Cuenta atrás para salvarte
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Capítulo 1
Hay momentos que te recuerdan que te has convertido en alguien que no te gusta. Y no solo eso, también que eres incapaz de ponerle remedio.
Últimamente me he enfrentado a unos cuantos momentos así, y el de hoy sucede en plena carretera cuando papá me pregunta:
—¿Crees que, cuando pasemos Huesca, volverás a dirigirme la palabra?
Aparto la mirada del paisaje que hay más allá de mi ventanilla y me fijo en su cabello despeinado, las nuevas arrugas que se le marcan al esforzarse en sonreír, las profundas ojeras que ahora siempre lo acompañan. Es como si en el último año hubiese envejecido cinco de golpe.
En realidad, no creo que sea cosa del último año. Sucedió de un día para otro.
El gusano de la culpabilidad que tengo instalado en el pecho se remueve cuando me doy cuenta de que me estoy comportando como una cría de siete años.
No he abierto la boca desde que hemos salido de casa, llevo los brazos cruzados delante del pecho como si fuesen un escudo y, si me hundo más en el asiento, dejaré de poder ver por la ventanilla.
Es normal que papá piense que estoy enfadada con él. Sin embargo, no se trata de eso.
A ver, siendo sincera conmigo misma, un poco enfadada sí que estoy.
No hace ni una semana que llegó a casa con la noticia. Desde la cocina, donde estaba guardando la compra que había traído, gritó:
—¡Por cierto, me ha salido trabajo para varios meses en Aragón, en el Pirineo!
Esas palabras consiguieron que detuviera el programa de La isla de las tentaciones . Papá es consultor agrícola, así que no es extraño que le hayan ofrecido trabajo ahí. Lo raro es que lo haya aceptado. Siempre ha trabajado por los alrededores de Madrid.
—He alquilado una casita en Bolcáriz, un pueblo de la zona. Está a orillas de un pantano, te va a encantar —añadió.
Ese dato logró que me incorporara en el sofá como un resorte. Todavía estaba procesando eso de «Te va a encantar» cuando dijo algo más:
—¿Podrás mirar qué temperaturas tienen por ahí en verano? Así sabremos qué meter en las maletas. Nos iremos el martes que viene.
Mis pies alarmados me llevaron a la cocina, donde me encontré a papá ya en la puerta, saliendo con prisas.
En mi cabeza se agolpaban muchas preguntas, como, por ejemplo, si de verdad había dicho que yo también iba a ir, o si era consciente de que para el martes solo faltaban cuatro días, o si había perdido el juicio.
Estaba tan aturullada que solo me salió una.
—¿Y yo qué voy a hacer allí?
—Seguro que encontrarás algo —aseguró—. Perdona, tengo que meterme en la ducha o no llegaré a la reunión de las cuatro.
Los siguientes días, cada vez que intenté hacerle ver que su plan era una muy mala idea, se limitaba a decirme que era por trabajo y que no tenía elección alguna. Después, cambiaba de tema.
Al final, le dije directamente que prefería quedarme en Madrid. Entonces se puso serio.
—Maia, no voy a estar sin verte desde mediados de junio hasta principios de septiembre.
—Entre nosotros se instaló un silencio denso mientras yo procesaba que no iba a librarme de pasar el verano en un pueblo perdido en la montaña.
Papá consiguió dedicarme una pequeña sonrisa y añadió—: Además, los dos sabemos que, si te quedaras, correrías el peligro de convertirte en un cojín más del sofá.
Así que aquí estamos, camino de Bolcáriz.
Y a papá no le falta razón cuando piensa que estoy enfadada, pero no llevo todo el viaje callada por eso.
Es porque sé lo que espera que suceda los meses que vivamos allí.
Que me anime a salir de casa, que dé paseos por la montaña, que conozca a gente, que mi vida sea algo más allá del sofá, el televisor y TikTok.
Espera que el cambio de aires me ayude. Pero solo de pensarlo me siento tan agotada…
Y, de nuevo, culpable, porque sé que está muy preocupado por mí.
Tampoco tengo fuerzas para explicarle todo esto. Así pues, como respuesta a su interrogante sobre si más allá de Huesca le dirigiré la palabra, pregunto:
—¿Cuándo empezaremos a ver vacas pastando?
Resopla con suavidad, pero creo que agradecido porque no he vuelto a decirle que prefería quedarme en Madrid.
—Todavía falta un poco —comenta. Después titubea un momento—. Podrías invitar a Vero y a Paula. Seguro que les gustaría venir unos días.
Vuelvo a mirar por la ventanilla. Noto que aparta los ojos de la carretera para observarme, pero no contesto y él sabe que no lo voy a hacer.
Hace meses que no sé nada de ellas.
Al principio lo intentaron. Venían a verme, intentaban sacarme de casa, me escribían mensajes. Vero incluso empezó a escribirme correos electrónicos contándome las cosas que pasaban en su vida. Pero ahora ya no sé nada de ellas.
Supongo que, cuando abandoné el grupo de WhatsApp que compartíamos y bloqueé sus contactos en la aplicación, comprendieron que debían darme por perdida.
