Cuenta atrás para salvarte Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Tú mismo me dijiste que no me fiara de ti —le recuerdo.

Un par de emociones cruzan veloces por su rostro. Decepción, rabia. Después, aparta la mirada y niega con la cabeza mientras ríe sin humor.

—Es cierto, te lo dije —admite con un desdén claramente dirigido a mí. Se pone en pie y me dedica una mirada rápida—. Adiós, Maia.

Se aleja caminando bosque a través, rápido, cada uno de sus gestos emana el enfado que a duras penas contiene.

Y yo me quedo ahí, con cara de idiota.

Acabo de ofender a Cameron.

Recuerdo la decepción en su expresión, como si no esperara que yo me dejase influir por lo que me dicen los demás.

Me asaltan las dudas. Es cierto que he visto cosas que me han llamado la atención y que él mismo me dijo que no me fiara de él.

Sin embargo, lo que me ha hecho dudar al encontrármelo han sido las palabras de Sofía.

Pero ni siquiera sé el motivo de ese aviso.

¿Y si en realidad solo es por una tontería?

Quizá no se llevan bien entre ellos. O están enfadados por algo.

O tal vez… Tal vez son expareja. Son de esas personas que pegan.

Los dos son tan guapos que casi parece obvio que acaben juntos.

Me muerdo un carrillo, luego el otro, al imaginármelos como pareja. Es una estampa que no me gusta. ¿Por qué? Pues no quiero pensar en ello, porque lo que esos dos hagan no es asunto mío.

Cuando consigo centrarme de nuevo, me doy cuenta de que he sido muy injusta con Cameron. Mientras no sepa el motivo del aviso de Sofía, no tengo derecho a pensar mal de él. Él no me ha dado motivos para ello. De hecho, a día de hoy todavía no sé si su advertencia iba en serio o era broma.

De repente, me enfado con Sofía aunque tampoco la conozca. ¿Por qué me ha puesto en esta situación?

Sin embargo, ese cabreo pronto deja paso a la culpabilidad, porque yo soy la única responsable de haberse dejado influenciar por alguien a quien acabo de conocer.

Se me han ido las ganas de seguir paseando por el pantano. Pero tampoco me apetece regresar a la cabaña ni dejarme ver por el pueblo.

Parece que tengo un problema, ¿eh?

Decido dar un paseo rodeando Bolcáriz. Papá me contó que hay un camino peatonal a su alrededor, con acceso a algunas fuentes naturales y cosas por el estilo. No es que sea un planazo (eso sería que el wifi de la cabaña funcionara bien), pero tendrá que valer.

Dos fuentes y un pequeño mirador después (y donde también hay mala cobertura de datos), llego a un enorme parque infantil que está lleno de columpios.

Me doy cuenta demasiado tarde de que este es uno de los lugares que quería evitar.

Y es que, en un rincón apartado, sentados sobre el césped, están Sofía y los demás.

Sigo caminando con la intención de fingir que no los he visto.

—¡Maia, has venido! —grita Sofía, saludándome con la mano.

Me quedo petrificada, un poco horrorizada. ¿Que he venido? Quiero decirle que no se trata de eso, que solo pasaba por aquí por casualidad, pero ella ya camina hacia mí mientras me hace señas para que me acerque.

Como una autómata, y como una idiota, doy unos pasos en su dirección. Lo último que quiero ahora es compañía, pero me sabe mal decirle a la cara que paso de ellos. Creo que es el efecto Sofía, es tan hospitalaria que resulta difícil decirle que no.

—Ven, ven —me dice cuando nos encontramos a medio camino. La sigo hacia el resto del grupo. Están sentados sobre toallas, bebiendo cervezas y refrescos, Bruno fumando y con un altavoz por el que suena reguetón—. Chicos, vuestra única neurona os permite recordar a Maia, ¿verdad?

—Me suena vagamente —bromea Lucas.

—Hola, Maia —dice Alba.

Bruno sigue con las gafas de sol puestas y solo hace un gesto con la cabeza.

—¿Qué te apetece tomar? —pregunta Sofía, abriendo la neverita que han traído—. Cerveza, Coca-Cola… El Red Bull asqueroso de Bruno...

—Eh, un respeto al Red Bull. Sin él, no me tendríais aquí.

Los demás ríen mientras yo dudo. Quiero decir que no quiero molestar y que en realidad ya me iba, pero entonces recuerdo cómo he acabado viéndome en esta situación. La advertencia contra Cameron. Podría aprovechar el momento para pedirle más detalles a Sofía.

—Cerveza, gracias.

Sofía me la da y me hace un gesto hacia las toallas.

—Ponte cómoda donde te apetezca.

Vuelvo a dudar. ¿Sentarme con ellos? ¿Tan cerca? Solo de pensarlo noto que la mano me tiembla un poco. Para disimular y concederme un poco de tiempo, abro la lata de cerveza. A pesar de la música y la charla de los demás, el crujido resuena en mi cabeza como un látigo.

No tengo ni idea de cómo hacer esto. Llevo tanto tiempo sin estar con grupos de personas que ya no sé cómo hacer preguntas delicadas sin incomodar a todo el mundo.

—Eh… Sofía, ¿puedo hablar contigo? —le pregunto, haciendo un gesto con la cabeza para que nos apartemos un poco. Ella alza las cejas, sorprendida, y los demás se callan. Muy bien para mí, he conseguido crear un momento incómodo para todos.

