Cuenta atrás para salvarte Capítulo 2
6%

Capítulo 2

Mi novia y yo la alquilamos para pasar un fin de semana y fue increíble. La casa está reformada de hace poco, está limpia y el entorno es una pasada. Precioso y tranquilo. No podíamos pedir más.

La calidad del wifi deja mucho que desear, pero es ideal tanto para aprovechar la temporada de esquí como en verano. La recomiendo.

¡Qué pasada de lugar! La casa es supercómoda, y que además esté en la misma orilla del pantano es un sueño. Las vistas desde las habitaciones son espectaculares. La atención de los dueños, inmejorable.

Todo iba bien hasta que alguien del pueblo nos contó que no sé cuándo una chica se tiró al pantano y se ahogó. A partir de ahí, cada noche mal rollo absoluto.

No mucho después, papá y yo volvemos a estar en marcha. Sigo dando vueltas a la conversación con Cameron. O más bien a su misteriosa despedida: «En mí menos que en nadie».

Tras pronunciar esas palabras, no ha añadido nada más. Ha hecho un gesto con la mano y ha seguido alejándose. Todavía no sé si hablaba en serio o si me estaba tomando el pelo.

Al final, me encojo de hombros. Nunca lo sabré, así que fin de la historia.

Además, en estos momentos tengo otra preocupación: según el móvil de papá, estamos a unos veinte minutos de nuestro destino.

Bolcáriz, pueblo en el que viven menos de mil personas (aunque en verano hay unas cuantas más) y que se alza junto al pantano de Turbiel.

Llevo unos días convertida en doña Quejica, lo sé, pero qué pereza…

—¡Mira! —exclama papá de repente, señalando un punto a mi derecha.

Me apresuro a mirar hacia allí, pero lo único que veo es un puñado de vacas pastando. Cuando le dirijo una mirada interrogante se encoge de hombros, aunque no logra suprimir del todo la sonrisa.

—Has preguntado cuándo veríamos vacas pastando.

Resoplo y pongo los ojos en blanco, aunque yo tampoco puedo evitar sonreír.

Sigo observando el paisaje. Hacía tanto tiempo que no salía de Madrid que se me hace muy extraño circular por una carretera franqueada por pequeños prados y montañas recubiertas de bosque con un color verde tan intenso.

Antes me encantaba cuando mis padres y yo salíamos de la ciudad.

Ahora ya no sé decir por qué me gustaba tanto.

Cuando por fin entramos en el pueblo, está empezando a atardecer. Papá enseguida comienza a murmurar unos: «Ah, mira qué bonito es». A mí me parece el típico pueblo de los Pirineos. Pequeño, con casas de piedra, calles empedradas y, a lo lejos, árboles y picos de montañas allí donde mires.

—Vamos a buscar algo de cena y así ya la tenemos.

Se dirige a la plaza Mayor del pueblo, que es alargada y el único lugar donde hay tiendas de algún tipo. Tampoco es que sea mucho. Una pizzería, un restaurante, una cafetería y un supermercado enano en una esquina. Incluso la iglesia y el ayuntamiento están aquí.

Como papá tiene que pasar por la pizzería a recoger las llaves de la casa, aprovechará para comprar unas pizzas y bebidas mientras yo espero en el coche con la excusa de avisarlo si molestamos a alguien por estar mal aparcados, aunque los dos sabemos que solo es una excusa para no tener que hablar con nadie.

Aprovecho para desbloquear mi teléfono y seguir viendo un capítulo de Masterchef que tenía a medias.

Papá no tarda en regresar con las pizzas y salimos del pueblo por un camino de tierra que desciende hacia el pantano.

No mucho después, por entre unos árboles de los que solo soy capaz de decir que no son pinos, divisamos una casita de dos pisos.

Las paredes son de piedra, pero las ventanas, los balcones y el generoso porche son de madera.

Es mona. Incluso tiene un robusto cobertizo en un lateral. Más que una casa, me parece una cabaña.

Cuando papá detiene el coche, por detrás de la casa vemos el agua.

Es lo primero que nos acercamos a ver y, vale, tengo que admitirlo, el pueblo no me ha impresionado demasiado, pero el pantano de Turbiel sí que consigue hacerlo.

Es descomunal, con aguas que apenas se mecen, tan tranquilas como si nada importara.

Desde donde estamos diviso algunas pequeñas playas cubiertas de piedras, pero principalmente está rodeado de bosque denso y, a estas horas, se ve bañado por la luz de la puesta de sol.

Podría decirse que es la estampa de la paz, aunque sus aguas son demasiado oscuras para mi gusto.

Algo debe de ver papá en mi expresión, porque me pregunta con una sonrisilla satisfecha:

—¿Qué te parece?

—No está mal.

Es lo único que le concedo antes de quitarle las llaves. Primero, abro el cobertizo, donde hay material de esquí, una canoa con sus remos, tres bicicletas y unas cuantas cosas más.

—Podemos usar lo que queramos —anuncia papá.

Su tono intenta sonar despreocupado, pero en realidad transmite por altavoz sus esperanzas de que me anime a salir de casa, a hacer cosas sola o con otras personas.

