Cuenta atrás para salvarte Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Pues vale, va a ganar papá. Me cambio de ropa y voy al cobertizo para sacar un carro de la compra que vi ayer. En la puerta, me detengo un momento a observar las oscuras aguas del pantano. Sigue siendo hermoso. Transmite paz. Y puede que consiga que se me pase un poco el mal humor. Un poco.

El camino de tierra que conduce al pueblo no es muy largo, pero es un poco empinado y llego arriba jadeando.

Después avanzo por calles solitarias en las que mis pisadas resuenan y me llega el olor a sofrito de alguien que está avanzando la comida.

No tardo ni dos minutos en pisar la plaza Mayor, que está más animada de lo que esperaba.

Hay familias que ya están veraneando, abuelos solos, abuelos con sus nietos y algunas parejas o grupos de amigos que parecen estar de paso tras una excursión.

Me siento en la única terraza abierta, la de la cafetería, donde la camarera se me acerca.

—Enseguida estoy contigo —me dice a toda velocidad, con un suave acento marroquí, sin detener la tarea de recoger platos sucios de varias mesas. Si está sola para toda la terraza, es normal que esté agobiada.

Asumo que tendré que esperar un buen rato y me refugio detrás de mis gafas de sol. Incluso cierro los ojos para no tener que ver a la gente. Ojalá el lugar fuese más solitario.

Unos minutos después, la camarera viene a tomar nota de mi pedido.

En ese momento descubro que un nuevo grupo se ha sentado en una de las mesas.

Dos chicas y dos chicos de mi edad que, de forma muy poco sutil, me dedican miraditas y cuchichean entre ellos.

En cierto momento se ríen y con asombro me pregunto si se están burlando de mí.

Hace poco más de un año, algo así me habría hecho sentir muy mal. Ahora… decido pasar de ellos y vuelvo a cerrar los ojos. Sin embargo, un minuto después oigo un carraspeo.

—Perdona.

Una de las chicas, muy rubia y guapa, está delante de mí. Me dirige una sonrisa cargada de disculpas.

—Hola. Perdona; te estábamos mirando y habrás pensado que somos unos idiotas —dice—. Que lo somos un poco, ¿eh? Pero no pretendíamos hacerte sentir mal. Me llamo Sofía.

Levanta una mano. Estoy tan sorprendida que tardo un momento en devolverle el saludo.

—Maia. —Igual que ayer con Cameron, me resulta extraño estar hablando con alguien a quien no conozco de nada. Por eso tardo unos instantes en darme cuenta de que lo suyo es reconocer que ha tenido el detalle de disculparse—. No te preocupes, de verdad.

—¿Sabes qué pasa? No vemos a mucha gente de nuestra edad por aquí, y nos has llamado la atención. —Se gira hacia la mesa donde están sus amigos—: Mira, esos son Lucas y Alba…

Al decir sus nombres, alza la voz para que la oigan. Ellos también me saludan con la mano, simpáticos.

—¡Y el imbécil del peinado raro es Bruno! —grita Sofía.

Se refiere al chico que se ha dejado caer en la silla con las gafas de sol puestas de tal manera que parece que quiera presumir de resaca. Y, sí, su cabello está cuidadosamente despeinado. Levanta una mano con pereza sin ni siquiera mirarnos.

Me encantaría decir que soy de esas personas a las que le cae bien todo el mundo y sería capaz de llevarse bien incluso con el mismísimo demonio. Sofía parece ser así. Pero no es mi caso. El tal Bruno me parece el típico engreído perdonavidas y me cae mal al instante.

—Bueno, que sepas que por las tardes, si no estamos en la playa de la Calavera del pantano, estamos en el parque de los columpios —continúa Sofía—. Pásate si quieres, no te cortes.

—Gracias, eres muy amable —consigo responder.

¿Por qué esta chica está siendo tan agradable conmigo?

Supongo que ella es así y ya está, pero es que yo nunca lo he sido.

Ni ahora ni antes ni cuando tenía diez años.

Y, precisamente en estos momentos de mi vida, no creo merecerme su amabilidad.

Encima miento de forma descarada cuando añado—: A ver si me puedo pasar algún día.

No tengo intención de hacerlo.

—Genial —dice Sofía con una sonrisa—. Pues nos vemos. Un placer, Maia.

Regresa hacia su mesa a la vez que un camión de reparto de bebidas se detiene junto a la terraza.

El conductor desciende del vehículo y se acerca al lateral para bajar la lona y dejar a la vista las cajas de refrescos.

Algo en él me resulta familiar. Está de espaldas, sacando cajas y apilándolas en una carretilla.

Pero el color del cabello, esos hombros anchos…

Cuando se gira, tengo un pequeño sobresalto. ¡Es Cameron!

Abro los ojos como platos. ¿Qué hace él aquí? Coge la carretilla y empieza a caminar por entre las mesas en dirección a la cafetería. Entonces suceden un par de cosas extrañas.

La primera es la expresión de Cameron. Es grave, malhumorada. No parece que hoy tenga un mal día y ya está, sino que es su estado habitual.

No tiene nada que ver con el chico al que conocí ayer.

A medida que avanza, sucede lo otro. Varias personas sentadas en la terraza le echan miradas, serios, como si no les gustase su presencia. Sofía y su pandilla. Un par de abuelos solitarios. El padre de una de las familias… Nadie lo saluda ni él muestra interés por hablar con nadie. Qué raro.

Me doy cuenta de que, si sigue con ese mismo recorrido, pasará por mi lado. Me pregunto si me reconocerá. Sigue avanzando. Sí, pasará justo por mi lado… Está a punto de llegar… Me dedica una mirada rápida y sigue su camino.

Pues no, no me ha reconocido. Me sorprendo al sentir un pequeño pinchazo de decepción, pero se corta de golpe cuando Cameron vuelve a mirarme, con los ojos muy abiertos, y se detiene de golpe.

—Hola. —Saludo con un gesto de la cabeza, esperando que mi expresión transmita lo que pienso, que esto me parece una gran casualidad.

Él me observa y… Ostras, definitivamente no parece muy contento de verme. Más bien al contrario.

—Un momento —dice con brusquedad.

—Vale… —susurro a sus espaldas, alucinando por su actitud.