He de reconocerle a Sofía que enseguida se adapta a las circunstancias.

—Claro —dice.

Me mira con curiosidad mientras nos alejamos unos pasos. Procuro quedarme de espaldas a los demás, no tengo ni idea de si están al tanto de su advertencia sobre Cameron.

Aunque antes me haya enfadado con ella por haberme puesto en una situación comprometida, también me sabe mal rechazar sus intentos por acogerme en su grupo. Por eso acabé bloqueando los contactos de Paula y Vero, no podía con la culpabilidad por ignorarlas.

—Oye, estás siendo muy amable conmigo y… —empiezo a decir, pero no sé cómo continuar. Miro hacia el cielo y suspiro, buscando las palabras para expresarme, pero sin contar demasiado—. Es solo que llevo una temporada muy larga sin socializar y creo que todavía no estoy preparada para…

—Está bien —dice ella enseguida—. No te sientas obligada a nada. No nos lo tomaremos mal si pasas de nosotros. Yo pasaría de nosotros si pudiera.

No puedo evitar reírme un poco ante su broma. Sigue observándome con curiosidad.

—Entonces, ¿ahora has venido porque…?

Lo suelto de golpe:

—¿Por qué debería ir con cuidado con Cameron?

La expresión de Sofía se transforma al instante. Cualquier rastro de alegría desaparece.

—¿Qué pasa, Sofía? —Oigo que pregunta Bruno.

Ella me observa unos instantes. No aparta la mirada cuando dice a sus amigos:

—Deberíamos hablarle de Julieta.

Aunque la música sigue sonando y hay unos niños jugando en los columpios más alejados, es como si una losa de silencio cayera sobre nosotros. Me giro y descubro que los demás tienen la misma cara larga que Sofía. Bruno, que parece especialmente molesto, coge su teléfono y detiene la música.

Sofía me hace un gesto con la cabeza y se sienta en su toalla. Yo me siento ni demasiado cerca ni demasiado lejos de ellos.

—Julieta era otra chica del pueblo. Siempre fuimos juntos a la escuela y al instituto, pero…

—explica Sofía. Su mirada se desvía un pequeño instante hacia Bruno, que mira en dirección al pantano con la mandíbula en tensión de tanto que aprieta los dientes—.

Bueno, hacía tiempo que no estaba muy bien y…

—Se suicidó tirándose al pantano —termina Bruno con brusquedad, sin mirarnos.

Por un momento, me quedo sin respiración.

—Lo siento —consigo pronunciar.

Ellos permanecen un rato largo en silencio.

—Nunca encontraron su cuerpo —dice Alba con voz débil.

Los demás hacen gestos que van desde la negación hasta el desdén.

—Hallaron todas sus cosas en la orilla —le recuerda Bruno con cierta rabia.

Alba se encoge de hombros.

—El teléfono no. Y todos sabíamos que estaba harta de sus padres. Quizá se largó y…

—Alba, deja de vivir en tu mundo de unicornios y piruletas —le espeta Bruno—. Julieta se tiró al pantano y está muerta. Llevaría el móvil en el bolsillo. Punto.

Alba se encoge y le dirige una mirada resentida, pero no insiste.

—Después de… lo que pasó, estábamos todos mal, pero Cameron dejó de hablarnos —dice Sofía—.

Y un día la policía vino a buscarlo y se lo llevaron para interrogarlo.

Nadie sabe por qué y tampoco nos lo contó…

Y ahora pasa de todo el mundo. —Calla unos instantes—.

No sé si tuvo algo que ver con la muerte de Julieta, pero desde entonces no es el mismo.

Se quedan en silencio, envueltos por una atmósfera de tristeza y rabia.

—Gracias por contármelo —musito.

—De nada. ¿Podemos dejar ya el tema? —gruñe Bruno. Vuelve a poner la música y se tumba con el brazo cubriéndole los ojos, dispuesto a pasar de nosotros.

Lucas es el que consigue romper el momento lúgubre, cambia de tema y comenta que anoche vio el final de no sé qué serie. Poco a poco se animan y recuperan la charla distendida de antes, aunque no los escucho. Me quedo ahí sentada, dando sorbos a la cerveza, pensando en lo que acaban de contarme.

¿Puede ser que las aguas de ese pantano que parece tan idílico escondan el cuerpo de una chica? Me estremezco solo de pensarlo. Esas aguas tan oscuras ya no me parecen solo oscuras, sino también sombrías, llenas de secretos.

Después, mis pensamientos se desvían hacia Cameron.

¿Por qué lo interrogaría la policía por el suicidio de una chica?

¿Y por qué, según parece, ha cambiado tanto desde entonces?

¿De verdad son circunstancias que lo convierten en alguien peligroso?

A juzgar por cómo ha reaccionado cuando ha deducido que me habían advertido contra él, no solo no le gusta, es que parece que lo considere injusto.

Pero, claro, eso no lo convierte en inocente de forma automática.

Suponiendo que haya hecho algo malo, claro.

El misterio que rodea a Cameron no hace más que aumentar. Parece la excusa perfecta para pasar de él, ¿no? Es lo que quiero, mantener las distancias.

Pero, por algún motivo, no consigo quitármelo de la cabeza. Lo único que siento es curiosidad. El mundo exterior me dice que debería desconfiar de él, pero algo en mi interior me empuja a lo contrario. A saber más sobre él, a resolver el misterio que es Cameron.