Pensar en ellas hace que me vengan unas ganas locas de sacar el móvil y seguir viendo La isla de las tentaciones , me da igual si me mareo y acabo potando en alguna cuneta.
Entonces papá carraspea.
Cierro los ojos porque conozco ese carraspeo. Es el que tiene reservado para esos momentos en los que va a sacar un tema delicado. Pero ya acaba de mencionar a Vero y a Paula, ¿de verdad hace falta saltar a otro asunto espinoso? Para mis adentros suplico que cambie de idea.
No cambia de idea.
—Estos meses aquí te vendrán bien para cargar las pilas de cara a septiembre —dice—. El curso empieza el día 20.
Abro los ojos y los mantengo clavados en la ventanilla, aunque ya no veo nada de lo que hay al otro lado. Me muerdo el labio inferior con tanta fuerza que acabaré haciéndolo sangrar.
Debería haber empezado Medicina el curso pasado, pero le pedí posponerlo un año porque no me veía con fuerzas. Papá aceptó porque, en el último año, salvo dejar que me quedara en Madrid, hay pocas cosas que no me haya aceptado.
El problema es que espera que este septiembre sí que retome los estudios, pero, cada vez que menciona la universidad, siento una desagradable presión en el pecho.
No sé cómo contarle que ya no le veo sentido a ir ahí, ni a visitar a la psicóloga, ni a verme con gente, ni a ir al gimnasio, ni a hacer las mil cosas que se supone que debería estar haciendo a los diecinueve años.
No veo para qué voy a hacer nada de eso.
Para mí solo hay una cosa que aún tiene sentido: poner el lavavajillas después de cada comida. Ya nunca lo olvido.
Estos pensamientos siempre me conducen al mismo lugar. Los ojos me escuecen y se me cierra la garganta. Por un momento, me siento al borde del precipicio.
—No quiero hablar de eso —consigo decirle con voz ahogada, parpadeando con fuerza para contener las lágrimas.
Él suspira y nos quedamos en silencio. Estamos así un buen rato, durante el que consigo recuperarme.
—Necesito dormir un poco —dice papá de repente.
Miro sorprendida su teléfono, en el que la aplicación de los mapas dice que nos queda poco más de una hora para llegar.
Teniendo en cuenta que llevamos cuatro horas de viaje, eso no es nada.
Pero es cierto que parece derrotado; sus párpados luchan por cerrarse.
Desde lo de mamá, hay muchas noches que apenas consigue dormir.
—Claro, lo que necesites —digo, cogiendo el teléfono. Estudio el recorrido que nos queda por hacer—. Dentro de muy poco hay un mirador y parece que se puede aparcar. Podemos parar allí.
Cinco minutos después, papá se adentra en el mirador y frena debajo de unos árboles. Reclina su asiento y, en cuestión de segundos, se queda dormido.
Yo salgo del coche y observo el solitario lugar.
Hay mesas y bancos para sentarse a comer y disfrutar de las vistas.
Al fondo, se divisan los Pirineos. Seguro que a todo el mundo le parecen espectaculares, pero yo me canso solo de verlos, como si tuviese que pasarme los próximos tres meses escalando sus picos.
Eso es lo que me provoca pensar en llegar a un sitio nuevo.
Con un suspiro desganado, aparto la mirada de las montañas y me dirijo al banco más apartado. Gracias a un respaldo de piedra muy alto queda escondido de la vista. No es que haya mucha gente, tan solo un par de familias, pero prefiero estar tranquila.
Me acomodo en el centro, me pongo los auriculares y me dedico a hacer scroll en Instagram.
En algún momento el algoritmo decidió que me interesaban trucos para el día a día y los hechos históricos, y no para de ofrecerme ese tipo de vídeos.
A mí ya me vale. Paso así un buen rato, agradeciendo la soledad.
El ruido de los coches en la carretera y de las familias me llega de fondo, la temperatura es agradable, nada me molesta.
Hasta que, en cierto momento, oigo unos pasos que se acercan. No compruebo a quién pertenecen. Tan solo espero a que se den cuenta de que el banco ya está ocupado y se alejen, pero quien quiera que sea se queda parado muy cerca. Y no se mueve de ahí. Es casi como si me estuviese… ¿mirando?
Al final me resulta imposible seguir ignorándolo. Aparto los ojos del móvil y descubro que, a menos de dos metros, hay un chico de mi edad. El bocadillo envuelto que lleva en la mano me dice que se ha detenido a comer y que seguramente también busca un lugar apartado donde sentarse.
Sé que, en otro momento de mi vida, mi reacción al verlo por primera vez habría sido muy distinta.
Resumido en dos palabras: está bueno. O mejor en tres: está muy bueno.
Alto, cabello oscuro, ojos azules. Labios generosos que anticipan una sonrisa bastante espectacular.
Mandíbula marcada, la nariz fina. Hombros y brazos fuertes, constitución de deportista.
La Maia de antes se habría sonrojado, se habría puesto un poco nerviosa aunque habría conseguido aparentar tranquilidad.
Sin embargo, yo, la Maia de ahora, aprecio que es guapo, pero no tengo interés en hablar con él. De hecho, solo le sigo haciendo caso porque me está mirando con cara de asombro. En su expresión hay algo más, pero no logro identificarlo.