Capítulo 3
Pero hoy lo he encontrado ordenando el armario y he comprendido a qué se refería. Así que voy a escribir lo que se me pasa por la cabeza:
Hoy he cumplido dieciséis años y ha sido una mierda.
El instituto es una mierda.
Este pueblo es una mierda.
Mis padres son imbéciles.
Sueño con el día en que pueda ir a la universidad. Todavía no sé si iré a Madrid o Barcelona, pero da igual. Lo importante es que perderé de vista a todo el mundo.
Pero echaré de menos a Lorena. No sé qué haría sin ella, es lo único bueno que hay en mi vida.
Me angustia pensar en dejarla sola con mis padres y que empiecen a machacarla a ella con todo lo que no hace bien cuando ya no puedan hacerlo conmigo.
Aunque puede que se salve, porque es mejor que yo.
A ella la adoran. Yo soy la que lo ha hecho siempre todo mal.
No sé, a veces pienso que tienen razón. No me llevo bien con la gente de mi clase por mi culpa. No sé por qué, pero siempre estoy enfadada, pero es que son tan… idiotas. Solo piensan en ligar y hacer vídeos para TikTok. Ojalá yo fuera como ellos. Sería todo más fácil.
¿Por qué mi vida tiene que ser tan complicada?
25 de febrero
Ayer acudí a la fiesta de los de clase y acabé con Bruno . Ni siquiera .
Ojalá no lo hubiese hecho.
De hecho, ojalá no lo hubiese escrito aquí, porque, si papá y mamá descubren esto, seguro que lo leerán y pondrán el grito en el cielo.
Si lo leéis, que os den, por cotillas.
Mejor lo tacho y que os den igualmente.
Parece que he encontrado un diario personal.
Lo cierro de golpe, sintiéndome mal por haber llegado a leer casi tres páginas.
Miro el cuaderno, sin saber qué hacer con él. ¿Debería dejarlo donde estaba? Estoy a punto de hacerlo, pero, al ver que el suelo sigue húmedo, me detengo. De hecho, el cuaderno está bastante empapado. Si lo guardo en estas condiciones, se estropeará.
Cojo una toalla y lo seco como puedo, sin atreverme a abrir las páginas para no romperlas.
El agua las ha dejado muy frágiles. Después encuentro un secador en el armario y le doy con el aire caliente, pero pasa un buen rato y sigue muy húmedo.
Ya no sé qué más hacer. Solo se me ocurre ponerlo a secar y cruzar los dedos para que el contenido no se borre por culpa del agua.
Descubro que, en mi habitación, el sol cae sobre el escritorio que hay debajo de la ventana. Lo deposito con cuidado ahí, abierto por la primera página. Cuando la cubierta y las primeras hojas estén secas, puedo ir pasándolas para que el resto también vaya secándose.
Me quedo sentada en la cama, observándolo, preguntándome a quién debe de pertenecer. Solo sé que es de una chica. Menciona TikTok, así que no puede tener muchos años, pero es imposible concretar la época porque en las fechas no escribió los años.
¿Y cómo llegó aquí? ¿Es de alguien que vino a pasar unos días a la cabaña, lo escondió y luego se le olvidó llevárselo? Pero ¿por qué lo escondería precisamente aquí?
Me muerdo el labio. Me pregunto qué habrá sido de su propietaria.
Me siento un poco culpable por haber leído esas primeras entradas, pero siento curiosidad.
Tenía dieciséis años y estaba muy enfadada con el mundo, pero, no sé, me ha caído bien.
Adora a su hermana pequeña. Y la entiendo, yo también pasé una temporada en el instituto en la que muchos de mis compañeros me parecían un poco idiotas.
Muy críos. Luego, por suerte, se les pasó y se volvieron más interesantes.
De repente, me veo transportada a esos días.
No hace tanto, pero tengo la sensación de que ha pasado una eternidad.
Las charlas en los pasillos y en el patio del instituto, las notas que nos pasábamos durante las clases, el drama…
Cuánto drama había en nuestras vidas en ese momento.
Pero con Vero y Paula lo capeábamos todo.
Cuando no estábamos juntas, nos pasábamos el día chateando y haciendo videollamadas.
La nostalgia me invade y siento unas ganas tremendas de regresar a esa época.
Me da igual que suponga volver a pasar por todas esas crisis y altibajos emocionales.
Por las horas estudiando esas asignaturas tan aburridas.
Por las discusiones con papá y mamá. Eran días buenos.
Y, además, al regresar a casa estaba mamá, que…
Respiro hondo para frenar mis pensamientos. Esos días se fueron y ya no volverán. Revolcarme en esos recuerdos no me va a servir de nada.
Vuelvo a centrar la atención en el diario. ¿Qué habrá sido de la chica? ¿Se habrá arreglado la situación con sus padres? ¿Y qué pasó exactamente en esa fiesta?
Sigo observándolo, incapaz de apartar la mirada. Es como si me llamara para que siguiera leyéndolo.
No, no voy a hacerlo. Si yo escribiese un diario, no me gustaría que una desconocida entrometida lo trasteara. En todo caso, cuando esté seco del todo lo hojearé para ver si encuentro algún nombre o contacto para avisar a la chica.
