada como para elegir poner fin a su vida en vez de pedir ayuda. A la vez, me enfado porque hay gente que no puede elegir.

Aprieto los labios. Esto me va a llevar a pensar en mamá otra vez. Antes de que la cosa vaya a más, cierro los ojos y cojo aire con fuerza, pero lo suelto poco a poco mientras me esfuerzo por intentar pensar en otra cosa.

Noto que no lo voy a conseguir. Y entonces mi mirada se posa en el diario, que descansa sobre el escritorio.

Agradezco tanto la distracción que casi salgo corriendo de la cama para acercarme a ver si ha seguido secándose.

Lo toco con mucho cuidado, la portada, las primeras páginas.

Sí que parece que está un poco más seco.

Lo estudio de nuevo, preguntándome a quién pertenece.

Quizá si leo un poquito más aparezca su nombre…

No, no debo.

Creo que paso un minuto entero debatiéndome entre si leer un poco más o no. Cada vez que estiro la mano para pasar a la siguiente página, la acabo retirando de golpe. Pero, si no averiguo de quién es, ¿cómo podré devolvérselo?

Al final, gana el demonio del sí pero con matices. Prometo que solo echaré un vistazo rápido a una entrada o dos, a ver si aparece un nombre. Si no, pues, cuando esté del todo seco, lo ojearé muy rápido a ver si hay suerte.

Sin embargo, solo necesito leer la primera frase de una nueva entrada para confirmar que soy débil y que me miento muy bien a mí misma.

La leo de principio a fin, enganchada al sarcasmo y al enfado de la autora hacia el mundo.

Me parto de risa con la descripción que hace de un par de profesores de su instituto, ya que me recuerda a algunos que yo también tuve.

En la siguiente entrada que leo, repite las ganas que tiene de alejarse de su pueblo, y en la tercera incluso menciona lo mucho que le preocupa el cambio climático.

Sin embargo, en la cuarta solo hay escrita una frase que me cae como una bofetada.

«Si la vida es esto, ¿de verdad vale la pena?».

Me aparto de golpe y vuelvo a pensar en Julieta, que se tiró al pantano. Ella decidió que no valía la pena. Y ahora la autora del diario también lo cuestiona.

Me gustaría enfadarme con las dos, con una por dudar y con la otra por quitarse la vida. Hay gente que no puede elegir.