Me temo que volveré a decepcionarlo.

Después, entramos en la cabaña. No es muy grande, pero parece bastante cómoda. Abajo están la cocina, el comedor y el cuarto de la lavadora. Arriba hay dos habitaciones, cada una con su propio baño. A papá le falta tiempo para decir:

—Ah, gracias a Dios, durante unos meses no tendré que ver el desorden que siempre dejas tras ducharte.

—Ni yo tendré que aguantar tus quejas —replico con una sonrisa falsa.

Él se apoya en el marco de la puerta de la habitación y cruza los brazos, sonriendo.

—Sería muy fácil ahorrártelas, ¿sabes? Pero no, claro, a Maia nunca le ha gustado que le digan lo que tiene que hacer. No sé a quién me recuerdas.

El ambiente se enfría al instante. Me quedo inmóvil y su sonrisa se desvanece lentamente. Se refiere a mamá.

Siempre contaban que, de pequeña (y de joven), era tremenda porque tendía a hacer lo contrario de lo que le ordenaban.

En vez de poner la mesa, escondía los platos y cubiertos en algún lugar de la casa.

Si tenía que estar de vuelta a las ocho como muy tarde, ella llegaba a las nueve.

A los dieciséis años le prohibieron irse un fin de semana con papá, que tenía cuatro años más, pero ella se fue de todos modos.

Sin avisar a mi padre de la prohibición.

Ahora los abuelos lo aprecian mucho, pero, al parecer, costó un poco que lo aceptaran.

La presión en el pecho me asalta de nuevo, los ojos me escuecen. Pensar en mamá duele tanto… Ojalá los recuerdos sobre ella no regresaran una y otra vez.

—Voy a deshacer la maleta —farfullo, obligándome a respirar, a moverme.

Me encierro en la habitación que he elegido y, cuando vuelvo a salir, los dos fingimos que no ha pasado nada. No es la primera vez que sucede. En otras ocasiones papá intentó abrazarme, que hablásemos, pero, después de varios rechazos muy bordes, se rindió.

Durante la cena descubro que el televisor del salón no tiene ni una sola plataforma, tan solo esos canales horribles llenos de publicidad, así que papá se dedica a preguntarme cosas sobre La isla de las tentaciones .

Dice que, si a mí me interesa el programa, a él le interesa, pero, a medida que le doy detalles, frunce el ceño y parpadea confuso.

—Qué interesante lo que cuentas —dice al final. No consigue ser demasiado convincente.

—Es una gran reflexión sobre cómo funcionan las relaciones hoy en día —afirmo seria.

—Ajá.

—Si quieres podemos ver un capítulo juntos algún día —le propongo. Sigo con mi expresión neutral, aunque sé que estoy siendo mala.

Papá duda, imagino que preguntándose hasta dónde está dispuesto a llegar para demostrar que me apoya en todo. Al final me señala con el dedo.

—Ni de coña.

Me río mientras él se levanta, y durante todo el proceso de recoger la cena no puede contenerse y critica aquello que no comprende de La isla de las tentaciones .

Yo me limito a asentir y sonreír, hasta que se da cuenta de que parece un viejo carca (sus palabras, no las mías) y anuncia que se va a dormir porque está muy cansado y mañana tiene que madrugar.

Yo también subo a mi habitación con la intención de terminar de ver el capítulo de Masterchef que tengo a medias…

, pero descubro que el wifi va de pena y la cobertura de datos es inexistente.

Me quedo mirando el móvil un buen rato, intentando asimilar lo que esto significa.

Si no hay cobertura y el wifi parece un caracol…

, ¿qué diantres voy a ver en la tele mientras estemos aquí?

Dejo caer el teléfono sobre la cama, frustrada.

La cena con papá ha ido muy bien, como si estuviésemos en casa, pero esto devuelve a primer plano la realidad: me ha arrastrado a pasar todo el verano en un lugar en el que no quiero estar.

Que sí, que ya sé por qué lo ha hecho, pero ahora mismo pesa mucho más mi enfado que mi comprensión.

Curiosamente, me duermo enseguida. Y por la mañana despierto tan temprano que todavía me encuentro a papá preparándose para salir.

—Qué bien que aparezcas —me dice mientras termina de recoger las cosas que necesita llevarse—. Te he metido dinero en la tarjeta. Acércate al supermercado que vimos para comprar lo que necesitemos para los próximos días.

Ni siquiera intento disimular el horror que sus palabras me producen.

—¿No podemos pedirlo por internet?

—¿Aquí? —Papá se ríe de mí—. Nos vemos esta tarde. Cualquier cosa, llámame al móvil.

Me da un beso y se va, dejándome en una casa sin apenas internet y nada de comida.

Sé cuáles son sus intenciones con esto y mi enfado de anoche regresa.

Sola, en mitad del salón de la cabaña, aprieto los labios.

No pienso seguirle la corriente. Me dejo caer en el sofá y enciendo la tele, me da igual que me ametrallen con publicidad. No voy a salir a comprar.

Hora y media después, el estómago me ruge, me duele la cabeza del hambre y, si sigo viendo más programas matutinos para gente mayor, me explotará el cerebro. Y todos esos anuncios…