Capítulo 1 #2
—¿Pasa algo? —le pregunto al ver que no se mueve.
Mi voz lo hace reaccionar. Se relaja un poco y da un pequeño paso atrás.
—Perdona. Me recuerdas mucho a alguien y por un momento he pensado que… —Niega con la cabeza—. Nada.
Asiento sin saber qué replicar a eso.
—Vale —acabo diciendo. Empiezo a devolver mi atención al teléfono, pero vuelve a hablar.
—¿Te importa que me siente aquí? No hay más sitio —dice, señalando un extremo de mi banco.
Eso sí que consigue llamar mi atención. Cuando hemos llegado apenas había nadie en el mirador, ¿de verdad se ha llenado tanto?
Extrañada, me arrodillo para echar un vistazo por encima del respaldo.
Y resulta que es cierto, las mesas y demás asientos están ocupados por familias, parejas y algún viajero solitario.
No me apetece compartir el banco, pero no veo qué otra opción hay. Suspiro para mis adentros. Si me agobio, siempre puedo regresar al coche.
—Claro —replico. Vuelvo a sentarme.
Él toma asiento mientras me dedica una sonrisa torcida, divertida.
—Muy amable —dice con fingida solemnidad, burlándose un poco de mí. Los dos sabemos que no necesita mi permiso para sentarse, tan solo ha preguntado por amabilidad.
Esta pequeña muestra de su sentido del humor consigue llamar mi atención. De hecho, no puedo evitar sonreír también. De repente me parece un poco más interesante y lo observo con curiosidad mientras desenvuelve su bocadillo. Enseguida me llega el aroma del jamón serrano.
Cuando llevo unos segundos mirando cómo come me doy cuenta de que quizá debería contestar a su comentario con otra broma, pero estoy en blanco. Llevo tanto tiempo sin entablar conversación con alguien que no sea papá que temo decir algo fuera de lugar.
Si le digo que debe considerarse afortunado porque no voy por ahí dejando sentarse en mi banco a cualquiera, ¿entenderá la broma o pensará que soy una engreída?
Dudo tanto, y todo ello sin dejar de mirarlo, que al final se gira y me tiende una mano.
—Cameron.
Alzo las cejas, nunca había conocido a nadie que se llamara así. Pero algo más llama mi atención cuando encajo su mano cálida aunque un poco áspera, como si trabajara con ellas o practicara algún deporte. Es algo que antes me ha pasado desapercibido, pero ahora es difícil de no ver.
Son sus ojos. En ellos hay tristeza y… sombras.
—Maia —digo, y me apresuro a apartarme al ver que él también me está estudiando.
Ahora el que parece sorprenderse es él, como si mi nombre también le gustara, pero no dice nada.
Vuelve a su bocadillo, tan tranquilo. Yo siento el impulso de volver a mi teléfono, pero, por más oxidada que esté en relaciones sociales, no he olvidado que eso sería de muy mala educación.
A ver, sí que podría hacerlo. Algo me dice que no se ofendería y, total, nunca volveremos a vernos, pero me sabe mal.
Rebusco en mi cerebro algún tema con el que empezar una conversación. Por desgracia para mí, es algo que nunca se me ha dado demasiado bien. De hecho, cuando por fin abro la boca es para decir:
—Tu bocadillo huele muy bien.
Al momento me muero de la vergüenza. ¿En serio me he puesto a hablar sobre el olor que desprende su comida?
Cameron no parece darle importancia, se limita a echarle un vistazo al bocata.
—Sí, mis padres son muy gourmets con el jamón serrano. —Me sonríe con picardía—. Aunque de pequeño lo que más me gustaba era la mortadela mala del supermercado.
La anécdota me hace tanta gracia que ni siquiera necesito detenerme a pensar qué contestar.
—Pero, si era mortadela mala del supermercado, tenía que ser asquerosa.
—A mí me parecía un manjar.
Me río con suavidad, imaginándome a un Cameron de niño suplicando por comer mortadela de mala calidad. Sin darme cuenta, una confesión brota de mis labios:
—A mí me encantaba el chorizo, pero una vez comí tanto que acabé vomitando. Desde entonces, no puedo ni olerlo.
Cameron se lleva una mano al corazón, como si acabase de recibir una noticia terrible.
—El chorizo no, mi segundo bocadillo preferido. —Después añade—: ¿Y eres más de pavo o de jamón york?
Se me escapa una carcajada, pero me cubro la cara con las manos, avergonzada por haber provocado esta conversación tan rara con un desconocido.
—Siento mucho que estemos hablando de fiambres y embutidos. Sé que es culpa mía.
Cameron sonríe un poco y se encoge de hombros.
—Me gusta. Es un tema original para una primera charla.
Resoplo, consciente de que solo es amable.
—Siempre se me ha dado fatal hablar con gente a la que no conozco de nada —admito—. ¿Tú de qué hablas?
Alza las cejas, como si le hubiese hecho una pregunta muy interesante. Se inclina hacia mí y parece que fuese a contarme un secreto. Lo imito y me acerco a él, curiosa.
—Del tiempo, claro —susurra.
Se me escapa una carcajada tan exagerada que me cubro la boca con la mano, de nuevo avergonzada.
Cuando le echo un vistazo, lo descubro mirándome con interés a la vez que se termina su bocadillo.
Nos quedamos unos instantes en silencio mientras mastica.
No sé qué está pensando él, yo estoy preguntándome de dónde demonios me ha salido esa risotada.
—¿Te puedo preguntar…? —empieza a decir Cameron con prudencia. Cuando asiento se anima a continuar—: ¿Qué haces aquí, en mitad de la nada, viendo algo en el móvil?
Dudo, cuestionándome si debería contarle que papá está durmiendo en el coche. Tal y como él ha dicho, estamos en mitad de la nada. Y acabamos de conocernos.
—Está bien, no me lo cuentes —dice Cameron, poniéndose de pie. No parece molesto, pero a mí me sabe mal igualmente. Se adelanta antes de que pueda decir nada—: Haces bien en ser prudente. Es mejor que… —Se interrumpe un momento—. Tú no confíes en nadie.
La dureza y la gravedad con la que habla me pillan desprevenida.
Es como si hubiese estado escondiendo que le ha pasado algo muy malo y de repente ha dejado que salga a la luz.
Supongo que cuadra con esas sombras que he visto en sus ojos, pero no por ello me asombro menos. ¿Qué le ha pasado a este chico?
Tras un momento de duda, me hace un gesto de despedida con la mano.
—Ha sido un placer, Maia.
—Igualmente —consigo contestar cuando ya me ha dado la espalda y se aleja.
Lo pierdo de vista en cuanto supera el respaldo del banco.
Me quedo allí sin saber qué hacer. Miro mi teléfono, que hace rato que se ha bloqueado solo.
Lo lógico ahora sería volver a engancharme a Instagram, y tengo ganas de hacerlo, pero hay otro impulso que tira de mí con más fuerza.
Es un poco absurdo, pero al final me dejo arrastrar por él y me arrodillo en el banco para ver por encima del respaldo.
Me asomo justo cuando Cameron se está girando hacia mí.
—¿En ti tampoco debo confiar?
Se detiene, pero se queda dándome la espalda. Pasan unos segundos antes de que responda, todavía sin mirarme:
—En mí menos que en nadie.