Me obligo a ponerme en pie y a salir de la habitación. En el baño, coloco el azulejo en su sitio y parece que aguanta sin caerse de nuevo. Después, como el wifi funciona, puedo enviarle un mensaje a papá para avisarlo de que el váter de mi habitación pierde agua.
«Luego lo miro. Si no, avisaré a los propietarios», responde al cabo de un rato, cuando ya me estoy haciendo la comida.
Cuando me siento a la mesa, el wifi sigue funcionando, pero va tan mal que no puedo ver ni La isla de las tentaciones , ni Masterchef , ni Las Kardashian , ni nada de nada.
Los programas de la televisión normal tampoco me interesan, por lo que, cuando termino de recoger los platos, me encuentro sin saber qué hacer.
No tengo ningún libro porque hace un año que, no abro ni uno.
En la casa tampoco hay. Lo único que encuentro, en el mueble del salón, son juegos de mesa.
Los voy sacando. No es que tenga muchas ganas de ponerme a jugar yo sola, pero supongo que los prefiero a quedarme sin hacer nada.
Sin embargo, parece que todos son para un mínimo de dos jugadores.
Entonces saco el Cluedo .
Me quedo mirando la caja, como atascada, incapaz de apartarla, incapaz de dejar de mirarla.
Desde pequeña, fue mi juego favorito. Primero tuve la versión júnior, en la que había que descubrir quién había tenido el descaro de comerse la tarta antes de la cena.
Después me regalaron la versión para adultos y obligué a papá y a mamá a pasarse horas jugando conmigo.
Los recuerdos de esos días de instituto vuelven a asaltarme.
Mamá es la que pasó más tardes jugando conmigo al Cluedo , porque…
Devuelvo el juego al mueble con tanta brusquedad que el golpe contra la madera trasera suena como una pequeña explosión.
No quiero pensar en mamá.
Me apresuro a meter encima las otras cajas, como si pudieran contagiarme algún tipo de infección. Cierro la puerta del armario, cojo las llaves de la cabaña y salgo. Me quedo plantada en el porche, jadeando, como si acabara de correr varios kilómetros.
Estudio los árboles que rodean la cabaña y el camino que conduce a la carretera y al pueblo.
Pensar en ir allí me produce un rechazo inmediato, así que rodeo el pequeño edificio en dirección al pantano.
Me quedo plantada a pocos centímetros del agua y observo la inmensa y oscura superficie.
El lugar no podía ser más pacífico. En estos momentos, mi única compañía son el olor a tierra húmeda, el zumbido de los insectos que pasan volando a toda velocidad cerca de mí, los grillos que cantan y algún perezoso chapoteo del agua.
Cuando me canso de disfrutar del paisaje que ofrece el bosque que hay más allá del pantano, miro a mi alrededor. Y ahora ¿qué? No quiero volver a entrar en casa. No quiero ir al pueblo.
Entonces descubro que, a tan solo unos metros, hay un estrecho sendero que parece rodear el pantano. No es extraño, claro, seguro que por la zona hay unos cuantos. No me apetece embarcarme en ninguna excursión, pero, a falta de algo mejor que hacer, empiezo a recorrerlo.
Al principio es bastante plano, pero, al cabo de poco, empieza a ascender y, en menos de un minuto, estoy jadeando de lo lindo. Supongo que es lo que pasa cuando llevas un año sin apenas moverte del sofá.
Por suerte, la cuesta no es muy larga y entro en una parte llana.
Con la excusa de contemplar el paisaje, camino muy lento para recuperar el aliento.
Es un poco absurdo porque no hay nadie por aquí ante quien mantener el orgullo, pero me sale así.
Y es por eso, porque estoy con la vista clavada en el horizonte, que, al tomar una curva, casi choco con una roca y la persona que está sentada en ella.
—Perdón —digo, dando un paso atrás, antes de reconocer de quién se trata:
Cameron.
Estaba observando el pantano con expresión grave, pero, al reconocerme, me mira con una sonrisa ladeada.
—Seguimos encontrándonos —comenta.
—Eso parece.
No sé cómo sentirme. Puede que, en el fondo, me alegre de haberme topado con él. Es decir, puesto que me he encontrado con alguien, prefiero que haya sido con él. Hasta que me doy cuenta de que estamos solos en mitad de la nada y las palabras de Sofía regresan a mí.
«Cameron… Antes estaba bien, ¿sabes? Pero ahora… Ten cuidado con él, ¿vale?».
Cuando me ha dicho que tuviese cuidado, ¿se refería a esto, a no quedarme a solas con él sin ninguna persona a un kilómetro a la redonda?
—¿Has salido a pasear?
Asiento con lentitud, preguntándome si debería decirle que mi padre anda por aquí cerca. O si simplemente debería desearle una buena tarde con una gran sonrisa y regresar por donde he venido y no detenerme hasta llegar a la plaza del pueblo, donde seguro que habrá gente.
Su sonrisa desaparece a medida que parece darse cuenta de algo. Entrecierra un poco los ojos.
—Ya te han advertido contra mí, ¿no?
Abro la boca, aunque en realidad no sé muy bien qué decir. Esto es muy incómodo. ¿Qué se supone que puedes contestar a una pregunta así?
Opto por responderla de forma indirecta.