Cuenta atrás para salvarte Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Desaparece dentro de la cafetería, de donde emerge al cabo de unos minutos con la carretilla cargada de cajas con botellas de refrescos vacías. Mientras espero, sigo viendo las miradas que le dirigen. Es como si su presencia hubiese enturbiado el ambiente.

—Qué manía con dejar el camión justo ahí —se le queja uno de los abuelos.

—Es un momento —le contesta. No es maleducado, pero parece que para sí lo esté enviando a freír espárragos.

Entonces se detiene delante de mi mesa. Aún parece contrariado, pero su expresión se suaviza un poco.

—La chica misteriosa —me dice.

—¿Yo soy misteriosa? —pregunto asombrada, abriendo mucho los ojos.

Vale, yo soy la recién llegada en un pueblo donde imagino que todo el mundo se conoce. Eso siempre da un aura de misterio. Pero con la situación de la que he sido testigo, viendo al Cameron que conocí ayer y al que estoy viendo hoy, él tampoco se queda lejos.

—Sí. Todavía no sé si te gusta más el pavo o el jamón york.

Y así de rápido consigue arrancarme una pequeña carcajada. Me desconcierta que bromee conmigo mientras que con el resto del pueblo parece haber cierta hostilidad, pero a partir de aquí no me cuesta continuar con la conversación, como si siguiésemos en ese mirador.

—Creo que mantendré el enigma —le digo—. ¿Trabajas aquí?

—Reparto por la zona. Pero vivo en el pueblo. —Hace un gesto vago hacia la parte superior. Sus ojos se posan un instante en el carro de la compra que tengo al lado—. ¿Y tú qué haces aquí?

—He venido a pasar el verano con mi padre.

Alza las cejas como si no supiese si se trata de una buena o una mala noticia.

Y aquí sí que me quedo sin saber qué decir.

No está siendo grosero, así que no me lo tomo mal, pero no comprendo qué importancia va a tener en su vida que yo esté en el pueblo.

Total, apenas nos vamos a ver porque tengo muy pocas intenciones de salir de la cabaña.

Un claxon impaciente lo increpa.

—Tengo que irme. Nos vemos por aquí, chica misteriosa.

«Mira quién fue a hablar», me siento tentada de replicarle. Pero me limito a observar cómo se aleja, carga las cajas y la carretilla, y sube al camión. No estoy segura, pero creo que antes de arrancar me dedica una mirada fugaz.

Todavía estoy pendiente del camión que abandona la plaza cuando alguien se sienta de forma tan repentina en la silla que hay delante de mí que me llevo un buen sobresalto.

Sofía.

—Vale, una pregunta. Y perdona que sea tan directa —me suelta a bocajarro—. ¿Conoces a Cameron?

Lo último que me esperaba era esa pregunta. De hecho, tardo un poco en contestar porque me parece un poco rara.

—En realidad, no. —Decido no contarle más. No veo por qué debería darle detalles.

—Vale, eh… —Sofía tamborilea los dedos sobre la mesa, indecisa—. Verás, Cameron… Antes estaba bien, ¿sabes? Pero ahora… Ten cuidado con él, ¿vale?

Mi asombro sube peldaños por momentos. ¿Qué quiere decir con eso?

—¡Sofía, deja a la pobre chica en paz! —le grita Lucas desde su mesa. Ya se han puesto en pie y se disponen a irse.

Sofía le hace un gesto y vuelve a mirarme.

—Solo sé prudente. —Se levanta—. Ven a vernos cuando quieras.

Asiento, incapaz de pronunciar palabra. El desconcierto me acompaña mientras termino de desayunar, hago la compra y emprendo el camino de regreso a la cabaña.

No sé qué se supone que tengo que pensar sobre Cameron.

Sofía me ha lanzado esa advertencia, la gente del pueblo le ha dedicado esas miradas tan extrañas, él ha sido antipático con ellos…

Pero conmigo ha sido amable desde el primer momento.

Es cierto que ayer tuve esa sensación de que esconde algo, pero… No sé, no sé qué pensar.

Entro en la cabaña, guardo la compra y subo al baño, donde al instante me olvido de Cameron y todo lo demás.

El suelo está cubierto de agua. La cisterna del váter debe de llevar un buen rato perdiendo.

Tras quejarme con un fuerte lamento, cierro la llave del agua y me toca rebuscar por toda la cabaña hasta que encuentro el cubo y el mocho en la cocina.

Mientras escurro agua y más agua, siento bastante pena por mí misma y me enfado con papá por traerme aquí.

Que ya sé que tener que pasar el mocho no es tan grave, pero estas cosas en casa no nos pasan.

Acabo fregando con bastante más fuerza de la necesaria por culpa de la rabia.

Y entonces, al chocar el mocho con la pared, uno de los azulejos que están tocando el suelo se cae con un golpe agudo.

—¡Venga ya! —me quejo. Solo me faltaba esto.

Me agacho para recogerlo y ver si puedo volver a ponerlo en su sitio.

Sin embargo, algo en la pared capta mi atención.

Justo por encima del suelo hay un hueco, como si la parte inferior del ladrillo se hubiese roto.

Y en el espacio que queda libre hay un objeto.

Solo sobresale una punta, como si estuviese tumbado.

Parece… ¿un fajo de papeles? Tiro del objeto empapado, que cruje al arrastrarse por el polvo y algo de tierra que hay en el suelo.

Lo miro, sorprendida. Es un pequeño cuaderno de tapas gruesas.

¿Cómo demonios ha llegado hasta aquí?